Genji Monogatari Sennenki

Debido a compromisos que adquirí -pero que no fueron completados por la otra parte como me hubiera gustado- no os pude contar en su momento todo lo que hice y disfruté en Japón el pasado abril. Ahora liberada de ese compromiso os puedo confesar que, uno de los elementos centrales de mi viaje, fue hacer un recorrido sentimental por el Genji Monogatari con ocasión de su milenio.
No todos los días uno está en Japón celebrando que hace sólo 1000 años Murasaki Shikibu, la Cervantes japonesa, acababa su historia sobre el Príncipe Resplandeciente, y yo hice lo que debía: retroceder a un Japón anterior a los samuráis, un Japón delicado, de poemas y perfumes.
Publicaré en fascículos coleccionables, todos los domingos y sin necesidad de cartilla, parte de este recorrido. A lo mejor, si la autoridad lo permite, me escribiré una guía de viaje para nostálgicos y hastiados de perseguir maikos por Gion y, lo mismo, encuentro a algún loco que me la publique.







A riesgo de ser simplista (lo que soy por naturaleza), clasificaría la literaura japonesa que me he echado a la cara en dos tipos: los melancólicos a lo Kawabata, y los crueles a lo Mishima. No entro en los incomprensibles oniricos que me leo como el que se toma una aspirina de medio kilo: a la fuerza.