Para los que nos gusta casi tanto Japón como el cine, el no poder estar estos días en San Sebastián se convierte en un auténtico suplicio. Este año su Festival de Cine hace una retrospectiva de campeonato del cine negro japonés, para mi un completo desconocido.
Los japoneses son los reyes de lo gore, el terror de fantasmas y han dado a la causa grandes escritores de novela negra como Natsuo Kirino, de la que sabéis que soy devota. Así que debe ser una estupenda oportunidad para ver cine japo, aprovechando que la sección oficial suele ser un pestiño.
Desde la dura meseta, sólo me queda hacerme un cine en casa.
Ya no me extraño de nada. El País le dedica dos paginas de su Vida & Arte al sexo geriátrico y en Japón Shigeo Tokuda, un abuelete de 73 años, se convierte en la estrella del porno para-más-que-adultos.
El hombre, con 200 películas al coleto, está que se sale: tanto se trajina a señoras revenidas de Kyoto, de kimono de acceso directo, como jovencitas lloronas que se corren a nada que les toquetea babosamente la mano. Mientras, su mujer y su hija, según él, encantadas.
El señor, como no podía ser de otro modo, disfruta de su status de estrella y así se lo cuenta a los muy profesionales chicos de la CNN.
No puedo negaros que de este vídeo lo que más gracia me hace son las declaraciones del gerente de Ruby Productions, Kadowaki-san, dedicada íntegramente al porno jurásico. Este hombre está que no da crédito con este éxito que tan bien le viene: vieron que década que subían la edad de los protagonistas, arreón que le daban a la caja registradora. Empezaron con actores de 30 y ya andan con Tokuda y su cara de viejo verde.
Como business plan a corto, tienen pensado hacerse con el mercado de las residencias de la tercera edad. Es lo que pide, al parecer, la sociedad más anciana y a la vez mas follaora del primer mundo.
Menos mal que ésto no pasa en España, porque entre las recetas de viagra y estos vídeos terapeúticos, acabaríamos definitivamente con el ya olvidado superávit.
Como diría nuestro Paco Martínez Soria ¡Estoy hecho un chaval!
Lo prometido es deuda. Tan pronto estrenaron Cartas desde Iwo Jima me planté con mi cabas de Hello Kitty en el cine en versión original más próximo a mi casa y me la tragué en perfecto japonés.
Adelanto que ese día una Omaita me había dado el té con pastas así que mi percepción de la película se vió sin duda influida por mi estado de cabreo. Adelanto también que llevo con más resignación que la media de los mortales los ritmos lentos, las rarezas de los japoneses, los cambios de tonalidades a lo “Muerte en Venecia” y las películas de Kurosawa. De todo esto tiene la película, así que si os ponen un poco nerviosos cada uno de estos elementos por separado u os sacan de quicio si aparecen combinados, ni piséis el cine.
Como yo he sufrido mucho cine de autor lo llevé bastante bien. Lo que llevé fatal fue el intento de Clint Eastwood de humanizar a los japoneses a base de mimetizarlos en americanos. Empeñado en contar una obviedad -que la guerra es mala- y emperrado en explicar, igual que en “Banderas..“, que se lucha por los compañeros y no por un vago ideal de patria, Clint dibuja a unos japoneses individualistas, bonachones y un tanto Lazarillo de Tormes.
Mientras el superviviente protagonista juega al escaqueiting y Watanabe a general afiliado a Amnistia Internacional, los soldados se hacen estallar con granadas de mano a falta de katanas o se convierten en minas anticarro humanas para reventar los tanques enemigos. Eso, los malos.
Eastwood, llevado por la clásica buena voluntad americana, cree que sólo se puede ser humano siendo occidental. Lo que parece no contemplar como posible es que la dureza de la educación japonesa les haga humanos de una manera diferente. Si no se sabe respetarla es mejor dejar que el ideal del japonés malvado siga siendo Toshiro Mifune.
Para lo que se proyecta últimamente, no deja de ser una buena película, a pesar de que tiene poco de original en cuanto reflexión sobre el poder de la mercadotecnia, el comportamiento heroíco y los horrores de la guerra. Esto último ya lo inventó Goya.
Lo que es realmente interesante de esta película es la necesidad que te queda de saberlo todo sobre los 20.000 japoneses acuartelados y escondidos en una isla de nueve kilómetros de largo por dos de ancho, que perdieron la vida en esa batalla, que se suicidaron antes de entregarse, que hicieron de la isla un inmenso bunker desde donde proteger una tierra jamás invadida antes. ¡Qué enorme responsabilidad para un japonés y que deshonra tan inmensa! Te quedan ganas de ver la guerra desde el lado de esos malvados y crueles japoneses vencidos a golpe de bombas atómicas, algo en lo que el cine bélico ha sido bastante tacaño: te quedas con ganas de que estrenen Cartas desde Iwo Jima.
Si es la mitad de buena que Europa de Lars von Trier, valdrá la pena tragársela en japonés. Allí estaremos informando, con telefonillo o sin él.
Nota: Esperad hasta el último título de crédito de Banderas de nuestros padres. Vale la pena.
El soberano cabreo que se cogieron los japoneses con la película “Memorias de una Geisha” se entiende porque revela un desconocimiento sobre su cultura tan grande como el que late tras la escena de nuestra Semana Santa sevillana ambientada en Jalisco que aparece en Misión Imposible II. Para los que vieron la película es necesario aclarar que las japonesas no menean las caderas al andar, por muy geishas que sean, son físicamente distinguibles de las chinas o coreanas, y se espera de ellas que tengan un cutis blanco como el yeso y que sepan llevar el kimono con humildad y elegancia.
Lo que ocurre es que la elegancia en Japón es diferente de la occidental y viene impuesta por la propia rigidez de la prenda. Llevar un kimono apropiadamente no es sencillo: hay que andar con las puntas de los pies hacia dentro para que no se abra en absoluto, dar pasos pequeños, ir levemente inclinada hacia delante y soportar varias capas de tela encima.
Se lleva, al menos, un sayón, un kimono interior, un cuello especial, un kimono exterior, una banda de tela de una anchura de unos 25 centímetros a la cintura -obi- de montaje complicado que a su vez lleva encima un cordón, un pañuelo y una almohadilla que se usa para levantar el lazo posterior. Todo ello atado con cintas de tela y obis interiores, y montado cuidadosamente pues los kimonos no tienen ni botones ni cremalleras. Lo que parece una chaquetilla del kimono no es más que el propio kimono doblado y atado a la cintura.
Una maiko (la geisha joven antes del mizuage –comentario de Kento- en la bitácora Nipoblog) llevará varios kimonos uno encima del otro con una manga que cae casi hasta el suelo como el lazo de su obi. Entre los adornos del pelo, los kimonos y demás aditamentos una maiko puede llevar encima unos 20 kilos, algo menos de la mitad de su peso. Que me diga a mi Rob Marshall como se puede menear la cadera en esas circunstancias sin pegarse un morrón.
Yo lo he probado y aún me estoy recuperando.
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Japón cañí para gente hasta el moño de tanto zen de todo a cien. Por si alguien lo pregunta, el saludo no es japonés. Exigencias del fotógrafo. Más en Acerca de... »
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Florece el arce japónico que creía muerto y desmochado y me invade la felicidad. Parezco la "hierbas" más que una tormentosa de lo racional #19 hours ago
Organizando el 40 aniversario desde que mi escuela de Ikebana se instalara en España.... a la japonesa: con un año de antelación ;) #19 hours ago
Ahora en Nihonica Miehina: un día en la vida de una geisha:
Miehina the Kyoto Geisha from Glen Milner on Vimeo. http://t.co/ZY15XaS#2011/08/18