Hibiki

LLevaba mucho tiempo queriendo experimentar en directo un espectáculo de butoh, esa danza de corte contemporáneo pero de lentitud de geiko, bailada sólo por hombres-bonzo, que es un grito silencioso ante el horror de la bomba atómica.

Me enamoré de la idea a través de una foto en la que flotaban lotos sobre un gélido escenario con unos cuerpos en el suelo, que resultó ser una imagen del montaje Kagemi de la compañía Sankai Juku, la que ha venido al Festival de Otoño de Madrid con el montaje Hibiki.

La escenografía no puede ser más sencilla ni más compleja: es un jardín zen de arena albero finísima que al comenzar el espectáculo forma una superficie perfecta. Sobre ellas varios recipientes de cristal, como grandes jarrones de ikebana, llenos de agua, colocados  sobre círculos rastrillados en la arena. Penden del techo pipetas graduadas para que caiga una gota de manera ritmica sobre los recipientes del suelo. Y con el sonido de las gotas grabado, comienza el espectáculo.

Los bailarines son sensuales onagatas, femeninos que no afeminados, que combinan la quietud con movimientos muy de danza moderna, pero sin el virtuosismo técnico ni el ejercicio de potencia de los bailarines occidentales. No hay tantos saltos, y los que hay conmueven el polvo de sus maquillajes y la arena de suelo, haciendo que una fina polvareda se incorpore a la escena como parte del espectáculo. La fuerza de la danza está en la concentración de la quietud y el control del movimiento, aunque a un bailarín con cara de Doraemon le fallara el equilibrio y casi se esmoñase con uno de los recipientes de cristal.

Es una danza que requiere total y absoluto silencio, cosa que en España es un imposible metafísico. Mientras intentaba concentrarme en los solos de Amagatsu, de gran belleza y tremenda opacidad, lo que tendría que haber sido un cementerio sintoista, se convertía en una competición de a ver quien tosía con más gana, estornudaba con más frenesí o carraspeaba con mayor orgullo. De verdad que no lo puedo comprender: una tos suelta, vaya que te va; pero ¿el orfeón donostiarra de la tos?. ¡Caramelitos de menta de los abuelos y buena educación para aguantarte o salirte, es lo que va faltando en esta santa casa!.

Después de este momento “cebolleta” deciros que no es una danza fácil, no es para todos los públicos.  Y lo digo a sabiendas de que hablar de elitismo sea anatema en este país nuestro.

No vayáis a verla si no es en Japón o en un país en donde la gente lleve caramelos de menta a la representación.

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