Comentaristas japónicos

JapónNos ha nacido un niño para el trono del crisantemo y nos han florecido los expertos en Japón que nos presentan este país como un territorio de marcianos machistas que creían en 1945 que su emperador era divino. ¡Menos mal que vino el General MacArthur a sacarles de su ignorancia!

Por muy tormentosa que me pueda poner, no voy a entrar a discutir ni nuestra Constitución, que al establecer una norma de herencia monárquica contraria a uno de los derechos fundamentales y troncales (el de igualdad) no tiene nada que envidiar a la japonesa, ni la propia pervivencia de la monarquía y de sus satélites, la nobleza. Hay que reconocer la utilidad de éstos últimos para rellenar Consejos de Administración.

Quiero, pues, romper una lanza tamaño Alatriste a favor de los japoneses y facilitar un referente bibliográfico a los comentaristas de todo pelo para que dejen los lugares comunes y nos formen cuando nos informen.

El culto al emperador – el chu- se coloca como cúspide de la cadena de deberes o de “on” sobre los que se sustenta la cultura japonesa en la época Meiji, con la finalidad de acabar con la dualidad del poder en Japón. Hasta la llegada del Comodoro Perry, Japón era gobernado por el Shogun establecido en Edo (la actual Tokio) mientras el emperador, un mero referente sin poder ni capacidad de decisión, tenía la corte en Kyoto. Para acabar con el shogunato y establecer el sistema de decisión bicameral (la Dieta) que exigían las potencias extranjeras, se reforzó la figura del Emperador como aquél frente al que ceden los demás deberes: hacía la familia, hacia la comunidad cercana, etc. A ello ayudo la existencia de una sola dinastía imperial que reforzaba el sentimiento de continuidad de la nación y, con ella, el exacerbado orgullo nacional de la época.

Los japoneses ni son religiosos ni son idiotas. No tienen una religión oficial y echaron a patadas a los jesuitas que intentaron, sin éxito, convertirlos a la verdadera fe. Han creído en el origen divino de sus gobernantes o del poder tanto como los españoles, los franceses, los chinos o incluso menos. La existencia de la leyenda de Amaterasu no les impidió dejarse gobernar por los Tokugawa.

En 1944, los estadounidenses necesitaban saber cual iba a ser la reacción del pueblo japonés en caso de invasión y les encargaron a las antropólogas Ruth Benedict y Margaret Mead un estudio para que les ayudara a comprenderlos. Este estudio, finalmente publicado por la primera, se encuentra en la colección de Antropología de Alianza Editorial, bajo el título El crisantemo y la espada. Me voy a poner seria y, con el permiso del respetable, voy a por una cita de esa obra en apoyo de mis tesis:

“… Gran parte del adoctrinamiento japonés ha consistido en hacer del chu la virtud máxima. Al igual que los estadistas simplificaron la jerarquía poniendo al emperador en la cima, eliminando al Shogun y a los señores feudales, así en el ámbito de la moral se esforzaron en simplificar el sistema de obligaciones reuniendo todas las virtudes menores bajo la categoría del chu. Con estas medidas intentaron unificar el país bajo el culto al emperador y reducir el atomismo de la ética japonesa… La declaración mejor y más autorizada sobre este programa es el Rescripto Imperial a los Soldados y Marinos promulgado por el emperador Meiji en 1882.” (página 205)

Así, los japoneses se rindieron en la II Guerra Mundial de modo pacífico, sin sabotajes y sin revolución, no porque el emperador hubiera dejado de ser dios, sino porque había dado la orden de capitular. Citando de nuevo a Ruth: “Incluso en la derrota, la ley más alta seguía siendo el chu.” (página 134)

Está en rústica y es baratito. Ya no me tienen excusa.

Sin comentarios todavía. Sé el primero.

Deja tu comentario: