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Gracias a “El arte de cocinar para dos” he descubierto a este increíble director de cortos japonés.
Se llama Kosai Sekine y tiene canal en YouTube. No dejéis de ver los títulos de crédito.
Gracias a “El arte de cocinar para dos” he descubierto a este increíble director de cortos japonés.
Se llama Kosai Sekine y tiene canal en YouTube. No dejéis de ver los títulos de crédito.

En la culturilla de cada uno según van pasando los años descubres que todas aquellas preferencias estéticas y cúlturales acumuladas no son casuales, que fluyen todas del mismo lago subterráneo: las variaciones Goldberg, Ukiyo-e, el art-decó y nouveau,Star Wars, la wiener werkstatte, Hannibal Lecter…
Aunque no lo creais y como dicen los budistas todo está conectado, y nuestro subconsciente más que descubrir, reconoce.
A pesar de que la lista os parezca, a simple vista, absurda.
Imagen vía :: MuSubLandia

El jueves pasado estuve en Bruselas, una ciudad cuyo mapa tengo tatuado en la memoria. Fui a la clásica reunión de la clásica institución comunitaria, con el clásico riesgo de darme la paliza y sólo ver el aeropuerto, la sala de reuniones y otra vez el aeropuerto. Pero, esta vez, tan pronto acabé la parte del rollo que me correspondía, me escapé hacia una ciudad que, raro en ella, estaba llena de luz.
Es curioso como las ciudades se viven de manera diferente dependiendo de la edad y como hábitos que uno tiene incorporados no han estado siempre ahí. Como “euroniña” que fuí, la Bruselas en la que viví no incluía ni museos ni librerias, sino viajes y juergas. Así que me sorprendí en mi escapada reconociendo que en los casi tres años que había vivido allí, sólo pisé el Museo Horta (en aquella época era una fan total del art nouveau/art decó) y el Musée de la Bande Desinée, al que fui porque estaba y está en un edificio de Horta.
Para reparar mi error me escapé al Museo Magritte, no porque Magritte me guste especialmente, sino porque me permitía hacerme la cultureta y luego darme al despilfarro chocolatil sentada en Wittamer, en el centro del Sablon. Yendo para allá descubrí una parte de Bruselas por la que estaba harta de pasar pero a la que nunca había prestado atención. Así que sucumbí a lo desconocido y acabé, como corresponde a este momento de mi vida, en un salón de té chino montado con ocasión de Europalia, que hasta febrero del año que viene está dedicado a China. Cuando ví el programa me dieron ganas de volver a vivir allí: opera, exposiciones, arte moderno… todo al alcance de quien sea capaz de sobrevivir al cielo bajo de Bélgica.
Superada la nostalgia, me puse en marcha para hacerme con el cargamento de bombones con el que cualquiera que pisa este país está obligado a volver. Y por el camino sucumbí a una costumbre reciente, las librerías, y entrando en Tropismes incorporé a la pesada bolsa de los chocolates una obra de la para mí desconocida Minaé Mizumura “Taro, un vrai roman” (publicado en español en Argentina por Adriana Hidalgo), que me ayudó a disimular el pánico durante las dos horas de turbulencias de regreso. No se en que acabarán estas 600 páginas, pero la por ahora “novela antes de la novela” sobre japoneses expatriados en los EEUU de los 60-70 no puede ser más adictiva ni estar mejor escrita, ni ser menos pretenciosa.
Y esto, junto con el universo gianduja, es todo lo que me pasó en Bruselas

Como decíamos en la entrada anterior, sin referencias en las guías y con una desgana impropia de los japoneses por parte de quien atendía en la oficina de turismo de Kioto “sólo para gaijines” , hay que venirse de casa con la iconografía Shikibu aprendida para adivinar por los signos lo que pueda constituir una actividad del genjimilenio.
Nota a navegantes: la oficina de turismo para los japoneses está en el centro de la estación de Kioto bien visible; en ésta no atienden a extranjeros, que tienen que meterse en los grandes almacenes ISETAN (planta 9) y encontrar el ascensor concreto y secreto para llegar a la oficina segregada para gaijines malolientes. Si te equivocas de ascensor, no llegas jamás a encontrarla y se cuenta que hay extranjeros que entraron en el 1957 y aún siguen buscando.
Por lo tanto para apañarse, resulta más que útil conocer las imágenes con las que se ilustró el rollo (e-maki) más antiguo de la obra -datado en 1120 y que se conserva en la sala 6 del Tokugawa Art Museum de Nagoya-, o reconocer alguno de los 52 símbolos del Genji-Kou con los que se representan 52 de los 54 capítulos del libro (el primero y el último carecen de símbolo).
Estos símbolos (véase a imagen), formados por la combinación de 5 líneas verticales y varias horizontales que las unen hasta formar las 52 variaciones posibles, provienen de un juego de la época Edo en el que los participantes tienen que identificar un tipo de madera por su olor y, a continuación, tratar de representar el aroma mediante uno de estos símbolos.
Así pues, con cuatro iconos, un Genji abreviado, alguna documentación encontrada aquí y allá, mucha paciencia y un curso acelerado de cartografía -para comparar el plano de Kioto oficial del milenio en japonés y el que uno se agencia en inglés-, es posible retroceder a un Japón imperial, muy anterior al del Bushido, las geikos y el batiburrillo exótico con el que los occidentales lo identificamos; un Japón delicado e indolente en el que las damas se comunican con los galanes a golpe de poema, perfume y concursos de incienso.

Debido a compromisos que adquirí -pero que no fueron completados por la otra parte como me hubiera gustado- no os pude contar en su momento todo lo que hice y disfruté en Japón el pasado abril. Ahora liberada de ese compromiso os puedo confesar que, uno de los elementos centrales de mi viaje, fue hacer un recorrido sentimental por el Genji Monogatari con ocasión de su milenio.
No todos los días uno está en Japón celebrando que hace sólo 1000 años Murasaki Shikibu, la Cervantes japonesa, acababa su historia sobre el Príncipe Resplandeciente, y yo hice lo que debía: retroceder a un Japón anterior a los samuráis, un Japón delicado, de poemas y perfumes.
Publicaré en fascículos coleccionables, todos los domingos y sin necesidad de cartilla, parte de este recorrido. A lo mejor, si la autoridad lo permite, me escribiré una guía de viaje para nostálgicos y hastiados de perseguir maikos por Gion y, lo mismo, encuentro a algún loco que me la publique.

No, no voy a hablar de kanjis. ¡Ya quisiera yo que fueran solo 51! sino de la página 51 Japanese Character del aleman Peter Machat, que con ironía abundante y un diseño limpio y elaborado, ha dibujado 51 prototipos de la sociedad japonesa. No sólo a los mudialmente conocidos cosplay, otakus, o geishas, sino otros que son igualmente propios de su cultura pero bastante menos conocidos por su nombre.
Como el padre tradicional (el oyaji); el paisano que te da la bienvenida a voz en grito al entrar en una tienda (el que ha estado en Japón sabe a quien me refiero, te pasas oyendo “irasshaimashe” todo el día); la maruja sin gusto cabreada con la vida que se hace a codazos con el sitio en el autobús (obatarian); o la prostituta soft que se embadurna de jabón para enjabonar al cliente (soap-jo).
Todos son perfectamente identificables en la sociedad japonesa. Lo que demuestra que ni tan siquiera ellos son tan uniformes como pretenden hacernos creer.

LLevaba mucho tiempo queriendo experimentar en directo un espectáculo de butoh, esa danza de corte contemporáneo pero de lentitud de geiko, bailada sólo por hombres-bonzo, que es un grito silencioso ante el horror de la bomba atómica.
Me enamoré de la idea a través de una foto en la que flotaban lotos sobre un gélido escenario con unos cuerpos en el suelo, que resultó ser una imagen del montaje Kagemi de la compañía Sankai Juku, la que ha venido al Festival de Otoño de Madrid con el montaje Hibiki.
La escenografía no puede ser más sencilla ni más compleja: es un jardín zen de arena albero finísima que al comenzar el espectáculo forma una superficie perfecta. Sobre ellas varios recipientes de cristal, como grandes jarrones de ikebana, llenos de agua, colocados sobre círculos rastrillados en la arena. Penden del techo pipetas graduadas para que caiga una gota de manera ritmica sobre los recipientes del suelo. Y con el sonido de las gotas grabado, comienza el espectáculo.
Los bailarines son sensuales onagatas, femeninos que no afeminados, que combinan la quietud con movimientos muy de danza moderna, pero sin el virtuosismo técnico ni el ejercicio de potencia de los bailarines occidentales. No hay tantos saltos, y los que hay conmueven el polvo de sus maquillajes y la arena de suelo, haciendo que una fina polvareda se incorpore a la escena como parte del espectáculo. La fuerza de la danza está en la concentración de la quietud y el control del movimiento, aunque a un bailarín con cara de Doraemon le fallara el equilibrio y casi se esmoñase con uno de los recipientes de cristal.
Es una danza que requiere total y absoluto silencio, cosa que en España es un imposible metafísico. Mientras intentaba concentrarme en los solos de Amagatsu, de gran belleza y tremenda opacidad, lo que tendría que haber sido un cementerio sintoista, se convertía en una competición de a ver quien tosía con más gana, estornudaba con más frenesí o carraspeaba con mayor orgullo. De verdad que no lo puedo comprender: una tos suelta, vaya que te va; pero ¿el orfeón donostiarra de la tos?. ¡Caramelitos de menta de los abuelos y buena educación para aguantarte o salirte, es lo que va faltando en esta santa casa!.
Después de este momento “cebolleta” deciros que no es una danza fácil, no es para todos los públicos. Y lo digo a sabiendas de que hablar de elitismo sea anatema en este país nuestro.
No vayáis a verla si no es en Japón o en un país en donde la gente lleve caramelos de menta a la representación.
No me he podido resistir a escribirme este post. Comprendo que tendría que hablar de las doscientas variedades de tés que ya llevo comprados, de lo tristes que son estos tíos cuando no están borrachos, de los tres sakuras y medio en flor que quedan aquí (dos enfrente del Palacio imperial, y uno, muy celebrado, como una seta gigante en el jardín del Museo Nacional de Tokio).
Pero es que la cartelera del Teatro Imperial, con sesión matinal, me tiene loca. A puntito he estado de entrar a la una del mediodía a tragarme “El Hombre de la Mancha” a todo trapo japonés. Pero me he contenido, porque he visto que acaban de estrenar “Rebeca, el musical” con un galán de cartón piedra abrazado a una cursi que bien se merece sufrir a manos de la Danvers, la única con un poco de glamour. Y me he querido reservar. Véase el cartel del que llevamos un ejemplar a mi querido Henry para su colección.
A lo que ya no llego es a ver a los Marujitas’ Boys. Si no tengo palabras para describir a esta artista que recuerda a la Celia Gámez, es que no las hay para describir la cara de cera de los relamidos de sus boys. Espero que todos ellos estén bien de salud para bajar a esta sin par vedette a la sillita de la reina por esas escaleras tan peligrosas para una señora de su edad.
Si creíamos que Cine de Barrio era cutre…

Kazuhiko Kawahara no sé si con la finaldad de dejarnos a todos p’allá fundó pallalink.net. Sí, lo se, es un lamentable juego de palabras, pero es que soy una blogger pluriempleada y estoy empezando a parecerme a José Luis López Vázquez.
Hay ciudades, jardines, repetición y melancolía. Muy japo.