All Nippon Airways
Hace 3 grados en Frankfurt. Llueve y hay congestión aérea. Nuestra previsión es el motivo de nuestro aburrimiento. A pesar de haber llegado con retraso desde Madrid (unos que hacían escala para ir a Detroit se han quedado por el camino) nos queda tiempo suficiente para recorrer varias veces la terminal, comer, dormir, registrarnos y aburrirnos de nuevo. Desde que hemos llegado hemos divisado por las ventanas el avión de ANA que nos llevará a Tokio. Son tan previsores que desde ayer conozco la puerta de embarque. Si llegamos con retraso a Tokio no será por la llegada tardía del avión. Lleva estacionado aquí al menos cinco horas.
Aparecen las azafatas, perfectas, menudas, como un ejército con pañuelo al cuello con nudo perfecto, de los que ya quisieran las políticas de toda la vida. Sin una arruga. Con esa sonrisa de japonesa guapa que se produce sin contracción muscular, sin surcos que afeen la perfección de la bienvenida.
Se reunen en un círculo antes de embarcar y hacen la ceremonia de “hemos venido aquí a servir a nuestros honorables clientes”. La cosa acaba con unos aplausitos alegres pero comedidos de colegio de monjas. Antes se han dirigido con respeto al comandante con pinta de europeo que ha ejercido de padre confesor de esta congregación. Se larga no sin antes dirigir su bendición a estas dispuestas hermanas.
Otra se dirige al alemán cuya compleja tarea consiste en romper en dos las tarjetas de embarque, indicándole en que cajita va cada papelito, convencida de que seguro que se equivoca a pesar de habérselo explicado con tanto celo. No se da cuenta de que se equivocará sólo para hacerle la puñeta, más por indolencia que por falta de entendederas.
Miro la cola del avión y no veo a Hello Kitty por ninguna parte. Lo siento, Rosa.

Bah, pero seguro que la veis por todas partes.