Archivos del mes de Noviembre de 2008

Hombres salmonela en el planeta porno

Para subir el ánimo tras la lectura de cualquier tristeza de Kawabata, nada mejor que una astracanada de Yasutaka Tsutsui sacada de su colección de cuentos “Hombres salmonela en el planeta porno” (Atalanta), primera obra completa traducida de este autor.

A pesar de que el compañero de viaje en metro piense que uno se está dando a la literatura erótica y al bondage –la imagen de portada es un tanto equívoca- Tsutsui “el guru de la metaficción”, inspirador de mangakas, zoólogo y freudiano aficionado, nos ofrece seis relatos surrealistas refrescantes y muy poco habituales para lo que se expende en Japón.

Todos son estupendos, pero el del fumador simplemente profético.

Botchan

Dentro del literario interés con que los nipones contemplan la individualidad, la traducción de “Botchan” de Natsume Soseki, elegantemente editada por Impedimenta, nos promete sonrisas sin fin durante su lectura.

Obra muy leída en su país, “Botchan” requiere de un fino conocimiento de lo que se considera inconveniente en Japón para que al lector occidental le haga tanta gracia como al nativo.

Describe excelentemente, como también lo hace Kirino de manera más descarnada, lo mezquino de una educación que vive pendiente de convenciones sociales de enorme rigidez.

Botchan es el bocazas que pone en evidencia, enarbolando una lógica de párvulo, las absurdas situaciones a las que da lugar el sistema de deberes que rige la sociedad japonesa. De ahí que nuestro simple Botchan, el metepatas, sea un auténtico libertario.

Soseki es un viejo conocido del que ya se han traducido varias obras al castellano: “Yo, el gato” (Trotta, 1999), “Kusamakura: almohada de hierbas” (Kaicron 2008) , “Kokoro” (Gredos, 2003) o Mon (Miraguano Ediciones).

El autor de cabecera de Sánchez Drago: su gato se llama Soseki y Kokoro, el libro en el que se cuenta como sobrevivió a una operación de corazón a todo trapo. Que este dato no os aleje de su lectura.

Tanizaki por partida doble

Siruela ha comenzado con “La madre del capitán Shigemoto” una nueva colección sobre la obra de Junichiro Tanizaki, poco o nada traducido al castellano, aunque muy conocido por el opúsculo publicado por esta misma editorial, “El elogio de la sombra”.

Tanizaki publicó en 1928 una versión moderna del Genji Monogatari al tiempo que comenzó un regreso vital a las tradiciones.

Del Genji toma prestado una anécdota referida al seductor Heiju, amante de la madre del capitán Shigemoto, para construir una obra mitad novela, mitad ensayo, ambientada en la época Heian.

Muy formalista, llena de referencias a texto completo sobre poesía clásica o de historias de gloriosas batallas, la colección se ha continuado con la publicación de “El cortador de cañas”.

Obra breve pero de densa lectura a causa de tanta cita erudita, “El cortador de cañas” es una delicada obra de viaje no sólo físico, sino a la memoria y a los deseos, en el que un hombre culto y de la edad de Tanizaki conversa con un extraño rodeado de la melancolía kamakura sobre, de nuevo, la historia de pasión imposible del padre del paseante.

Todo muy japonés.

51 Carácteres

No, no voy a hablar de kanjis. ¡Ya quisiera yo que fueran solo 51! sino de la página  51 Japanese Character del aleman Peter Machat, que con ironía abundante y un diseño limpio y elaborado, ha dibujado 51 prototipos de la sociedad japonesa. No sólo a los mudialmente conocidos cosplay, otakus, o geishas, sino otros que son igualmente propios de su cultura pero bastante menos conocidos por su nombre.

Como el padre tradicional (el oyaji); el paisano que te da la bienvenida a voz en grito al entrar en una tienda (el que ha estado en Japón sabe a quien me refiero, te pasas oyendo “irasshaimashe” todo el día); la maruja sin gusto cabreada con la vida que se hace a codazos con el sitio en el autobús (obatarian); o la prostituta soft que se embadurna de jabón para enjabonar al cliente (soap-jo).

Todos son perfectamente identificables en la sociedad japonesa. Lo que demuestra que ni tan siquiera ellos son tan uniformes como pretenden hacernos creer.

Hibiki

LLevaba mucho tiempo queriendo experimentar en directo un espectáculo de butoh, esa danza de corte contemporáneo pero de lentitud de geiko, bailada sólo por hombres-bonzo, que es un grito silencioso ante el horror de la bomba atómica.

Me enamoré de la idea a través de una foto en la que flotaban lotos sobre un gélido escenario con unos cuerpos en el suelo, que resultó ser una imagen del montaje Kagemi de la compañía Sankai Juku, la que ha venido al Festival de Otoño de Madrid con el montaje Hibiki.

La escenografía no puede ser más sencilla ni más compleja: es un jardín zen de arena albero finísima que al comenzar el espectáculo forma una superficie perfecta. Sobre ellas varios recipientes de cristal, como grandes jarrones de ikebana, llenos de agua, colocados  sobre círculos rastrillados en la arena. Penden del techo pipetas graduadas para que caiga una gota de manera ritmica sobre los recipientes del suelo. Y con el sonido de las gotas grabado, comienza el espectáculo.

Los bailarines son sensuales onagatas, femeninos que no afeminados, que combinan la quietud con movimientos muy de danza moderna, pero sin el virtuosismo técnico ni el ejercicio de potencia de los bailarines occidentales. No hay tantos saltos, y los que hay conmueven el polvo de sus maquillajes y la arena de suelo, haciendo que una fina polvareda se incorpore a la escena como parte del espectáculo. La fuerza de la danza está en la concentración de la quietud y el control del movimiento, aunque a un bailarín con cara de Doraemon le fallara el equilibrio y casi se esmoñase con uno de los recipientes de cristal.

Es una danza que requiere total y absoluto silencio, cosa que en España es un imposible metafísico. Mientras intentaba concentrarme en los solos de Amagatsu, de gran belleza y tremenda opacidad, lo que tendría que haber sido un cementerio sintoista, se convertía en una competición de a ver quien tosía con más gana, estornudaba con más frenesí o carraspeaba con mayor orgullo. De verdad que no lo puedo comprender: una tos suelta, vaya que te va; pero ¿el orfeón donostiarra de la tos?. ¡Caramelitos de menta de los abuelos y buena educación para aguantarte o salirte, es lo que va faltando en esta santa casa!.

Después de este momento “cebolleta” deciros que no es una danza fácil, no es para todos los públicos.  Y lo digo a sabiendas de que hablar de elitismo sea anatema en este país nuestro.

No vayáis a verla si no es en Japón o en un país en donde la gente lleve caramelos de menta a la representación.

Un grito de amor desde el centro del mundo

La obra más vendida en Japón de los últimos años, Un grito de amor desde el centro del mundo, es un cursilada sin paliativos. Puede que a mi se me haya pasado ya la edad del pavo y que no me conmueva este pestiño edulcorado o será que me lo leí por exigencias del guión, pero lo que no se explica es que a la edad que calza Kyoichi Katayama ande  escribiendo estas tontadas de diario adolescente.

Tontada que ya va por la segunda edición, lo que Alfaguara, que la publicó a finales de agosto, le estará sentando divinamente.

El libro, para los interesados, cuenta la inevitablemente inconclusa relación de dos jóvenes almibaradamente enamorados y japónicamente correctos, plena de ocasiones perdidas y amores imposibles por muerte de la novia a causa de una enfermedad lánguida y, obviamente, incurable.

Esta obra como os digo éxito de ventas en Japón, ha dejado en su país de origen rentables y abundantes secuelas en diversos formatos (una película -“Gritando amor desde el centro del mundo”  de donde toma el libro la foto de portada-; una serie de 11 episodios -Sekai no chuushin de, ai wo sakebu-) y una pléyade de seguidores en el mundo manga, que cuenta también con su adaptación.

Por tanto, un número elevadísimo de personas que van a encontrar fatal mi crítica. Para otros será un estupenda ocasión de ahorrar dinero en tiempo de crisis (podéis leer el principio aquí).

Contundente demostración, en fin, de que lo cursi no es patrimonio del mundo occidental.

Coleccionismo para recordar

Cuando vivía en Nueva York en medio de otro delirio parecido a la burbuja que acabamos de estallar, estaba tan apasionada y era tan joven, que me dió por coleccionar cajas de cerillas de todos los bares, restaurantes, chiringuitos y demás lugares de esparcimiento por los que pasaba.

Las guardé hasta hace poco.

Debería haber seguido los pasos de Michael y no haberlas tirado. Él ha conseguido hacer un delicioso repaso de los locos 20 en Japón, lleno de nostalgia.

Mes literario en Nihonica

Por cortesía de Amazon tengo dos ejemplares de la última obra de Natsuo Kirino traducida al inglés, Real World. Uno de ellos se entregará al final de noviembre al comentario más brillante en su brevedad que se reciba en este humilde blogecillo.

Además, en este dos por uno tan anti-crisis, a lo largo de este mes comentaré los libros japoneses publicados o adquiridos en 2008 que me ha dado por leer.

Y, por supuesto, enseñaré a quien quiera leerme qué hacer con esa rama de pruno pachucha guardada para la  lección suspendida de “Ikebana para dummies”.

¡Vuelve Tormi!

Minutos musicales

Unos minutos musicales mientras retomo el blog y escribo algo interesante (o no).

Ya-Ya-yah - Just wanna lovin you

¡Pavoroso estilismo!