Cartón piedra

Como de deportes entiendo poco o nada, me entretengo leyendo sobre la intrahistoria de estos juegos que tan bien relata José Reinoso en El País.

En su estupendo Pekín Potemkin nos cuenta lo que no hay detrás de los decorados almerienses de cartón piedra que es esta nueva China de millonarios estratosféricos y pobres de solemnidad. Leyéndole recuerdo un paseo a la salida del Lama Temple camino del Templo de Confucio, al que no pude entrar porque lo estaban alicatando hasta el techo, imagino que con el patrocinio de American Express como la Ciudad Prohibida.

Entre los hutongs no tomados por los guías turísticos y sus ricksaws encontré un salón de té casero y pequeño donde tuve uno de esos instantes de felicidad y calma que no abundan. Leo a Reinoso y me espanto pensando que cuando vuelva me encontraré una disneylandia como Xintiandi en su lugar.

Tengo que reconocer que en ese mismo paseo contemplé desde fuera uno de esos baños comunitarios, sin puerta, sin cubículos separados, en donde ves a la gente en plena faena depositoria desde la mismísima calle. Esas calles llenas de porquería y cochambrera, donde la gente vive amontonada a tres pasos, pero literales, de los rascacielos y las tiendas más ofensivamente caras del mundo.

Pienso que todos tenemos derecho a desear y tener unas mejores condiciones de vida y que estos hutongs tan poéticos para los que tenemos agua corriente, no son más que chabolismo de teja negra. Pienso, también, que se puede manterner el sabor del centro de Pekín sin tener que hacer tabula rasa y ponerlo todo de plástico malo. Imagino que si se hiciera respetuosamente las comisiones y los sobres que tanto abundan a base de guanxi serían más magros.

Por lo pronto, a mi ya me han jorobado el té que pensaba tomarme allí en mi próxima (y cercana) visita.

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