Archivos del mes de Febrero de 2008

Adivina las diferencias

Si para los japoneses el rito lo es todo, hacer guasa del rito es un rito en sí mismo. Así que no es sencillo saber tras ver este vídeo qué parte es cierta y cual es de coña.

Se puede aprender mucho del rito y se puede hacer mucho el ridículo si se siguen sus consejos ¿Qué es verdad y qué no? Una pista: no os tiréis a por la sal a la salida.

Dubiduuuuu

Desde Pizzicato Five me enganché a la música japonesa de dubidú. Seguro que tiene un nombre “científico” pero soy un desastre para denominar y distinguir corrientes musicales: a mí me suena a una mezcla de música de ascensor, lounge y bajos brasileños setentones como de peli del destape.

Aquí os traigo a los Ketsumeishi en su conocido éxito Mata Kimi ni Aeru. No me digais que no tiene su punto el vídeo de japonesas a lo vigilantes de la playa como sacadas de un manga guarro pero sin tetas (o sea, sin paraíso) y unos cantantes más vagos que la chaqueta de un guardia, carentes de glamour, sentados como jubilautas japónicos pero llenos de ritmo. Parece que también trabajan el chunda-chunda romántico-rapero. Cursi a rabiar.

Así son ellos ¡¡criaturas!!

Sin red. Kawara y Muji

MujiEl jueves pasado salí de casa mal calzada lo que, en un Madrid, es una mala decisión. Día primaveral, tacón de 10 centímetros, portátil al hombro y mucho que te voy que te vengo. Resultado: pie como bota malaya.

Me dije, pues ya que te toca tremenda reunión en viernes tarde, cógete la tarde del jueves libre y date un paseíllo (esto fue antes de que las medias se adhirieran a las plantas de mis pies como si fueran alquitrán caliente). Llamé a mi japo como hago siempre para que me fueran preparando mi chirashisushi.

Hace años me metí por la calle de la Aduana para acortar y me encontré un restaurante japonés que no conocía, caserillo y con una camarera borde, Baby, que me echó con cajas destempladas. Lo regentaba un matrimonio japonés. Era el Kawara. Volví y seguí volviendo y mi constancia callada me convirtió en una habitual que podía llegar cuando estaba cerrado y a la que la servían sin preguntar. El último año llegué al colmo de la perfección: llamaba y al llegar mi mesa estaba puesta, con los palillos que eran sólo para mí y mi tetera. Me sentaba y, ante el estupor de los que llevaban media hora esperando, salía mi comida.

En navidades me informaron de manera reservada que iban a cerrar. No les iba bien. Me apené mucho, no porque fuera el mejor sushi que he comido (su arroz era el mejor del mundo) sino porque, en una ciudad llena de restaurantes japoneses regentados por chinos a los que les va de fábula, la honradez y buenos precios del Kawara no han sido suficientes. La mala noticia esperada llegó por fin: “Tormento-san, cerramos el martes. Lo sentimos mucho.

Me tiré a la calle a un sitio de estos fashion a quitarme las penas y, como esperaba, comí normalito y me pegaron un tortazo con la cuenta. Estoy apurando el café. Suena el teléfono. Es el señor Ikenaga, dueño de un restaurante japonés de pata negra decorado con esmero, donde este mes me toca el turno de hacer los Ikebanas. “Tormento-san, las flores del moribana de la ventana ¡caídas! ¡¿venir cuando pueda a arregarlas?!” Pienso: mañana, mal día. Hoy, pies como berenjenas. Vale, hoy. Segundo tortazo de la tarde: compro las flores donde pillo, floristería pija de la Calle Serrano. No tengo tijeras pero lo apaño con unas de papel que me prestan. Un corte aquí, otro en el tallo. Quedan las flores como prediseñadas para el centro, ¡con lo que han costao ya pueden!

Me siento delante del centro derrengada mientras pasa la señora mayor de todas las tardes mirando al escaparate como siempre. Y también, como siempre, se para y me dice a través del cristal que ha quedado muy bonito. Como siempre. Doy las gracias con un gesto. Me queda un buen rato para llegar al teatro donde voy a ver Las Bizarrías de Belisa. Uff, y con los pies al pil-pil.

Venga, Tormi, me animo, que seguro que andando se te pasa. Y encamino mis pasos vacilantes a Muji, tienda de una cadena japonesa que ha abierto en la ya saturada y saturante calle Fuencarral. Entro por una puerta lateral y veo que está medio vacía y llena de gente poniendo focos y colgando grullas de origami gigantes hechas con el papel de las bolsas de la tienda.

Diseñador mariquita super-cool por aquí moviéndose mucho y no haciendo nada. Montador de luces como el guitarrista de Leño currando a todo trapo. Bolsas llenas de cosas ignotas preparadas. Parece una presentación. Nadie me molesta. Subo, bajo y me esfuerzo por llevarme algo. Lo que es significativo en una persona tan caprichosa como yo. Porque en Muji todo es útil y te solventa problemas cotidianos con buenos materiales, sencillez y calidad. Es como las desaparecidas a mi pesar cacharrerías: no eran nada fashion pero encontrabas de todo. Sin embargo Muji, por mor de los cursis y de las notas de prensa hiperbólicas, parece ser el culmen de lo cool. Pues no lo es. Si necesitas un pastillero práctico o un neceser de viaje con botellitas neutras es el sitio.

Subo las escaleras traqueteante. Voy a pagar y pregunto que pasa. Es la inauguración oficial, viene el Presidente de la compañía de Japón y están preparando regalitos para los medios (”y yo ¿qué? ¡que soy la presidenta ejecutiva de Nihonica!” pensé), y la tienda está cerrada pero no han querido molestarme ya que estaba dentro. Pensé: esto si que es japonés de verdad. Si hubiese sido en la cacharrería de mi barrio me habrían echado con cajas destempladas. Aunque, claro, no habrían invitado al presidente a venir a la inauguración desde Japón.

Nota: Sin red va de que nos plantamos en los sitios (nada de navegar ni tirar de notas de prensa de autobombo) y contamos lo que vemos. Uy, me ha salido el nos mayestático. Perdón.

Flor de invierno. Angela Davis-Gardner

Flor de inviernoOtros rastrean vinilos de Adamo y yo busco en las librerías cualquier cosa que huela a Japón. Unas veces me columpio y otras encuentro un asesinatico, como este primero de la serie, que me saca del aburrimiento de fin de semana de botijo y calcetines de Hello Kitty.

Flor de invierno, de la para mi desconocida Angela Davis-Gardner, ubica su novela en el Tokyo de 1966 y en una universidad de señoritas de esta ciudad. La prota, Bárbara, americana, alta y rubia se pasa media obra tirándose a un japonés modelo castaña pilonga (de los encerrados en sí mismos) y la otra media desentrañando los escritos que Michiko -también conocida por Nakamoto sensei- le ha dejado tras su muerte enrollados alrededor de botellas de licor de ciruelas (ume).

Aparte de dejarse leer de corrido, este libro introduce en algunas costumbres japonesas interesantes, te explica que son los haniwa y te pone al día sobre la simbología del zorro en los cuentos, costumbres e iconografia niponas. En cuanto a esto, y para no destriparos el libro, os adelanto que ser una zorra en Japón es tan mal asunto como aquí pero por motivos diferentes.

También dibuja con nitidez la figura de los hibakusha, o supervivientes de las bombas de Hiroshima y Nagasaki y, lo que es peor, la vergüenza y el secreto con la que estas personas vivían su condición de afectados. Al parecer eran tratados como apestados, leprosos que llevaban su infecta enfermedad a los que no era conveniente acercarse. Esto no es nuevo en Japón: los eta, la casta inferior que trataba con la muerte de humanos y animales, vivían en barrios separados para no contaminar a los demás y han sido discriminados, ya sin relación con su actividad, hasta nuestros días.

Con el tiempo, los hibakusha han salido del armario para reivindicar su realidad de víctimas.

Sale más barato que un cine con palomitas y cunde más. Recomendable.

Pachinko

Vas por la calle tan pancho y, de pronto, un golpe ultrasónico te tumba en cualquier acera tokiota. Acabas de pasar por delante de una sala de Pachinko.

No me preguntéis a qué juegan ni qué placer encuentran en ello, pero entrar en uno de estos locales es algo que hay que hacer para compensar tanto jardín perfecto y tanta armonía de ceremonia de té. La estética recuerda a un bar de carretera y el ruido es tan ensordecedor que las sesiones de bakala en Ibiza te parecen música de ascensor.

A mi me parecieron profundamente tristes. Y parece que no soy la única que piensa así.

Ikebana para dummies V: Ikebana must have (y 2)

UzumakiAquí volvemos, una semana más, a la teletienda ikebanística para consumidores compulsivos. En los must del Ikebana moderno no puede faltar un uzumaki, o apaño verbenero, para hacer Nageire, lo que viene siendo el estilo en jarrón alto en el que hay que hacer bricolage con las ramas, atarlas y demás monerías para que se tumben pero no se caigan. Esto que parece una tontada es moldeable y al hacerlo un burruño o una pelotilla y meterlo en un jarrón consigues grados de inclinación que sin aparataje resultarían un desastre total.

Los pobres kenzanes de los meneos que les damos acaban con las púas tumbadas, así que los japos. que son muy puestos en puntos, han inventado el levanta pinchos de doble uso que tanto recupera la erección de las púas como limpia entre medias.

Entrando en el cuidado facial de las tijeras, el Sabitoru permite quitar la roña del filo de la hoja de la tijera; y como los ikebanas se montan en la clase, se desmontan, y se vuelven a montar en casa o el lugar de destino, necesitas una bolsas de transporte. No valen las del Corte Inglés porque son muy cortas y muy anchas, y queda poco práctico ir en plan fallera mayor con las flores a la cadera ya que las ramas, generalmente largas, son de sacar ojos si no de romperse. Cuando te montas en el metro con la bolsa y los ramajes, la gente se te queda mirando con cara rara, dudando si llevas flores o un AK-47 dentro.

Para terminar esta bonita entrada, hemos de referirnos a los jarrones y recipientes. Os tengo que confesar que su mundo es como los de los bolsos de temporada, son muchos y si no los combinas adecuadamente, el centro puede resultar un tanto choni. Así que atención: cada estilo requiere un jarrón o recipiente. Al cambiar de escuela y, en muchos casos, de estilo, hay que tener gran cuidado en el recipiente elegido. Mientras que este jarrón sería adecuado para hacer un Shinshoka de la escuela Ensyu, éste sería el adecuado para un Rikka de la superpoderosa escuela Ikenobo. Un par de ejemplos más: para el estilo nageire y para hacer un moribana.

¡Hala! ¡A gastar!

No confundamos

RepostandoA pesar de que los chinos lo inventaron todo antes que nadie, los japoneses los tratan con desdén. Los consideran unos guarros, gente sin honor ni escrúpulos. Los chinos no tienen un gran recuerdo tampoco del empeño hegemónico japonés ni de muchas de sus actuaciones tiránicas y esclavistas. La historia de ambos países y su modo de estar en el mundo no puede ser más diferente. De ahí que no conviene confundirlos. Y es que es difícil hacerlo al ver estas fotos de James Fallows publicadas en TheAtlantic.com.

Mientras los japoneses siguen escrupulosamente el manual de repostaje del avión, visten el uniforme reglamentario de manera idéntica hasta el último detalle y toman todas y cada una de las medidas de seguridad documentadas, los chinos parecen sacados de una canción de Los Chichos. Sólo les falta hacerle un puente al contacto del avión.

Fallows define perfectamente la diferencia: mientras en Japón todo se centra en la manera de hacer las cosas, con el mismo grado de perfección en el proceso que en el resultado, en China se trata de encontrar la manera de hacer las cosas a base de improvisación, poco interés en las reglas mientras se consiga el resultado.

¿A quien os recuerdan los chinos?

Out. Natsuo Kirino

OutA riesgo de ser simplista (lo que soy por naturaleza), clasificaría la literaura japonesa que me he echado a la cara en dos tipos: los melancólicos a lo Kawabata, y los crueles a lo Mishima. No entro en los incomprensibles oniricos que me leo como el que se toma una aspirina de medio kilo: a la fuerza.

Gustándome mucho Kawabata y su tristura sin esperanza, reconozco que me pirro por esa sutil maldad que rezuman muchas obras japonesas. A este tipo corresponde Out, uno de los libos que más me han sorprendido y gustado en los ultimos diez años. Su autora, Natsuo Kirino, está dotada del don de la observación cruel de bisturí y de una capacidad narrativa que te mantiene enganchada hasta la página 520.

Nos cuenta, junto con muchas cosas más, como un grupo de mujeres que trabajan de noche elaborando los o-bento de oficinistas tokiotas, hacen desaparecer el cadáver del marido de una de ellas, y lo hacen tan bien que lo convierten en negocio.

La novela retrata varios tipos de mujeres: la pusilánime cobarde que asesina a su marido; la fashion victim de barrio que vive endeudada para hacer frente a sus sueños cutres y materialistas de revista de moda; la llena de necesidades económicas y con una vida de mierda en la que vence el dinero frente a la moral; y por supuesto mi favorita, Masako, la fría, la inteligente, la práctica, la superviviente, la tristemente casada con un autista que convive con un hijo hikikomori.

Hay mucho de gore, noche tokiota, yakuza cabreado y policía de trastero. La leí hace dos años en inglés y hoy sale a la venta la edición traducida al castellano.

No apta para estómagos sensibles.

Ikebana para dummies. IV. Ikebana must have

KenzanUna de las ventajas que tiene aficionarse a algo, es la cantidad de cacharritos que uno se empeña en poseer. Empiezas con unas tijeras del Leroy Merlin y una bolsa del Caprabo, y acabas teniendo una colección de bolsas de transporte que no se las salta un gitano, como una de la que me emperré y que se convierte en mandil de flores a lo Brie Van de Kamp.

La desventaja de esta afición es que no es la típica que te puedan regalar en el amigo invisible. Todo o casi todo lo que necesitas hay que traerlo del mundo exterior. Así que, como dirá cualquiera de las/os periodistas de investigación que escriben en las revistas de moda, estos son los Ikebana must have de esta semana:

  • Unas tijeras o hasami, que son especiales para Ikebana. Aunque ahondaremos en este fascinante mundo en sucesivas ocasiones, dos consejos para empezar: compraros unas de jardinería para cortar tallos de flores y arbustos nomalitos y, por favor, no os plantéis en clase con unas tijeras de bonsaí. Aparte de inadecuadas e incómodas (te pegas unos pellizcos de mucho cuidao) el filo es diferente y el corte no es igual.
  • Un pincho o kenzan. Mientras que todas las demás chumineces tienen sustitutos al alcance de la mano, sin kenzan no hay Ikebana. Es cierto que el estilo Nageire no lo necesita, y que hay otros elementos que lo sustituyen como el hana-dome (que requiere más habilidad que el kenzan), pero sin esta cama de faquir en miniatura no podréis hacer nada. Ni se os ocurra utilizar la esponja verde de floristería en su lugar. No sólo es fea y en un ikebana se vería entera sino que no te permite aguantar el centro ni colocar el material. En próximas entrega os contaré por qué.

La semana que viene hablaremos de los complementos sin los que una ikebanaka supertrendy no puede salir de casa.

Reverencias televisivas

Plantarse en Japón sin un cargamento de películas en el portátil es un riesgo seguro para las largas noches de tele en caso de tifón. Si “Humor amarillo” os parece una frikada, ya os adelanto que encender la tele allí es una experiencia que os hará añorar “Noche de Fiesta” y “Mira quien baila“.

Cuando ves a los presentadores del telediario empezarlo con una reverencia al respetable, notas que estás en el único país del mundo en donde puedes experimentar nuevas emociones sin correr el riesgo de que te vuelen por los aires. Toda la contención que los japoneses mantienen hasta en los menores detalles de su vida, se les olvida tan pronto ponen el pie en un plató de televisión.

Dos ejemplos perfectos: Sakanakun con su voz aflautada, sus brinquitos y gorros de pez, y Dandi Sakano con su precioso “Get’s”. Como siempre de la mano de mis queridos Adam y Joe.

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