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Hasta los mismísimos

Una de las ventajas de tener un blog que no lee nadie es poder decir lo que a una le venga en gana. Pues bien, rodeada de calor, habiendo tomado el jardín de mi casa unos señores de barriga cervecera pertrechados de cornetas y una tele a todo trapo, estoy a punto de sufrir el síndrome de Stendhal pero a la inversa: estoy al borde de que me de un pasmo por horror estético.

Odio el fútbol, pero no es un odio improvisado, es un odio con solera, repensado y revenido que se remonta a mi infancia de “Carrusel deportivo” en coche paterno y tarde de domingo. En aquel entonces era un odio intuitivo, de dolor de oído y aburrimiento inmenso, cuando en las casas sólo había una tele y tocaba ver el partido por cojones, por mandato divino. Es oir el sonsonete de comentarista deportivo y ponerme mala.

Con los años la cosa ha ido a peor: me ha ido poniendo mala por la estética que lo rodea y porque sigue siendo un hecho sacrosando e indiscutido que justifica parar una ciudad, cambiar las agendas de las reuniones e incluso suspender eventos culturales. Porque la parroquia prefiere el fútbol y porque no se avergüenza de ello, al contrario, lo pone por encima de cualquier otra consideración. Pongamos un ejemplo: hay que fijar una reunión importantísima para tratar un tema urgentísimo. A mi ni se me pasa por la cabeza decir “no puedo, tengo Ikebana” o “no puedo, que me voy a dar un siatsu” ¡qué poco profesional!, pero a nadie se le menea un pelo si alguien dice ¡es que hay partido! Y siempre es el partido del milenio del mes de abril, así que a nadie se le ocurre colocar la reunión en esa maldita tarde de fútbol, que hay que ir al puto palco o a hacer la cabra montesa delante de la tele.

Y pongo el fútbol a la altura de mi ikebana porque no es más que una afición personal que no ha de interferir en la vida de los demás. Lo más grave es que el fútbol está, además, por encima de razones de peso, que se mira con mayor indulgencia que cuestiones importantes. Y pienso en esas madres trabajadoras a las que las miran con mala cara por salir chutando de las reuniones para cuidar de sus hijos, mientras su marido sale como un machote por la puerta a trote cochinero para ver el fútbol. ¡Cuanto más hace por el bien de la patria el segundo que la primera, que, ya se sabe, se tenía que haber quedado en casa fregando!

En fin, que no se equivoque De la Vega: el día que en el pocker cotidiano pese tanto mi siatsu o los hijos de mis compañeras como el partido de fútbol, ese día histórico, será el día de la igualdad real y habrá que ponerlo en los calendarios.

Y ya para que me echen del país confieso: haciendo mío el estilo de vida egocentricofutbolero, estoy rogando para que pierda España y así dormir a a pata suelta. Si no, me pasaré la noche en vela debatiéndome entre morir de calor por cierre de ventana o morir por ataque de bocinazo de orgullo patrio.

Adelanto: no siento tener este sentimiento aunque, como buen odio que es, sí que siento que me ocupe tanto.

Aquí se aprovecha todo

LLego a la reunión de trabajo que me llevó de viaje a Japón. Los organizadores nos regalan a los asistentes con mucha ceremonia lo que parece ser una pañoleta. En un encuentro lleno de ingenieros sin sentido del humor todo el mundo pone cara de paisaje.

Servidora que es una muñeca repollo empollona salta de alegría: en realidad el regalo es un furoshiki king size de los buenos, con el que puedo desde envolver mis kimonos, hasta llevar al hombro mis pertenencias, en plan hatillo nihónico. En Japón son los reyes de los envoltorios, de los nudos y de los atadillos. Sólo hay que tener en consideración que para vestirse un kimono hay que atarse cientos de cosas alrededor del cuerpo. Ni un botón, ni una cremallera, ni una hebilla, todo a base de doblar y atar.

Para los torpes, como yo, a continuación un how to.

Estos pañuelos, de todos los tamaños y calidades, valen tanto para envolver dinero de un regalo, las cajas en las que se guardan las tazas para la ceremona del té, hasta la o-bento tarteril. Yo he incorporado a mi vida diaria un furoshiki de Sibyla que compré en Tokyo hace un par de años y una tartera o-bento pa’ los mediosdías.

Tendriais que ver la cara de mis compis de trabajo cuando saco la tartera y los palillos. Un número.

La vie en rose

Té de Sakura

De verdad que lamento insistir, pero es que en Japón cuando cogen una perra no la sueltan. Y yo tampoco.

Del sakura, como del cerdo, se aprovecha todo. Así que para mantener en el paladar estos bonitos momentos vividos, se elaboran a base de sakura desde postres hasta tés.

El té de sakura, a pesar de las experiencias dulces que me encuentro por la web, consiste en flores de cerezo de la temporada, conservadas en sal, que se prepara de la siguiente manera:

1. Caliente agua para té verde japonés o porque sí;

2. Hacer el té verde (enfriar el agua hasta 70 grados) o preparar directamente con el agua caliente;Toallitas

3. Coger una flor y quitarle la sal en lo posible;

4. Poner la flor en una taza; y

5. Echar en la taza el té verde o el agua caliente.

Y si ya uno quiere morir sakurizado, se recomienda “sakura mochi” arroz glutinoso con pasta de azuki dulce (judía roja) envuelto en una hoja salada de arbol de cerezo. Está delicioso. Para mi gusto mejor con algo amargo como el matcha.

Como soy una caprichosa de a las que Dios va a castigar por manirrota, no pude resistirme a traer conmigo esta reproducción de sakura mochi de Ito-ya, la papelería pija del pijo Ginza. En realidad son dos toallitas para la cara.

Me hacían muchísima falta…

The Garden Oriental Kyoto

The Garden Oriental KyotoEn la que fuera la casa del pintor japonés Seiho Takeuchi, se ubica uno de los sitios más elegantes de Kyoto. Manteniendo tradición, buen servicio y estupendos precios para los que malvivimos con el euro, The Garden Orental Kyoto es el local perfecto para refrescarse en medio de las compras y visitas de templos del Nene no Michi o para cenar y tomar una copa. Y viendo un espléndido jardín con la pagoda Yasaka al fondo.

Por lo que vimos, está fuera del recorrido de los viajes organizados de nosotros los extranjeros, lo que es en sí ya es una garantía de tranquilidad. Aunque pille de camino a Kiyomizu-dera y al lado del templo Kodaiji.

Leaving Las Ventas

Leaving Las Ventas

Ser japonés y estar de visita en España debe ser, en sí, un shock de enormes proporciones sólo mitigado por el hecho de que vas escoltado a todas partes por el guía nativo de allí, que te pastorea a Loewe evitando que te levanten la cartera mientras te levantan la falda -esta técnica, verídica, la empleaban las gitanas-rumanas en Madrid para aturdir a las pobres japonesas mientras les volaban sus pertenencias-.

Si a las diferencias abismales les añades además las culturales, ser japonés y presenciar la corrida de ayer en Las Ventas supone un episodio traumático.

RosaJC y la Condesa de Estraza se apiadaron de mí y, con la compañía de la primera y el abono de la segunda - ¡Gracias, Condesa!- me planté en la Monumental de las Ventas en una corrida de faenita de aliño para hacer boca con vistas a la feria. Por cierto, Condesa, que me he quedado un poco bizca con los florones de su blog.

A lo que iba: había media entrada compuesta a partes iguales por parroquianos, turistas anglosajones viviendo su momento Hemingway, y turistas japoneses viviendo su momento “sangre y arena samurai”. Adelanto que siempre que voy a los toros sufro por aquellos que van por primera vez y hasta me entra una vergüencita del tipo “que pensarán estos señores de nosotros”. Será porque hace mucho que no veo una corrida decente y porque sin honor, a la antigua, no se justifica este “evento”. Y lo digo así a riesgo de que me mantée el sector pro-toro-vivo, encabezado por mi madre y continuado por los cursis modelo grupo de teatro alternativo de medio pelo que ayer saltaron al ruedo.

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Savoy

SavoyLa perfección de los japoneses llega a situaciones sorprendentes. Si digo que el mejor espresso que me he tomado no ha sido en Italia sino en Tokyo, pensaréis que no me he tomado un café decente en mi vida. Pues no, antes de darme al té compulsivamente me hice la vuelta al mundo tomando café y os aseguro que sólo he probado algo que se le acerca en Roma, en un bar famoso por su café donde haces fila de 20 en fondo para darte el chute e irte.

Aún me sabe y aun lo huelo, del placer que me produjo. Pero es que además hacen unas pizzas en horno de leña, de verdad, en 1 minuto que saben a gloria. Chiqui, que es el experto pizzero aún llora por las noches por no haber seguido pidiendo. Menú de mediodía, 1000 yenes (poco más de 6 euros), local pequeño y atención encantadora pero no mecánica. ¿Dónde? en Savoy, 201 3-10-1 Motoazabu, Minato-Ku, bajando por la calle que sale a la derecha de la puerta de la librería Tsutaya Tokyo Roppongi, al lado del complejo Roppongi Hills.

Se admiten apuestas.

Sakurización

SakuraComo veis, me pongo insistente con el tema, pero es que los japoneses se ponen un poco monotemáticos y yo, que soy de Tokyo, también.

Después de tanta literatura sobre el sakura que va y viene, allí me planté dispuesta a sakurizarme toda a pesar de que las fechas no eran las mejores. Y puedo confirmar que los cerezos japoneses no se parecen a nada que hayáis visto en el Jerte, tan tiesos como pararayos, sino que son colgantes, podados para que las ramas sean tan largas y tan finas que caigan como una enorme cortina llorona. Meterte entre sus ramas es una experiencia tan rosa que puede empalagar y encantar a partes iguales.

Mi primera gran ducha de sakura fue en el Templo Byodoin de Uji, seguida por otras cuantas: allí donde había un sakura reventón que no estuviera vallado, allí que me metía yo debajo a vivir el momento sakura y a reventar de paso las fotos de los turistas que pretendían salir con el árbol y no con una loca dando brincos bajo sus ramas. Lo hice en Uji, en el jardín del Museo Nacional de Tokyo, en el Jardín del Palacio Imperial de Kyoto, en el templo de la escuela Ikenobo, en Tetsugaku-no Michi (Philosopher’s Path), en … en fin, debo de estar en Flikr por todas partes.

Algunos sakuras centenarios a los que la gente va en procesión: el del parque Maruyama o los de los jardines del Castillo de Nijo en Kyoto, por poner un par de ejemplos que salen fotografiados por todas partes. Lo digo por si queréis vivir el momento sakura un día de estos.

Sakura

Tronchada

Tronchada

Como el pobre muñequito de la foto hago una reverencia cercana a la humillación para pedir disculpas por mi falta de noticias desde Japón. Es que estaba asaltando las tiendas. Comprendo que es una pobre excusa, y, aunque tengo otras que son también ciertas y algo mejores no es cuestión de aburriros con ellas. Espero poder ponerme al día, una vez que los técnicos del emporio Chiquiworld editen videos, descarguen fotos y yo encuentre algo interesante que contaros.

Mientras, miro extasiada como una niña el día de reyes, todo lo que me he traído a mí misma y que ya ni me acordaba de que me lo había traído. Estoy fascinada con el cargamento de té. He echado una cuenta, al estilo de los árboles que iban a plantar cada partido si ganaban las elecciones, y he llegado a la conclusión de que, para consumirlo todo antes de que caduque, tengo que invitar a té a 100 personas diarias, eso sí, dispuestas a repetir.

Por ciertos algunas de las fotos, como la que ilustra esta entrada, son de mi amigo y compañero de cuitas Miguel Bañón. Gracias Miguel por dejarte la espalda cargando con ese pedazo de troncho y nutrirme de material gráfico.

Empieza el trasiego

Los viajes me disgustan tanto como me gustan. Los días anteriores estoy refunfuñona y quejosa, a pesar de que hago las maletas con precisión milimétrica y sigo el protocolo de “cosas que hacer antes de viaje” casi como una autómata.

Me repito siempre cuando me enfrento a un viaje de avión de 12 horas que una mala noche se pasa de cualquier manera, pero no consigo cabrearme menos. No ayuda que ahora andemos pegándonos con un sistema de check-in on-line que no nos reconoce como clientes ni un servicio de atención telefónica en el que te contesta desde Perú gente voluntariosa pero sin formar a la que no le han explicado lo que es un código compartido. Sólo con buena educación y con mandarte al aeropuerto dos horas antes no se soluciona el hecho de que si hay check-in por internet me gustaría poder usarlo.

Luego vienen los controles, las escalas, el miedo al retraso y las carreras entre terminales. La sola perspectiva me pone de mal humor.

Cuando llego a los sitios y me ubico la cosa cambia y paso a preguntarme como es que no vengo más a menudo con lo cerquita que está. Asi soy yo de voluble.

Si superamos la prueba de obstáculos de transportarnos nosotros y nuestros equipajes, el siguiente post será desde Japón.

Queda inaugurado este pantano

Kimono

Gracias a RosaJC tenemos el documento inaugural de la exposición de ikebana y bonsái y esta foto de mis pinreles de chica de kimono que parece un cartel de Sara Baras.

Os tengo que reconocer que salir por Madrid vestida de japonesa ha sido toda una experiencia: motarse en un coche con el torso inmobilizado por el obi es un número, pero también es sorprendente como te convierte en japonesa de inmediato. Al pasar a ser una mujer embutida en el corsé que es el obi hacer la reverencia o economizar en movimienos viene solo. Sentarse a la occidental es un suplicio, lo que convierte la idea de arrodillarte en algo cómodo y conveniente. Andar a pasos pequeños es la únikimonoca opción de que el kimono no se te abra y que no pierdas una chancleta. Me pregunto como hay mujeres en Japón que aún lo usan y se montan en los autobuses con ello puesto. Se entiende, pues, perfectamente, por qué el movimiento feminista de principios del siglo XX hicieron de quitarse el corsé un acto reivindicativo.

A pesar de todas las incomodidades tengo que reconocer que la experiencia vale la pena. Mientras no sea a diario….

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