Aprendiendo por decreto
“Por mi parte, yo seguía con mis clases y progresaba en japonés tanto como podía. No tardé en conseguir que me miraran mal. Cada vez que un detalle me intrigaba, levantaba la mano. Los distintos profesores casi sufrían un ataque cardiaco cada vez que me veían levantar las falanges al cielo. Yo creía que se callaban para dejarme hablar y, con atrevimiento, planteaba mi pregunta, a la que respondían de un modo extrañamente insatisfactorio. La cosa duró hasta el día en el que, al observar mi gesto habitual, uno de los profesores empezó a gritarme con una excepcional violencia:
-¡Basta ya!
Me quedé paralizada, mientras los demás alumnos me miraban fijamente.
Después de la clase, fui a excusarme ante el profesor, sobre todo para saber qué crimen había cometido.
- No se le hacen preguntas al Sensei-me riñó el profesor.
- ¿Y su uno no entiende algo?
- ¡Lo entiende y punto!
Entonces supe por qué cojeaba la enseñanza de idiomas en Japón.”

El, no es profesor.
Ella, lo será pronto.
Besos!.
Hola Henry; parecemos dos lobos esteparios en estas entradas.
¿Nadie ha investigado el porqué de lo raros que son los japos con los guiris?
O a lo mejor, no son tan raros, sino celosos, muy celoso, de sus cosas.
Que no quieren contaminación, vamos.
Konnichiwa…
Queria decirte que he usado este texto en mi blog… lo he linkado al tuyo como la fuente original… justo ayer escribia sobre eso ^_____^ espero que no te moleste…
Un saludo desde Tokio
NicoinTokio
http://www.nicointokio.com/2009/02/24/como-deciamos-ayer-10/
Eso está muy bien pero, ¿qué hago con la ajada ramita de pruno? ¿Quizás cortar una nueva de almendro?
Ikebana para dumies, ¿para cuándo?
Pido disculpas por mi exigente voz pedigüeña…