Mis Reyes

Yo que soy mucho de que me hagan regalos y de regalar chorradicas, con el tiempo y la falta de ojo general para mis gustos (¡y mira que es fácil!), me encuentro con dinero (cada vez menos, a qué engañarnos) y me tengo que apañar yo los Reyes.

Y esto me pone triste porque, os confieso, mi vida se acabó a los 7 años, cuando una tal Susana le dió por ser sincera (cualidad que, desde entonces, como buena japonesa de pro, deploro). No recuerdo haber experimentado desde entonces una emoción tan intensa, tan pura, tan mágica. Tenía sólo 7 años y ya dejé de creer en cualquier cosa que no fuera tangible o demostrable. El ateísmo, al cabo de los años, estaba cantado.

Teniendo en cuenta la pila de años que llevo viviendo sin reyes, sin magia ¿alguien podría apiadarse de mi, olvidarse de mi avanzada edad y de su odio a estas fiestas, y dejar algo al lado de mi zapato de Prada? Vivir sin Dios y sin los Reyes Magos es una “jartá” de difícil. Y con crisis, ya ni os cuento.

Nota: los muñequitos de la foto, compra chorra y compulsiva en Subaquatica. El libro del Bardo de J. K. Rowling en edición facsimil editado por Amazon, el otro auto-regalo de Reyes mientras llega el esperado mecenas.

Genji Monogatari Sennenki

genji_emaki

Debido a compromisos que adquirí -pero que no fueron completados por la otra parte como me hubiera gustado- no os pude contar en su momento todo lo que hice y disfruté en Japón el pasado abril. Ahora liberada de ese compromiso os puedo confesar que, uno de los elementos centrales de mi viaje, fue hacer un recorrido sentimental por el Genji Monogatari con ocasión de su milenio.

No todos los días uno está en Japón celebrando que hace sólo 1000 años Murasaki Shikibu, la Cervantes japonesa, acababa su historia sobre el Príncipe Resplandeciente, y yo hice lo que debía: retroceder a un Japón anterior a los samuráis, un Japón delicado, de poemas y perfumes.

Publicaré en fascículos coleccionables, todos los domingos y sin necesidad de cartilla,  parte de este  recorrido. A lo mejor, si la autoridad lo permite, me escribiré una guía de viaje para nostálgicos y hastiados de perseguir maikos por Gion y, lo mismo, encuentro a algún loco que me la publique.

Bento bizarro

Gato feliz

Para estetas hambrientos y frikies de todo pelo.
Aquí hay mucho más.
Via :: Random Good Staff

The Emperor’s cumple

El pasado día 23 de diciembre el Emperador cumplió 75 taquetes. Nico in Tokio, se levantó a las tantas para ir a felicitarle.

¡Pobre Nico! ¡Vaya paliza que se da para ver a esta honorable momia imperial, tan cercano él, en su vitrinica!

No sé como decirle a este muchacho que se puede entrar en el Palacio Imperial de Tokio todo el año, previa petición de cita a la Casa Imperial. Después de la emoción que le ha hecho ir al pobre…

CUMPLEAÑOS DEL EMPERADOR from Nico inTokio on Vimeo.

Amor de madre

El jefe da la charla (el jefe es el jefe del Grupo Editorial al que pertenece Nihonica, que no se diga que seguimos el libro de estilo).

Creo que a este Grupo Editorial le va haciendo falta un iluminador y un maquillador ¡pero ya!!!

Hombres salmonela en el planeta porno

Para subir el ánimo tras la lectura de cualquier tristeza de Kawabata, nada mejor que una astracanada de Yasutaka Tsutsui sacada de su colección de cuentos “Hombres salmonela en el planeta porno” (Atalanta), primera obra completa traducida de este autor.

A pesar de que el compañero de viaje en metro piense que uno se está dando a la literatura erótica y al bondage –la imagen de portada es un tanto equívoca- Tsutsui “el guru de la metaficción”, inspirador de mangakas, zoólogo y freudiano aficionado, nos ofrece seis relatos surrealistas refrescantes y muy poco habituales para lo que se expende en Japón.

Todos son estupendos, pero el del fumador simplemente profético.

Botchan

Dentro del literario interés con que los nipones contemplan la individualidad, la traducción de “Botchan” de Natsume Soseki, elegantemente editada por Impedimenta, nos promete sonrisas sin fin durante su lectura.

Obra muy leída en su país, “Botchan” requiere de un fino conocimiento de lo que se considera inconveniente en Japón para que al lector occidental le haga tanta gracia como al nativo.

Describe excelentemente, como también lo hace Kirino de manera más descarnada, lo mezquino de una educación que vive pendiente de convenciones sociales de enorme rigidez.

Botchan es el bocazas que pone en evidencia, enarbolando una lógica de párvulo, las absurdas situaciones a las que da lugar el sistema de deberes que rige la sociedad japonesa. De ahí que nuestro simple Botchan, el metepatas, sea un auténtico libertario.

Soseki es un viejo conocido del que ya se han traducido varias obras al castellano: “Yo, el gato” (Trotta, 1999), “Kusamakura: almohada de hierbas” (Kaicron 2008) , “Kokoro” (Gredos, 2003) o Mon (Miraguano Ediciones).

El autor de cabecera de Sánchez Drago: su gato se llama Soseki y Kokoro, el libro en el que se cuenta como sobrevivió a una operación de corazón a todo trapo. Que este dato no os aleje de su lectura.

Tanizaki por partida doble

Siruela ha comenzado con “La madre del capitán Shigemoto” una nueva colección sobre la obra de Junichiro Tanizaki, poco o nada traducido al castellano, aunque muy conocido por el opúsculo publicado por esta misma editorial, “El elogio de la sombra”.

Tanizaki publicó en 1928 una versión moderna del Genji Monogatari al tiempo que comenzó un regreso vital a las tradiciones.

Del Genji toma prestado una anécdota referida al seductor Heiju, amante de la madre del capitán Shigemoto, para construir una obra mitad novela, mitad ensayo, ambientada en la época Heian.

Muy formalista, llena de referencias a texto completo sobre poesía clásica o de historias de gloriosas batallas, la colección se ha continuado con la publicación de “El cortador de cañas”.

Obra breve pero de densa lectura a causa de tanta cita erudita, “El cortador de cañas” es una delicada obra de viaje no sólo físico, sino a la memoria y a los deseos, en el que un hombre culto y de la edad de Tanizaki conversa con un extraño rodeado de la melancolía kamakura sobre, de nuevo, la historia de pasión imposible del padre del paseante.

Todo muy japonés.

51 Carácteres

No, no voy a hablar de kanjis. ¡Ya quisiera yo que fueran solo 51! sino de la página  51 Japanese Character del aleman Peter Machat, que con ironía abundante y un diseño limpio y elaborado, ha dibujado 51 prototipos de la sociedad japonesa. No sólo a los mudialmente conocidos cosplay, otakus, o geishas, sino otros que son igualmente propios de su cultura pero bastante menos conocidos por su nombre.

Como el padre tradicional (el oyaji); el paisano que te da la bienvenida a voz en grito al entrar en una tienda (el que ha estado en Japón sabe a quien me refiero, te pasas oyendo “irasshaimashe” todo el día); la maruja sin gusto cabreada con la vida que se hace a codazos con el sitio en el autobús (obatarian); o la prostituta soft que se embadurna de jabón para enjabonar al cliente (soap-jo).

Todos son perfectamente identificables en la sociedad japonesa. Lo que demuestra que ni tan siquiera ellos son tan uniformes como pretenden hacernos creer.

Hibiki

LLevaba mucho tiempo queriendo experimentar en directo un espectáculo de butoh, esa danza de corte contemporáneo pero de lentitud de geiko, bailada sólo por hombres-bonzo, que es un grito silencioso ante el horror de la bomba atómica.

Me enamoré de la idea a través de una foto en la que flotaban lotos sobre un gélido escenario con unos cuerpos en el suelo, que resultó ser una imagen del montaje Kagemi de la compañía Sankai Juku, la que ha venido al Festival de Otoño de Madrid con el montaje Hibiki.

La escenografía no puede ser más sencilla ni más compleja: es un jardín zen de arena albero finísima que al comenzar el espectáculo forma una superficie perfecta. Sobre ellas varios recipientes de cristal, como grandes jarrones de ikebana, llenos de agua, colocados  sobre círculos rastrillados en la arena. Penden del techo pipetas graduadas para que caiga una gota de manera ritmica sobre los recipientes del suelo. Y con el sonido de las gotas grabado, comienza el espectáculo.

Los bailarines son sensuales onagatas, femeninos que no afeminados, que combinan la quietud con movimientos muy de danza moderna, pero sin el virtuosismo técnico ni el ejercicio de potencia de los bailarines occidentales. No hay tantos saltos, y los que hay conmueven el polvo de sus maquillajes y la arena de suelo, haciendo que una fina polvareda se incorpore a la escena como parte del espectáculo. La fuerza de la danza está en la concentración de la quietud y el control del movimiento, aunque a un bailarín con cara de Doraemon le fallara el equilibrio y casi se esmoñase con uno de los recipientes de cristal.

Es una danza que requiere total y absoluto silencio, cosa que en España es un imposible metafísico. Mientras intentaba concentrarme en los solos de Amagatsu, de gran belleza y tremenda opacidad, lo que tendría que haber sido un cementerio sintoista, se convertía en una competición de a ver quien tosía con más gana, estornudaba con más frenesí o carraspeaba con mayor orgullo. De verdad que no lo puedo comprender: una tos suelta, vaya que te va; pero ¿el orfeón donostiarra de la tos?. ¡Caramelitos de menta de los abuelos y buena educación para aguantarte o salirte, es lo que va faltando en esta santa casa!.

Después de este momento “cebolleta” deciros que no es una danza fácil, no es para todos los públicos.  Y lo digo a sabiendas de que hablar de elitismo sea anatema en este país nuestro.

No vayáis a verla si no es en Japón o en un país en donde la gente lleve caramelos de menta a la representación.

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