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Ancianos y delincuentes

MiradasOjos

Cuando uno visita Japón se te caen algunos mitos y otros, de adquisición propia, se te incorporan a la maleta junto con el alijo de té verde.

Ni todos los japoneses aplican el minimalismo a sus vidas -de hecho tienen un punto bastante tombolero- ni están forrados como los asaltos a las tiendas de Loewe podrían sugerir.

Esta noticia de AFP publicada por La Voz de Galicia lo deja claro. En un país de delincuencia casi inexistente, que alguien se tenga que ver obligado a robar para vivir es una humillación insoportable. La humillación se mezcla con la tristeza cuando la estadística de nuevos delincuentes la engrosan 44.928 japoneses mayores de 65 años. Parece que muchos delinquen para tener el techo y la comida asegurada.

Esto me recuerda los asentamientos en la ribera del río Sumida y en el parque Ueno que vi en Tokio. Que queréis que os diga, a mí estas cosas, en Japón o aquí, me parten el alma.

Geishos

Una de las cosas que más me maravilla de los japoneses es que en su cultura hay una ausencia de sentido de culpa que sustituyen con algo peor, que es el sentido de la vergüenza. Vergüenza, no de esa que carecemos los españoles, sino de autoexigencia. La del tipo “torera” se les quita tan pronto enganchan una botella de sake o pillan unas Asahi.

En el apartado “vergüenza-torera-off” aparece el mundo de los garitos de guaperas locales llamados Host Bar, de los que Osaka es el rey. En estos lugares poblados de una fauna de imberbes decolorados te pegan tremendos meneos a la cartera a base de descorche de champagne de garrafón a 500 euros la botella.

El mini-documental “The great happiness” que encabeza esta entrada nos muestra este mundo, en el que las mujeres previa consulta del catálogo fotográfico de macizosquos locales, eligen al que más les apaña. Hay de todo: el chulazo con pinta de tirillas - mi abuelo dixit- que tiene claro que las tías somos tan lelas que basta con vendernos enamoramientos falsos; otro, que ha sido empleado del mes, nos cuenta que tan pronto pilla confianza con las clientas les da la charla paternofilial; y el más listo de todos que, con clara vision de negocio, no se tira a las clientas para “fidelizarlas”. Parece que el modelo opá teñido también triunfa.

Aunque a nosotros nos puedan parecer patéticos los chilliditos y los juegos para hacer beber a la clienta, en una sociedad en la que la gente no se toca acabar revolcándose en los sillones en plan guerra de almohadas es una gran juerga. Lo que sí resulta patético es ver a Adam y Joe, los británicos presentadores de “Adam and Joe go Tokyo” ligando a lo Hugh Grant. Mirad que arte. Impagable la cara de la japonesa.

Hasta en esto somos diferentes. También de los británicos, que vaya swing …

Tormento en Tokio [y IX]. Desperated ducks

Viene de Homeless tokiotas

Nos vamos acercando al embarcadero de Hinodi, nuestro destino, pero por error desembarcamos en uno de los jardines menos destacados en las guías pero más espectaculares de Japón: el Hama-rikyu.

Este antiguo coto de caza de los Tokugawa queda al lado del mercado de pescado de Tsujiki y de la zona de negocios de Shimbashi, por eso su parte frontal siempre está llena de oficinistas disfrutando de un momento de paz en esa vida suya que es una continua e inacabada jornada laboral.

Nos perdemos y encontramos el monumento al “pato desconocido” levantado en desagravio a los caídos en este parque a manos de los Shogunes a lo largo de varios siglos.

Hay un lago y, al fondo, un puente y una casa de té etérea que flota casi transparente. Entro, me arrodillo en una de las esterillas que cubren el tatami y pido un té. No es la casa de té más formal ni más lujosa en la que entraré en Japón. Tampoco estoy en la mejor época: demasiado tarde para ver el sakura en flor y demasiado pronto para disfrutar del rojo de los arces en otoño. Pero es la primera.

La camarera se arrodilla para preguntarme que quiero y se arrodilla para servirme la taza con matcha amargo batido y el dulce que siempre lo acompaña. Hace una reverencia. Formando con mis manos un triángulo, pego las palmas en el suelo y, acercando mi frente hasta que las toco, devuelvo la reverencia.

Giro la taza de té batido y miro desde la veranda en dirección al lago donde se reflejan los torturados y resignados pinos centenarios. Y aunque debería pensar en la belleza del momento, no paro de preguntarme como puñetas son capaces de permanecer sentados así. Comprendo entonces cuánto me queda para ser japonesa.

Hama-rikyu

Tormento en Tokio [VIII]. Homeless tokiotas

Viene de Samurais y plexiglás

Río Sumida

En la esquina con Asakusa Dori se encuentra el embarcadero. Allí, al otro lado del río Sumida, nos observa el nabo flamígero diseñado por Philippe Starck para el Asahi Beer Hall.

Cogemos un barco en donde es imposible salir a cubierta. Parece que no tienen prevista la posibilidad de navegar con buen tiempo. Nos recibe la guía del barco, con sus guantes y su casquete a lo Jackie Kennedy, y tras la reverencia de rigor, en un perfecto japonés, nos desgrana una apasionante historia llena de frases que terminan en “aimás”.

Como no entiendo nada de la historia oficial me dedico a observar y veo con sorpresa que Tokio es una ciudad que vive de espaldas a su río y que en sus riberas, donde nadie mira, viven sus sintecho, aquéllos que no son dignos; los que no han hecho lo que han debido sino lo que han podido.

Aún así, hasta los que duermen en la calle mantienen el orden y la pulcritud: con una distancia constante separan sus chabolas cúbicas hechas de loneta azul, idénticas, entre las que cuelgan sus perchas con la colada diaria. Los que tienen más posibles viven en tiendas de campaña en forma de iglú. No hay basura ni mendigos sucios. Viven aquí porque saben que nadie mira a la puerta trasera de Tokio que es este río industrial y poco glamouroso.

Según nos acercamos a la bahía de Tokio, desaparecen las chabolas impolutas y comienzan el Tokio que mira hacia su río, el que tiende escalinatas y fachadas para ser vistas.

Tormento en Tokio [VII]. Samuráis y plexiglás

Viene de Vergüenza

KapabashiTanto leer libros sobre Samuráis de cuando Tokio era Edo y Nihonbashi el kilómetro cero del Tokaido, me traen reverente al templo de Asakusa-Kanon y a la calle Nakamise. Como era de esperar, el Templo Sensoji es feo y la calle Nakamise ya no está bordeada por esos tenderetes llenos de pasteles de arroz, sino de tiendas para nosotros los turistas con falsos kimonos de falsa seda hechos en China. Cogiendo una calle paralela lateral a Nakamise es posible encontrar tiendas con kimonos japoneses de segunda mano, buenos, limpios y baratos.

El mapa indica que estamos cerca de Kapabashi Dori, la calle que suministra a los restaurantes de la ciudad de esos platos que reproducen cualquier menú en resina, desde sushi hasta espaguetti bolognesa.

Tormento en Tokio [VI]. Vergüenza

Viene de Candy Candy

HikikomoriAunque muchos traducen otaku por nerd, o esos raros aislados conectados permanentemente a Internet, esta figura en Japón tiene unas connotaciones impregnadas por la peculiar escala de deberes nipona. Y por un elemento esencial de su moral: la vergüenza.

En cualquier disciplina japonesa no se espera que se alcance el arte, que es un estado liberador reservado para unos pocos en donde saltarse las reglas está permitido. Sí se exige, en cambio, un conocimiento total y una dedicación devota orientada a alcanzar la maestría.

No es aceptable hacer lo que se pueda; hay que hacer lo que se deba. Y en esa exigencia sin tregua, un millón de jóvenes, mayoritariamente tokiotas, tiran la toalla y se encierran en su habitación negándose a salir. Son los llamados Hikikomori. No se comunican con la familia que, avergonzados, en lugar de tirar la puerta abajo, le alimentan y le dejan en la puerta los paquetes de los encargos que hace por Internet. A los amigos les dirán que han mandado al hijo a estudiar fuera.

Sólo una formación como esta hace posible que existan señoritas en los Depato (centros comerciales) que, tras diez horas, sigan haciendo una reverencia fresca y sonriente mientras te despiden, con su gorrito, sus tacones y sus impecables guantes blancos, a la puerta de los ascensores. Sonríen, dan las gracias y hacen una reverencia, y lo hacen con orgullo y perfección sin traslucir el cansancio ni el aburrimiento.

No son felices, pero hacen lo que deben.

+ info | Crazy Japan!

Tormento en Tokio [V]. Candy Candy

Viene de Grillos en una manzana

Candy Candy
Nuestro destino es Akihabara, en el distrito de Chiyoda. Íbamos buscando los prometidos descuentos en productos electrónicos y nos la encontramos invadida por la estética otaku. Las famosas Maid-Kissa vestidas de sirvientas victorianas minifalderas a lo Candy Candy llenan las calles regalando paquetes de pañuelos de papel con la publicidad de su local. La verdad es que agradecí un regalo tan práctico; desde que me bajé del avión en Tokio me acompañaba un catarro monumental.

Tiene su gracia que fuera a ser en el único país del mundo en donde te miran como un leproso si te llevas un pañuelo a la nariz para sonarte. Atesoro los paquetes y me escondo vergonzantemente por las calles laterales desiertas para sonarme sin que me vean.

Entramos en AZOBIT C, una tienda de seis plantas dedicadas a las reproducciones de todos los personajes de manga y animé, nacional y extranjero. Según subimos plantas, va subiendo la tensión sexual. En la última venden reproducciones a tamaño natural de lolitas con uniforme de colegio a 475.000 yenes (casi 3.000 euros). En un país donde hay máquinas expendedoras de bragas usadas con la foto de la joven propietaria, este tipo de coleccionismo no extraña gran cosa.

Salimos. Llueve pero no refresca, y las japonesas livianas y entaconadas consiguen el prodigio de no mojarse los dedos de los pies enfundados en sandalias de una altura imposible. ¿Cómo lo harán?

Tormento en Tokio [IV]. Grillos en una manzana

Viene de Genji Monogatari

Apple Store en GinzaEl lío tremendo de Tokio puede convivir pacíficamente con el corte al tráfico para la celebración de una procesión sintoísta.

Este orden es algo que no deja de sorprender pero a lo que uno llega a acostumbrarse. Tokio es la ciudad más silenciosa en la que un humano pueda poner el pie. Sólo aquí es posible escuchar a los grillos en la “quinta avenida tokiota” del barrio de Ginza un sábado por la tarde. Sobrecoge estar en medio de una calle abarrotada frente al edificio Apple y no escuchar más que su cri-cri.

Cogemos la línea de tren Yamanote en la estación de Shimbashi, nos dirigimos sumisamente a uno de los rectángulos pintados en el andén y hacemos cola de tres en fondo. Exactamente enfrente de este rectángulo quedará la puerta del vagón y siguiendo exactamente el orden de la fila entraremos en el tren.

Nos sentaremos con suerte y los tokiotas se apartaran de nosotros sutilmente a pesar de que hemos procurado usar todos los productos antitranspiración del mercado para no ofenderles con nuestro sudor. Nadie habla, nadie usa el móvil aunque está permitido: se considera descortés hacer ruido charlando insulsamente. Así que optan por chatear desde la micropantalla llena de kanjis. Y lo hacen no sólo en el tren, también por la calle; nadie habla por el móvil para no molestar.

Tormento en Tokio [III]. Genji Monogatari

Viene de Cuando un NO es una X

Murasaki ShikibuCallejeamos y compramos libros. En las tiendas de libros de todo Japón te forran los libros antes de entregártelos. Tienen forros de papel adaptables a todos los tamaños. Me pregunto si lo hacen para conservar los libros y que duren o si lo hacen para evitar que los demás sepan lo que lees, para evitar, en definitiva, que se sepa quien eres y lo que piensas.

No hablamos japonés, pero es igual: siempre que viajamos a un país intentamos comprar en su idioma original el libro representativo de la cultura nacional. Toca aquí Genji Monogatari, la obra de la escritora de la época Heian Murasaki Shikibu casi desconocida en España hasta que dos casas editoriales han decidido, al tiempo, publicar su traducción al castellano. Una de ellas, por cierto, ha decorado la portada del primer libro con imágenes de la época Edo. Sólo se ha equivocado cinco siglos. El “cuento” de Genji es extenso y nuestro japonés escaso, así que sólo conseguimos hacernos con un comentario de texto y uno de los capítulos que venden sueltos para escolares.

La búsqueda de libros de ikebana clásico resultó infructuosa: en el Japón actual parece que han olvidado el minimalismo de este arte floral y sólo publican libros de fotos llenos de tremendos repollos. Conseguimos, a cambio, un libro sobre los pasos, gestos y elementos de la ceremonia del té y una especie de agenda donde anotar cada ceremonia: fecha de celebración, asistentes, su posición en la casa de té, la taza utilizada en la ceremonia y el jarrón de ikebana empleado.

Ya sólo me queda aprender japonés.

Tormento en Tokio [II]. Cuando un No es una X

Viene de La novia triste

Procesión en TokioA la salida del Parque Yoyogi atravesamos Omote-Sando, la calle de las tiendas de lujo más trendy de Tokio. Damos un paseo en dirección a Shibuya. Nos encontramos las calles cortadas y puestos de comida por todas partes. Pensamos que es una fiesta y que venden la comida que exponen.

Nos acercamos a comprar y nos miran con horror dando un paso atrás mientras cruzan sus manos haciendo una equis. Sólo si se lleva tiempo en este país se comprende su actitud: los productos no están a la venta, pero no saben como decirnos que no nos los dan, sería una descortesía. Así que huyen haciendo el gesto (la equis con las dos manos, dos dedos o, en el peor de los casos, con los dos brazos) de la palabra impronunciable: NO.

Cuando nos cruzamos con varios porteadores en yukata de algodón azul y taparrabos blanco de luchador de sumo cargando con altares sintoístas, comprendemos que estamos en una fiesta de pueblo en pleno centro de una de las ciudades más modernas del mundo. La comida era para ellos, elaborada por sus “cofradías” al más puro estilo español de sacar al santo en procesión.

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