Archivos del mes de October de 2009

Pass the baton

passthebaton

Los que somos caprichosos compulsivos y exisencialista a la vez, cada que  vez que nos gastamos los dineros en algo que nos da placer, no podemos dejar de preguntarnos si acabará malvendido o tirado en un contenedor por una cuñada malvada. Siempre que me compro algo en  un brocante de París o Bruselas me pregunto a quien habrá pertenecido. Lamentablemente, no disfruto igual de los rastros españoles que me llenan de tristeza: en ellos  siempre veo a un señor con palillo comprando a viudas con pensiones miserables estupendas bibliotecas por dos duros.

Pass the baton es una tienda recien abierta en el distrito de Marunouchi en Tokio en donde vendedores y compradores de objetos de segunda mano comparten su “cultura personal”. Pasar el testigo, que es como se llama en castellano, hace de los vendedores ‘expositores’, con su foto, una biografía y una página personal en la que se muestran los artículos que está vendiendo, ha vendido y venderá en el futuro.

Vía :: Springwise

Piruletas

Se que el jefe del nuestro emporio informativo se me va a poner de uñas por robarle esta imagen que tenía guardada para un post en Chiquiworld. Pero como se lo voy a cambiar por unas cuantas entradas sobre cine, espero que no cambie la imagen de sitio y no me mande a la cola del INEM.

Si la tele japo combina las reverencias en el telediario con la frikilandia profunda en absurdos programas de karaoke con introducción de seres vivos por orificios corporales, la china hace un despligue de cadenas, como mucho glossy y famoso local. Donde aquí tenemos el photocall allí tienen los micros piruleta.

No me digáis que no están llenos de color. Estoy por hacer colección…

Lo que me pasó en Bruselas

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El jueves pasado estuve en Bruselas, una ciudad cuyo mapa tengo tatuado en la memoria. Fui a la clásica reunión de la clásica institución comunitaria, con el clásico riesgo de darme la paliza y sólo ver el aeropuerto, la sala de reuniones y otra vez el aeropuerto. Pero, esta vez, tan pronto acabé la parte del rollo que me correspondía, me escapé hacia una ciudad que, raro en ella, estaba llena de luz.

Es curioso como las ciudades se viven de manera diferente dependiendo de la edad y como hábitos que uno tiene incorporados no han estado siempre ahí. Como “euroniña” que fuí, la Bruselas en la que viví no incluía ni museos ni librerias, sino viajes y juergas. Así que me sorprendí en mi escapada reconociendo que en los casi tres años que había vivido allí, sólo pisé el Museo Horta (en aquella época era una fan total del art nouveau/art decó) y el Musée de la Bande Desinée, al que fui porque estaba y está en un edificio de Horta.

Para reparar mi error me escapé al Museo Magritte, no porque Magritte me guste especialmente, sino porque me permitía hacerme la cultureta y luego darme al despilfarro chocolatil sentada en Wittamer, en el centro del Sablon. Yendo para allá descubrí una parte de Bruselas por la que estaba harta de pasar pero a la que nunca había prestado atención. Así que sucumbí a lo desconocido y acabé, como corresponde a este momento de mi vida, en un salón de té chino montado con ocasión de Europalia, que hasta febrero del año que viene está dedicado a China. Cuando ví el programa me dieron ganas de volver a vivir allí: opera, exposiciones, arte moderno… todo al alcance de quien sea capaz de sobrevivir al cielo bajo de Bélgica.

Superada la nostalgia, me puse en marcha para hacerme con el cargamento de bombones con el que cualquiera que pisa este país está obligado a volver. Y por el camino sucumbí a una costumbre reciente, las librerías, y entrando en Tropismes incorporé a la pesada bolsa de los chocolates una obra de la para mí desconocida Minaé MizumuraTaro, un vrai roman” (publicado en español en Argentina por Adriana Hidalgo), que me ayudó a disimular el pánico durante las dos horas de turbulencias de regreso. No se en que acabarán estas 600 páginas, pero la por ahora “novela antes de la novela” sobre japoneses expatriados en los EEUU de los 60-70 no puede ser más adictiva ni estar mejor escrita,  ni ser menos pretenciosa.

Y esto, junto con el universo gianduja, es todo lo que me pasó en Bruselas

Retrato de Shunkin

retratodeshunkinContinúa Siruela la Colección Tanizaki con Retrato de Shunkin, obra breve y de crónica como lo fuera La madre de capitán Shigemoto. Desde que comenzamos la lectura del relato de amor desigual entre Mozuya Koto, conocida como Shunkin, y su sirviente Sasuke sabemos de qué pié cojea Tanizaki. La acomodada, y descrita como caprichosa, dama Shunkin se queda ciega de niña y para guiarla hasta a sus clases de koto y samisén se le busca un adecuado lazarillo que la acompañará, como sumiso alumno y amante devoto, por el resto de su vida, llegando incluso a mutilarse por no avergonzar a su maestra-amante.

A Tanizaki le desagrada Shunkin, en su insensible trato y en su carácter malcriado, tanto como le atrae este personaje y su mórbida relación con Sasuke. Algo tendrá esta dama, a la que Sasuke adora hasta el límite de compartir su lecho pero de mantener su estatus de esclavo en la casa de su maestra. La viste, la baña y no le discute que le niegue como marido, y cuando un enemigo de Shunkin la desfigura de modo terrible, Sasuke, en una actitud que solo se comprende en una cultura de la vergüenza, se la evita a su ama mutilándose horriblemente. Y es ante ese acto de amor supremo cuando Shunkin, por primera vez, muestra una emoción.

Sasuke no nos es extraño: es la fea Marianela de Galdós, la huérfana, deforme y enamorada del joven burgués ciego, Pablo, al que sirve de lazarillo. Ambos libros se plantean como crónica de historias reales, aunque en sus resoluciones son tan distintas como diferentes son las culturas de las que ambas obras son deudoras. No hay recuperación milagrosa de la ciega en Tanizaki sino que la relación de erotismo y vasallaje se profundiza morbosamente según llega a su final. Nada que ver, pues, con el canto a la ciencia y a la formación que Galdós nos propone.

Haciendo el chorra

Nihonica en El País Semanal

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