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La vie en rose

Té de Sakura

De verdad que lamento insistir, pero es que en Japón cuando cogen una perra no la sueltan. Y yo tampoco.

Del sakura, como del cerdo, se aprovecha todo. Así que para mantener en el paladar estos bonitos momentos vividos, se elaboran a base de sakura desde postres hasta tés.

El té de sakura, a pesar de las experiencias dulces que me encuentro por la web, consiste en flores de cerezo de la temporada, conservadas en sal, que se prepara de la siguiente manera:

1. Caliente agua para té verde japonés o porque sí;

2. Hacer el té verde (enfriar el agua hasta 70 grados) o preparar directamente con el agua caliente;Toallitas

3. Coger una flor y quitarle la sal en lo posible;

4. Poner la flor en una taza; y

5. Echar en la taza el té verde o el agua caliente.

Y si ya uno quiere morir sakurizado, se recomienda “sakura mochi” arroz glutinoso con pasta de azuki dulce (judía roja) envuelto en una hoja salada de arbol de cerezo. Está delicioso. Para mi gusto mejor con algo amargo como el matcha.

Como soy una caprichosa de a las que Dios va a castigar por manirrota, no pude resistirme a traer conmigo esta reproducción de sakura mochi de Ito-ya, la papelería pija del pijo Ginza. En realidad son dos toallitas para la cara.

Me hacían muchísima falta…

Packaging

Los japoneses son los reyes del empaquetado, de las cajitas, de los papeles, de los nudos perfectos. Una compañera ikebanaka que reside en Japón, me mando una caja de “algo” en agradecimiento por hacerle su centro en la exposición del 35 aniversario (igualito que aquí). Tras quitarle el papel del envoltorio (la foto salió movida) me encontré esta caja envuelta en papel de arroz.

Pastas

Tras desatar cuidadosamente el nudo para rehacer la caja, aparecieron estos paquetitos…

Pastas 2

….. que resultaron contener estas galletas de arroz, de consistencia parecida a la del pan de gambas (pero sin la grasaza propia de la comida china) de distintos sabores, dulces unos, salados otros. Tanto trabajo para envolver tan poco. Se explica bien por qué están tan delgados.

Pastas 3

Sakurización

SakuraComo veis, me pongo insistente con el tema, pero es que los japoneses se ponen un poco monotemáticos y yo, que soy de Tokyo, también.

Después de tanta literatura sobre el sakura que va y viene, allí me planté dispuesta a sakurizarme toda a pesar de que las fechas no eran las mejores. Y puedo confirmar que los cerezos japoneses no se parecen a nada que hayáis visto en el Jerte, tan tiesos como pararayos, sino que son colgantes, podados para que las ramas sean tan largas y tan finas que caigan como una enorme cortina llorona. Meterte entre sus ramas es una experiencia tan rosa que puede empalagar y encantar a partes iguales.

Mi primera gran ducha de sakura fue en el Templo Byodoin de Uji, seguida por otras cuantas: allí donde había un sakura reventón que no estuviera vallado, allí que me metía yo debajo a vivir el momento sakura y a reventar de paso las fotos de los turistas que pretendían salir con el árbol y no con una loca dando brincos bajo sus ramas. Lo hice en Uji, en el jardín del Museo Nacional de Tokyo, en el Jardín del Palacio Imperial de Kyoto, en el templo de la escuela Ikenobo, en Tetsugaku-no Michi (Philosopher’s Path), en … en fin, debo de estar en Flikr por todas partes.

Algunos sakuras centenarios a los que la gente va en procesión: el del parque Maruyama o los de los jardines del Castillo de Nijo en Kyoto, por poner un par de ejemplos que salen fotografiados por todas partes. Lo digo por si queréis vivir el momento sakura un día de estos.

Sakura

Sakura y olé

Sakura y olé

A los que os sabéis esto de Japón no os descubro nada nuevo al contaros que, por esas tierras, la contemplación de los cerezos en flor (sakura) es un evento nacional. Se sigue en las noticias el calendario de floración con el mismo interés que los ciclones (de los que hemos vivido un par) o de los terremotos, de los que Chiqui ya tiene una experiencia tokiota (yo había huido a Nikko).

Una de las muchas actividades que las empresas japonesas tienen insitucionalizadas, es el hanami o ir de merendola bajo los sakura hasta bien entrada la noche. Esta actividad es compartida por toda la población que se tiran en plancha a disfrutar de esta época que representa la renovación y la esperanza, algo nada desdeñable en una sociedad tan tristona. En la foto podéis ver la versión “Joshuaaaaaa” de este invento.

Como veis, hay que irse olvidando de algunos complejos del momento merendero.

Sakura café

Sakura Café

Para contemplar unos cerezos que florecieron antes de que llegáramos han montado este café en el complejo del Tokyo Midtown. Nosotros que somos unos gaijines de pro nos hemos tumbado cual patricios romanos haciendo de las flores de sakura gigantes nuestros triclinios particulares. Vamos que nos dolían los pies y no sabíamos donde ponernos.

No se nos ve porque nos tapa Pinky Winky. Desde Tokyo ¡Abrazo fuerteeeeeee!

Sakura Café

All Nippon Airways

ANAHace 3 grados en Frankfurt. Llueve y hay congestión aérea. Nuestra previsión es el motivo de nuestro aburrimiento. A pesar de haber llegado con retraso desde Madrid (unos que hacían escala para ir a Detroit se han quedado por el camino) nos queda tiempo suficiente para recorrer varias veces la terminal, comer, dormir, registrarnos y aburrirnos de nuevo. Desde que hemos llegado hemos divisado por las ventanas el avión de ANA que nos llevará a Tokio. Son tan previsores que desde ayer conozco la puerta de embarque. Si llegamos con retraso a Tokio no será por la llegada tardía del avión. Lleva estacionado aquí al menos cinco horas.

Aparecen las azafatas, perfectas, menudas, como un ejército con pañuelo al cuello con nudo perfecto, de los que ya quisieran las políticas de toda la vida. Sin una arruga. Con esa sonrisa de japonesa guapa que se produce sin contracción muscular, sin surcos que afeen la perfección de la bienvenida.

Se reunen en un círculo antes de embarcar y hacen la ceremonia de “hemos venido aquí a servir a nuestros honorables clientes”. La cosa acaba con unos aplausitos alegres pero comedidos de colegio de monjas. Antes se han dirigido con respeto al comandante con pinta de europeo que ha ejercido de padre confesor de esta congregación. Se larga no sin antes dirigir su bendición a estas dispuestas hermanas.

Otra se dirige al alemán cuya compleja tarea consiste en romper en dos las tarjetas de embarque, indicándole en que cajita va cada papelito, convencida de que seguro que se equivoca a pesar de habérselo explicado con tanto celo. No se da cuenta de que se equivocará sólo para hacerle la puñeta, más por indolencia que por falta de entendederas.

Miro la cola del avión y no veo a Hello Kitty por ninguna parte. Lo siento, Rosa.

No confundamos

RepostandoA pesar de que los chinos lo inventaron todo antes que nadie, los japoneses los tratan con desdén. Los consideran unos guarros, gente sin honor ni escrúpulos. Los chinos no tienen un gran recuerdo tampoco del empeño hegemónico japonés ni de muchas de sus actuaciones tiránicas y esclavistas. La historia de ambos países y su modo de estar en el mundo no puede ser más diferente. De ahí que no conviene confundirlos. Y es que es difícil hacerlo al ver estas fotos de James Fallows publicadas en TheAtlantic.com.

Mientras los japoneses siguen escrupulosamente el manual de repostaje del avión, visten el uniforme reglamentario de manera idéntica hasta el último detalle y toman todas y cada una de las medidas de seguridad documentadas, los chinos parecen sacados de una canción de Los Chichos. Sólo les falta hacerle un puente al contacto del avión.

Fallows define perfectamente la diferencia: mientras en Japón todo se centra en la manera de hacer las cosas, con el mismo grado de perfección en el proceso que en el resultado, en China se trata de encontrar la manera de hacer las cosas a base de improvisación, poco interés en las reglas mientras se consiga el resultado.

¿A quien os recuerdan los chinos?

Una mente maravillosa

Tokio | Wiltshite

Tokio ocupa una extensión de 2.187 kilómetros cuadrados. Ni con un mes entero por delante pateándolo podríamos conocer cada uno de sus rincones, cada una de sus secretas calles traseras.

Sin embargo, Stephen Wiltshire, un británico de 33 años, autista y artista, necesitó tan sólo una vueltica de media hora en helicóptero y una visita al edificio más alto de la capital para retener en su cabeza los millones y millones de detalles que forman esta megaurbe y dibujarlos en un inmenso mural de 10 metros de largo por uno de alto. Media hora de información y siete días de trabajo tirando de su portentosa memoria. Arriba, el resultado. Abajo, el proceso.

Tokio ‘la nui’

Tokio

Moeh, que me acusa de hacer centros de mesa en vez de Ikebanas, me mandó estas fotos de Tokio que me conmovieron. Es que el mejor Tokio es el de la parte de atrás.