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35 años no son nada

IkebanaPara todos aquellos que llegáis a mi vida digital a golpe de búsqueda “cómo atar el obi” o “ikebana cómo hacer centro de mesa” y para aquellos que os habéis feedeado “Ikebana para dummies” tengo un gran anuncio que haceros: los días 12, 13 y 14 de marzo (de 11 a 20 horas) y el 15, sábado (de 10 a 13 horas) si estáis en Madrid podréis ver ikebanas en directo en la Sala de Exposiciones del BBVA (Paseo de la Castellana, 81).

Mi escuela, centenaria en Japón, hace su 35 aniversario en España y olé el próximo martes y nos vamos a hacer unos centros, con unos amiguetes que retuercen árboles pequeñitos, como celebración por el cumpleaños y como sentido homenaje, por la fecha que es.

Como no os puedo invitar a la inauguración y con este post os he escamoteado un fasciculillo, me ofrezco a haceros de guía si hay suficiente gente para montar un “sake & blogs”. El jueves 13 sería un buen día.

Interesados dirigirse a tormento_arroba_nihonica.com.

Ikebana para dummies. VI

Ikebana para dummies IVComo ya os indiqué, sin kenzan no hay mambo. Su base suele ser de plomo para equilibrar el centro y aguantar el peso de las ramas inclinadas -como en el sinshoka de la foto-. Porque un elemento fundamental del Ikebana es el grado de inclinación de los distintos elementos.

Gracias a ello consigues darle movimiento al centro y crear sensación de profundidad. Y por ese motivo cuando has tumbado hacia delante las flores ver el centro por detras es una auténtica penita.

Como diría mi Sensei “cada rama tiene su posición, la que más luce”. Esto que puede parecer una chuminez, es algo completamente cierto.

Rotar una rama 10 grados hace que todo el centro cambie, y que de tener tu inicial bodrio pases a tener un ikebana de verdad. Este sencillo principio te lleva a interrogar con la mirada a la pobre rama, a la que giras como una peonza sin observala de verdad, intentando decidir cual es esa posición estupenda que hará de tu centro el orgullo de tu madre. Los dos primeros años se le pasan a una mirando alelada una rama intentando saber si lo que tu ves es lo que tendrías que estar viendo.

Como se aprende por observación, no tienes el recurso occidental de levantar la mano y preguntar qué hacer. Asi que tú colocas, que ya vendrá la Sensei con la rebaja a quitarla y a cambiarla de posición. Unas veces te explicará el cambio y otras tendrás que adivinar a qué se debe. Lo que tienes claro tras la corrección es lo mucho que el centro ha mejorado y si tienes interés, intentarás extraer de esa corrección una regla que te sirva para el futuro. Y no es sencillo porque cada material, cada flor es distinta de las demás. Así que la regla se refiere enteramente a cómo observar no a como colocar.

Cuando llevas mucho tiempo, es como conducir, la flor te dice ella solita como tienes que colocarla.

Sin red. Kawara y Muji

MujiEl jueves pasado salí de casa mal calzada lo que, en un Madrid, es una mala decisión. Día primaveral, tacón de 10 centímetros, portátil al hombro y mucho que te voy que te vengo. Resultado: pie como bota malaya.

Me dije, pues ya que te toca tremenda reunión en viernes tarde, cógete la tarde del jueves libre y date un paseíllo (esto fue antes de que las medias se adhirieran a las plantas de mis pies como si fueran alquitrán caliente). Llamé a mi japo como hago siempre para que me fueran preparando mi chirashisushi.

Hace años me metí por la calle de la Aduana para acortar y me encontré un restaurante japonés que no conocía, caserillo y con una camarera borde, Baby, que me echó con cajas destempladas. Lo regentaba un matrimonio japonés. Era el Kawara. Volví y seguí volviendo y mi constancia callada me convirtió en una habitual que podía llegar cuando estaba cerrado y a la que la servían sin preguntar. El último año llegué al colmo de la perfección: llamaba y al llegar mi mesa estaba puesta, con los palillos que eran sólo para mí y mi tetera. Me sentaba y, ante el estupor de los que llevaban media hora esperando, salía mi comida.

En navidades me informaron de manera reservada que iban a cerrar. No les iba bien. Me apené mucho, no porque fuera el mejor sushi que he comido (su arroz era el mejor del mundo) sino porque, en una ciudad llena de restaurantes japoneses regentados por chinos a los que les va de fábula, la honradez y buenos precios del Kawara no han sido suficientes. La mala noticia esperada llegó por fin: “Tormento-san, cerramos el martes. Lo sentimos mucho.

Me tiré a la calle a un sitio de estos fashion a quitarme las penas y, como esperaba, comí normalito y me pegaron un tortazo con la cuenta. Estoy apurando el café. Suena el teléfono. Es el señor Ikenaga, dueño de un restaurante japonés de pata negra decorado con esmero, donde este mes me toca el turno de hacer los Ikebanas. “Tormento-san, las flores del moribana de la ventana ¡caídas! ¡¿venir cuando pueda a arregarlas?!” Pienso: mañana, mal día. Hoy, pies como berenjenas. Vale, hoy. Segundo tortazo de la tarde: compro las flores donde pillo, floristería pija de la Calle Serrano. No tengo tijeras pero lo apaño con unas de papel que me prestan. Un corte aquí, otro en el tallo. Quedan las flores como prediseñadas para el centro, ¡con lo que han costao ya pueden!

Me siento delante del centro derrengada mientras pasa la señora mayor de todas las tardes mirando al escaparate como siempre. Y también, como siempre, se para y me dice a través del cristal que ha quedado muy bonito. Como siempre. Doy las gracias con un gesto. Me queda un buen rato para llegar al teatro donde voy a ver Las Bizarrías de Belisa. Uff, y con los pies al pil-pil.

Venga, Tormi, me animo, que seguro que andando se te pasa. Y encamino mis pasos vacilantes a Muji, tienda de una cadena japonesa que ha abierto en la ya saturada y saturante calle Fuencarral. Entro por una puerta lateral y veo que está medio vacía y llena de gente poniendo focos y colgando grullas de origami gigantes hechas con el papel de las bolsas de la tienda.

Diseñador mariquita super-cool por aquí moviéndose mucho y no haciendo nada. Montador de luces como el guitarrista de Leño currando a todo trapo. Bolsas llenas de cosas ignotas preparadas. Parece una presentación. Nadie me molesta. Subo, bajo y me esfuerzo por llevarme algo. Lo que es significativo en una persona tan caprichosa como yo. Porque en Muji todo es útil y te solventa problemas cotidianos con buenos materiales, sencillez y calidad. Es como las desaparecidas a mi pesar cacharrerías: no eran nada fashion pero encontrabas de todo. Sin embargo Muji, por mor de los cursis y de las notas de prensa hiperbólicas, parece ser el culmen de lo cool. Pues no lo es. Si necesitas un pastillero práctico o un neceser de viaje con botellitas neutras es el sitio.

Subo las escaleras traqueteante. Voy a pagar y pregunto que pasa. Es la inauguración oficial, viene el Presidente de la compañía de Japón y están preparando regalitos para los medios (”y yo ¿qué? ¡que soy la presidenta ejecutiva de Nihonica!” pensé), y la tienda está cerrada pero no han querido molestarme ya que estaba dentro. Pensé: esto si que es japonés de verdad. Si hubiese sido en la cacharrería de mi barrio me habrían echado con cajas destempladas. Aunque, claro, no habrían invitado al presidente a venir a la inauguración desde Japón.

Nota: Sin red va de que nos plantamos en los sitios (nada de navegar ni tirar de notas de prensa de autobombo) y contamos lo que vemos. Uy, me ha salido el nos mayestático. Perdón.

Ikebana para dummies V: Ikebana must have (y 2)

UzumakiAquí volvemos, una semana más, a la teletienda ikebanística para consumidores compulsivos. En los must del Ikebana moderno no puede faltar un uzumaki, o apaño verbenero, para hacer Nageire, lo que viene siendo el estilo en jarrón alto en el que hay que hacer bricolage con las ramas, atarlas y demás monerías para que se tumben pero no se caigan. Esto que parece una tontada es moldeable y al hacerlo un burruño o una pelotilla y meterlo en un jarrón consigues grados de inclinación que sin aparataje resultarían un desastre total.

Los pobres kenzanes de los meneos que les damos acaban con las púas tumbadas, así que los japos. que son muy puestos en puntos, han inventado el levanta pinchos de doble uso que tanto recupera la erección de las púas como limpia entre medias.

Entrando en el cuidado facial de las tijeras, el Sabitoru permite quitar la roña del filo de la hoja de la tijera; y como los ikebanas se montan en la clase, se desmontan, y se vuelven a montar en casa o el lugar de destino, necesitas una bolsas de transporte. No valen las del Corte Inglés porque son muy cortas y muy anchas, y queda poco práctico ir en plan fallera mayor con las flores a la cadera ya que las ramas, generalmente largas, son de sacar ojos si no de romperse. Cuando te montas en el metro con la bolsa y los ramajes, la gente se te queda mirando con cara rara, dudando si llevas flores o un AK-47 dentro.

Para terminar esta bonita entrada, hemos de referirnos a los jarrones y recipientes. Os tengo que confesar que su mundo es como los de los bolsos de temporada, son muchos y si no los combinas adecuadamente, el centro puede resultar un tanto choni. Así que atención: cada estilo requiere un jarrón o recipiente. Al cambiar de escuela y, en muchos casos, de estilo, hay que tener gran cuidado en el recipiente elegido. Mientras que este jarrón sería adecuado para hacer un Shinshoka de la escuela Ensyu, éste sería el adecuado para un Rikka de la superpoderosa escuela Ikenobo. Un par de ejemplos más: para el estilo nageire y para hacer un moribana.

¡Hala! ¡A gastar!

Ikebana para dummies. IV. Ikebana must have

KenzanUna de las ventajas que tiene aficionarse a algo, es la cantidad de cacharritos que uno se empeña en poseer. Empiezas con unas tijeras del Leroy Merlin y una bolsa del Caprabo, y acabas teniendo una colección de bolsas de transporte que no se las salta un gitano, como una de la que me emperré y que se convierte en mandil de flores a lo Brie Van de Kamp.

La desventaja de esta afición es que no es la típica que te puedan regalar en el amigo invisible. Todo o casi todo lo que necesitas hay que traerlo del mundo exterior. Así que, como dirá cualquiera de las/os periodistas de investigación que escriben en las revistas de moda, estos son los Ikebana must have de esta semana:

  • Unas tijeras o hasami, que son especiales para Ikebana. Aunque ahondaremos en este fascinante mundo en sucesivas ocasiones, dos consejos para empezar: compraros unas de jardinería para cortar tallos de flores y arbustos nomalitos y, por favor, no os plantéis en clase con unas tijeras de bonsaí. Aparte de inadecuadas e incómodas (te pegas unos pellizcos de mucho cuidao) el filo es diferente y el corte no es igual.
  • Un pincho o kenzan. Mientras que todas las demás chumineces tienen sustitutos al alcance de la mano, sin kenzan no hay Ikebana. Es cierto que el estilo Nageire no lo necesita, y que hay otros elementos que lo sustituyen como el hana-dome (que requiere más habilidad que el kenzan), pero sin esta cama de faquir en miniatura no podréis hacer nada. Ni se os ocurra utilizar la esponja verde de floristería en su lugar. No sólo es fea y en un ikebana se vería entera sino que no te permite aguantar el centro ni colocar el material. En próximas entrega os contaré por qué.

La semana que viene hablaremos de los complementos sin los que una ikebanaka supertrendy no puede salir de casa.

Ikebana para dummies. III

TokonomaCon el ego bajo y las tijeras en ristre volvemos una semana más a darle al floripondio. Ya que tenemos claro que no sabemos nada, vamos a intentar fijar algunos conceptos técnicos a los que acudir en caso de duda.

1. El Ikebana como toda la estética japonesa se basa en la economía de medios. Nadie entenderá que os plantéis con dos flores y cinco ramas en su casa a la hora de comer, pero es lo que hay. Sabréis que estáis en el buen camino cuando al ver un ramazo de flores penséis ¡qué desperdicio! o ¡me haría 20 centros con lo que hay en esa corona! Cuando tengáis que reprimir la necesidad de robar en un entierro es que vivis el kado (camino de la flor) más que los buenos modales.

2. El Ikebana es asimétrico. Los japoneses creen que la simetría rompe el ritmo, que en un centro de flores como un hongo de los pitufos no hay movimiento. Y tienen razón. Nunca encontraréis dos floreros uno a cada lado de la mesa con el mismo contenido.

3. Consecuencia de lo anterior es que se huye de los números pares. En el estilo más sencillo y que primero atacaremos, el moribana (bosque de flor) hay un mínimo de tres ramas. Luego le sumas un número par de flores para que el resultado siga siendo impar (cinco) y así hasta que te dejen.

4. Los centros de Ikebana estrictos y más clásicos tienen un problema que los hace muy poco populares en bodas-bautizos-comuniones: se hacen para ser mirados de frente. Por detrás son horrorosos, así que no permiten una visión de 360 grados. Por este motivo, mi querido Moeh, nunca pueden ser centros de mesa, a no ser que sean de estilo libre. El motivo es bien simple y lo apreciareis en la foto de arriba: están pensados para decorar el tokonoma, especie de escaparate-altarcillo que preside la habitación principal de una casa japonesa. El tokonoma es el lugar de honor con respecto al que se ordena, por ejemplo, como te sientan en un banquete o en la ceremonia de té. Contiene un ikebana o un bonsai y una pintura o caligrafía que cambia dependiendo de la época del año o del acontecimiento que se celebre.

5. El Ikebana copia a la naturaleza y es estacional. No hagáis nunca en primavera un centro con salix o repollo como el de la pasada semana. Hay que aprovechar el sakura y la naturaleza en su verdor. Para el verano, los jarrones de cristal y los centros que recuerden a agua, para aguantar el calorazo húmedo que hace en Japón.

Y no doy más consejos, que aparte de irme a un número par, ya os he apostolado suficientemente por hoy.

Ikebana para dummies. II

Ikebana

Llego despeinada y sin aliento a nuestra cita semanal con el Ikebana. Ya os digo que esta no es la actitud, pero como no soy más que una japonesa de pega, hago lo que puedo.

A partir de la semana que viene entraremos en más harina. Hoy toca la lección más complicada, sin la cual nunca practicaréis Ikebana sino que haréis “centros de mesa” más o menos monos: os tenéis que olvidar de que sois occidentales. No es poca cosa y no se consigue de inmediato. Traer de casa una cierta culturilla de cómo piensan los japoneses ayuda más en esta disciplina que saber mucho de botánica o gustarle a uno mucho el campo. Lo primero se aprende leyendo y lo segundo a base de hacer muchos centros. Yo odiaba la naturaleza y ahora voy de ciudad en ciudad buscando jardines y recogiendo palos, una penita.

Los que entréis en este mundo como paso siguiente de la dieta vegetariana, el yoga y las flores de Bach, ya os advierto que partís con una seria desventaja, la de creer que tenéis una opinión. Así que, anotad.

Primer error occidental: no se tiene derecho a una opinión hasta que uno no gana el derecho a tenerla. Esto puede no llegar nunca. Segundo error occidental: ponerse muy espiritual y creer que es suficiente. Sin técnica no hay nada. Si no tienes técnica no llegarás ni a tener gusto, ni, por supuesto, a tener opinión. Tercer error occidental: creerse un artista o creer que uno lleva un artista dentro que le permite “crear”. Uno aprende año tras año la técnica con espíritu de perfección y consigue ser un artesano, si lo consigue. Los japoneses no creen que haya tantos artistas por metro cuadrado como nosotros. El estilo libre es la máxima expresión de maestría, es el quinto círculo o anillo de Musashi, el vacío. Viene a ser como conducir sin pensar que marcha toca meter. Conducir bien no nos convierte en Fernando Alonso, sólo en un buen conductor.

En definitiva cualquier disciplina, incluídas las occidentales, requieren lo mismo: olvidarse del ego, aguantar al maestro con la boca cerrada, disciplina y constancia. Porque nosotras coloquemos floripondios en un jarrón no significa que el Ikebana se pueda practicar sin pasar por estas etapas. O al menos eso piensan los japoneses.

El ikebana de la semana es un sinshoka de año nuevo, con ramas de sauce tortuoso, una brassica o repollo para los amigos, margaritas y una rama de hojas de camelia.

Ikebana para dummies. I

Ikebana para dummies. IHace mucho tiempo, en la lejana galaxia de Chiquiworld prometí explicar algunos secretillos del arte floral japonés, del camino de la flor, del Ikebana.

Pues bien, no se lo que me durará la determinación pero mediante el presente comienzo con el cursillo rosarillo de “Ikebana para dummies” o torpes, que es lo mismo. Habrá (de vez en cuando) el ikebana de la de la semana, indicaciones sobre cacharritos que comprase para hacer ikebana (de lo mínimo imprescindible hasta el aparataje completo), técnicas, estilos, escuelas y lo que buenamente se me ocurra.

En esta ocasión lo que veis a la izquierda es un shoka realizado por una maestra de mi escuela en la exposicion de primavera del pasado 2007 en Kyoto. Es un centro extraordinariamente complicado que requiere una gran pericia no sólo paraa logar ese equilibrio, fuerza y movimiento, sino simplemente para que no se vaya al suelo.

El pañuelo debajo del jarrón nos indica que quien lo ha hecho tiene, al menos, el título de “ayudante maestra”, a partir del cual se tiene el derecho a usarlo. El derecho no va acompañado del pañuelo que cuesta 180 euros y sólo se puede conseguir si la sensei quiere encargárlo a Japón. Lleva el símbolo y el color de la escuela que no es otro que el murasaki (entre el lila y el violeta, color glicinia) como el pseudónimo de la autora de Genji Monogatari. Si a este lío le añadimos que glicinia en inglés es wisteria, se comprenderá mejor que se crea que las que nos dedicamos a esto somos unas mujeres desesperadas. Tampoco es casual que esta bitacora use ese color (por otro lado también el del movimiento feminista….)

Bueno, no me lío más. Empezamos.

Mi nombre es Ikkoh

IkebanaSi no queréis que mi Sensei que todo lo ve, os corte todo lo que os cuelgue, no traduzcáis Ikebana por “arreglo floral japonés”. Esto, como el rock & roll, es un modo de vida. Es un camino de perfeccionamiento personal basado en el aguante de la disciplina japonesa que acompaña cualquier actividad en ese país: se aprende por mímesis y observación.

Un buen ikebanaka (aquél que practica el Ikebana; como del judo, judoka) no pregunta nunca, se sienta horas y horas frente a su centro tras la corrección de la Sensei, tratando de comprender por qué las ramas estaban mal colocadas y la flor demasiado baja. Cualquier intento de que se te dé una explicación, recibirá una mirada acerada cargada de japonés desprecio.

Sólo se recibe una explicación por cada estilo que se aprende: la inicial. Si eres lento o simplemente estás acostumbrado a la tradición oral, vas listo. La única opción viable si quieres ser japonesa y española al mismo tiempo es hacerte con una buena biblioteca en la materia. Así, te evitas hacer durante años centros que parezcan parabólicas y unas cuantas horas de sentada observación.

Me gustaría que pudieráis observar desde esta bitácora y en directo como es el choque de culturas en una clase de Ikebana. Algún día os contaré como se desarrolla la cosa. Es digno de verse.

Por cierto, en el Kado se entra en la escuela como una inclusera total: según te perfeccionas te vas ganando primero el nombre, y después el apellido, que evoluciona con los títulos que vas atesorando. Como los cinturones en el judo. Servidora es ayudante maestra, lo que me ha dado derecho a un nombre floral y un par de apellidos filosóficos. En concreto estos: Shoshisai (apellido) Ikkoh (nombre).

En la foto, un “Shinsoka” de Ikkoh, modelo veraniego.

Ikebana

Lord EnshuComo buena parte de la generación del Cuéntame (yo soy de la “quinta” de la hija pequeña, ¡eh!) he pasado del antaño popular “con flores a María” al “camino de la flor” (Kado) o Ikebana, que queda más japo y moderno.

Moderno aquí, porque lo que es en Japón ya tiene unos siglitos. La escuela a la que pertenezco la fundó Lord Enshu hará unos 400 años (quinquenio arriba, siglo abajo) y concentra en sus cinco estilos mucho de la visión estética de los japoneses: la asimetría, el movimiento, la búsqueda de los espacios (que no de los huecos) y la imitación de la naturaleza. La melancolía, la perfección y la conciencia del paso del tiempo representado en la sucesión de estaciones se refleja en cada centro de ikebana.

Hay mucha literatura sobre el origen del Ikebana. La escuela Ikenobo, que tiene en el centro de Kyoto un edificio como el del BBVA, se autoproclama la fundadora de un arte que nació como ofrenda a Buda. Posteriormente se desarrolló como un arte masculino practicado por los samurais y las mujeres de sus familias.

Os iré contando como pasa una de las Hermanas de la Caridad al Japón milenario sin morir en el intento.

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