Bento bizarro

Para estetas hambrientos y frikies de todo pelo.
Aquí hay mucho más.
Via :: Random Good Staff

Para estetas hambrientos y frikies de todo pelo.
Aquí hay mucho más.
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No, no voy a hablar de kanjis. ¡Ya quisiera yo que fueran solo 51! sino de la página 51 Japanese Character del aleman Peter Machat, que con ironía abundante y un diseño limpio y elaborado, ha dibujado 51 prototipos de la sociedad japonesa. No sólo a los mudialmente conocidos cosplay, otakus, o geishas, sino otros que son igualmente propios de su cultura pero bastante menos conocidos por su nombre.
Como el padre tradicional (el oyaji); el paisano que te da la bienvenida a voz en grito al entrar en una tienda (el que ha estado en Japón sabe a quien me refiero, te pasas oyendo “irasshaimashe” todo el día); la maruja sin gusto cabreada con la vida que se hace a codazos con el sitio en el autobús (obatarian); o la prostituta soft que se embadurna de jabón para enjabonar al cliente (soap-jo).
Todos son perfectamente identificables en la sociedad japonesa. Lo que demuestra que ni tan siquiera ellos son tan uniformes como pretenden hacernos creer.

LLevaba mucho tiempo queriendo experimentar en directo un espectáculo de butoh, esa danza de corte contemporáneo pero de lentitud de geiko, bailada sólo por hombres-bonzo, que es un grito silencioso ante el horror de la bomba atómica.
Me enamoré de la idea a través de una foto en la que flotaban lotos sobre un gélido escenario con unos cuerpos en el suelo, que resultó ser una imagen del montaje Kagemi de la compañía Sankai Juku, la que ha venido al Festival de Otoño de Madrid con el montaje Hibiki.
La escenografía no puede ser más sencilla ni más compleja: es un jardín zen de arena albero finísima que al comenzar el espectáculo forma una superficie perfecta. Sobre ellas varios recipientes de cristal, como grandes jarrones de ikebana, llenos de agua, colocados sobre círculos rastrillados en la arena. Penden del techo pipetas graduadas para que caiga una gota de manera ritmica sobre los recipientes del suelo. Y con el sonido de las gotas grabado, comienza el espectáculo.
Los bailarines son sensuales onagatas, femeninos que no afeminados, que combinan la quietud con movimientos muy de danza moderna, pero sin el virtuosismo técnico ni el ejercicio de potencia de los bailarines occidentales. No hay tantos saltos, y los que hay conmueven el polvo de sus maquillajes y la arena de suelo, haciendo que una fina polvareda se incorpore a la escena como parte del espectáculo. La fuerza de la danza está en la concentración de la quietud y el control del movimiento, aunque a un bailarín con cara de Doraemon le fallara el equilibrio y casi se esmoñase con uno de los recipientes de cristal.
Es una danza que requiere total y absoluto silencio, cosa que en España es un imposible metafísico. Mientras intentaba concentrarme en los solos de Amagatsu, de gran belleza y tremenda opacidad, lo que tendría que haber sido un cementerio sintoista, se convertía en una competición de a ver quien tosía con más gana, estornudaba con más frenesí o carraspeaba con mayor orgullo. De verdad que no lo puedo comprender: una tos suelta, vaya que te va; pero ¿el orfeón donostiarra de la tos?. ¡Caramelitos de menta de los abuelos y buena educación para aguantarte o salirte, es lo que va faltando en esta santa casa!.
Después de este momento “cebolleta” deciros que no es una danza fácil, no es para todos los públicos. Y lo digo a sabiendas de que hablar de elitismo sea anatema en este país nuestro.
No vayáis a verla si no es en Japón o en un país en donde la gente lleve caramelos de menta a la representación.
Unos minutos musicales mientras retomo el blog y escribo algo interesante (o no).
¡Pavoroso estilismo!
Goodies de “El caballero Oscuro” de Medicom Toy por 24,99 $ y campaña viral, Why so serious?, todo lo que un fan necesita. Mejor que la película.


Reza la wikipedia que los Chindogu son “invenciones útiles e inaplicables en la realidad” a las que esta enciclopedia de todos como hacienda, le atribuye un origen milenario enraizado en la tradición japonesa. Mi conocimiento no llega a tanto ni mi deseo de conocer esta tradición al punto de darme de alta en la International Chindogu Society dirigida por el muy casping Dan Papia-now-on-TV.
Yo prefiero ¡cómo no! a nuestro Chindogu Master cañí, Chiqui, que tiene la santa paciencia de rastrear la red en busca de inventos bizarros al unamuniano grito de ¡qué inventen ellos!, la sección semanal de Chiquiworld (empresa editora de este humirde blog, siguiendo el Libro de Estilo).
Para dar fe de que su vida privada es más aburrida que Médico de Familia, ha recopilado los 100 primeros números en una publicación en pedeefe, que se puede encargar en libro, con sus lomicos y tó, para ese amigo al que nunca sabes que regalarle porque “tiene de to y no le conoces los gustos porque somos todos unos superficiales”.
A ver si os animáis a comprarlo, que entre la crisis y los plazos del iPhone, no llegamos a cieneuristas.

Para enfrentarme al vacio abismal que se me abre en las entrañas cuando llegan las vacaciones, he decidido aprender japonés. Estoy considerando también el buceo y tirarme por la rampa de garage, pero imagino que son cuestiones más para mi director espiritual que para este blog.
Aunque soy de la generación X, y no de la Y, yo todo lo busco en Google, para acabar comprobando que no todo está en él. Por ejemplo, no encuentro muchas opciones para las clases presenciales, pero sí que he encontrado un curso de la radio nacional japonesa NHK que me hace sentir como pixie y dixie: Japón mi amor.
Suena un poco a esas películas en las que Carmen Sevilla salía cantando, enseñando las piernas, vestida de tuno con bandurria en ristre. Lo sé. Pero una vez superado este pequeño horror estético, el curso no puede estar mejor. El libro en pdf y las clases en mp3 son perfectas para el iTouch, aunque me miren mal en el metro mientras repito ojaiyogasaimas en voz alta. En las lecciones no sólo explican la expresión del día y su pronunciación, sino que te ayudan a comprender en qué contexto se usan o que giros son impropios de mi sexo y condición. Son muy formales, precisos, fiables y un tanto antiguos. O sea, muy japoneses.
Para los avanzados, tienen una sección de expresiones idiomáticas que se refieren a cuerpo humano, del estilo de nuestro “tener mala pata”. También hay una de haikus con la que aún no me he atrevido.
En el curso de japonés, vamos por la lección 36, y en las idiomáticas aún no hemos pasado del hombro ¡Nos esperan grandes cosas!
En mi otro repositorio, éste de consumo compulsivo, que es eBay ya me he agenciado las “medicinas” que aparecen en la foto: unas tarjetas para ir pasando Kanjies como quien pasa las cuentas de un rosario de dedo. Las había de patitos en japonés, pero no me hacen juego con la funda del o-bento.
¡Quiero volver al cole, ya!
Hacia un un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no puedo acordarme, no ha mucho tiempo -hoy mismo- que la Tormi y su sensei, la de tijera en astillero, jarrón antiguo, culo flaco y coche corredor, se plantaron para hacer dos centros de Ikebana para el Príncipe Naruhito de visita por esas tierras.
Una hora escasa de algo más vaca que carnero, un café desabrido en cafetería cutre, duelos y quebrantos los sábados nos han acompañado en la ejecución de los centros, corre que te correrás, mientras alguna palomina de poca añadidura pretendía que, como unas floristeras de barrio, hiciéramos los centros en la planta baja según se sale del ascensor al lado de las fregonas, y que los subiéramos por las escaleras (los ascensores se acabaron bloqueando por motivos de seguridad).
Un ikebana en una sala que al final no pisará el príncipe para firmar, otro en una salita para el sólo en donde descansará y se cambiará para fotografiarse, en Consuegra, al lado de un Don Quijote de parque temático. A mí me toca este último y me emociono. No hay foto del ikebana porque estaba a contraluz. Le dejan al pobre un catering de curso de empresa, con té en platitos para que pierda bien el aroma. Lo peor, la silla de oficina con ruedas que meten en este improvisado vestidor para que descanse ¿No tenían nada más cómodo y apropiado para el herdero del trono del Crisantemo? Rogué por su bien y por el del sinshoka que no perdiese pie y saliese rodando.
No nos quedamos, ni nos invitan. Cuando volvemos para recoger, alguien les ha debido de informar de la jerarquía japonesa del lugar en que un sensei de Ikebana ocupa en la misma. Ahora sí nos invitan a todo y nos mandan un equipo de mocetones para ayudarnos. Uno de ellos sabe más de Ikebana que yo. Ingenieros con cartelito colgando de la pechera fotografían el centro. Y la palomina de poca añadidura quiere que se lo dejemos colocado en un plato de recuerdo de Toledo y en un cenicero corporativo. Va a ser que no. Mientras, un compañero le dice “ponte delante de la “planta” que te saco una foto”.
¡Que paciencia, Señor!
María, lectora de este blog (¡gracias María!) y que parece haberse apuntado también a la tribu Kirino, me pregunta si hay más libros de esta autora aparte de Out. La verdad es que sí, pero no en castellano.
Llevo rastreando a Kirino desde el 2005 con muy poco éxito, a pesar de publicar un libro por año en perfecto japonés desde 1993. Encontré Disparitions en francés en la “casa de Japón” de París y Grotesque en inglés trasteando en Amazon. Ninguna llega a impactar tanto como Out aunque mantiene el nivel de perversa japonesería.
Estoy esperado a que llegue el 15 de julio en que se publica la traducción al inglés de Riaru warudo -Real World. Ya os contaré. Mientras espero que, a la vista del éxito de Out algún alma caritativa de esas que les gusta ganar dinero, se anima a traducir las obras de Kirino.
Su segura compradora.
Tomohiro Kato salió de su casa con la sola intención de matar gente, cansado del mundo. Se dirigió al atiborrado barrio de Akihabara en Tokio y, tras llevarse a varios viandantes por delante con su camioneta, los remató a cuchilladas. Van 7 muertos.
En enero de este año, en otra calle comercial de Tokio, un joven de 16 años atacó a cinco personas con un cuchillo de cocina. Hirió a dos personas.
En marzo, en la estación de trenes de Tsuchiura otro hombre hirió con un cuchillo a ocho personas, una de las cuales resultó posteriormente muerta.
Y no me extraña. Japón es un país sin criminalidad pero lleno de furia, se exige mucho para alcanzar la normalidad. Hay poca tolerancia a la diferencia. Perfecto para el visitante pero una putada para los japoneses que han pasado de los suicidios y el ostracismo volutario, a los ataques a la americana.
No veo a Japón capaz de enfrentarse a este tipo de “salidas de tono”. Aumentar la presión aumentará los ataques, pero no les imagino a golpe de “abrazo fuerte” por las calles.
NOTA: Comentario aparte, a pesar de la tragedia, merece el vestuario de los equipos de emergencia: cumplimiento escrupuloso de las normas de seguridad a tope japonés.