Ikebana
Como buena parte de la generación del Cuéntame (yo soy de la “quinta” de la hija pequeña, ¡eh!) he pasado del antaño popular “con flores a María” al “camino de la flor” (Kado) o Ikebana, que queda más japo y moderno.
Moderno aquí, porque lo que es en Japón ya tiene unos siglitos. La escuela a la que pertenezco la fundó Lord Enshu hará unos 400 años (quinquenio arriba, siglo abajo) y concentra en sus cinco estilos mucho de la visión estética de los japoneses: la asimetría, el movimiento, la búsqueda de los espacios (que no de los huecos) y la imitación de la naturaleza. La melancolía, la perfección y la conciencia del paso del tiempo representado en la sucesión de estaciones se refleja en cada centro de ikebana.
Hay mucha literatura sobre el origen del Ikebana. La escuela Ikenobo, que tiene en el centro de Kyoto un edificio como el del BBVA, se autoproclama la fundadora de un arte que nació como ofrenda a Buda. Posteriormente se desarrolló como un arte masculino practicado por los samurais y las mujeres de sus familias.
Os iré contando como pasa una de las Hermanas de la Caridad al Japón milenario sin morir en el intento.
Cuando una se enfrenta ya talludita al sarao de “contraerse” lo primero que se pregunta es por qué ha de firmar un disclaimer a la peluquera de pueblo para que la haga un moño italiano sin pasar por tres pruebas anteriores y por qué ha de someterse al humillante y carísimo momento de encajarse en un traje de novia mientras unas dependientas anoréxicas se tronchan por lo bajinis mientras te dicen que el modelo lorcero que te estás probando te queda ideal.
Así me va presentando una amiga, que ha decidido que mi plomez con Japón sólo se justifica siendo del propio Tokio, a la misma altura del 