Archivos de la categoría 'Mundo Japo'

Pachinko

Vas por la calle tan pancho y, de pronto, un golpe ultrasónico te tumba en cualquier acera tokiota. Acabas de pasar por delante de una sala de Pachinko.

No me preguntéis a qué juegan ni qué placer encuentran en ello, pero entrar en uno de estos locales es algo que hay que hacer para compensar tanto jardín perfecto y tanta armonía de ceremonia de té. La estética recuerda a un bar de carretera y el ruido es tan ensordecedor que las sesiones de bakala en Ibiza te parecen música de ascensor.

A mi me parecieron profundamente tristes. Y parece que no soy la única que piensa así.

Reverencias televisivas

Plantarse en Japón sin un cargamento de películas en el portátil es un riesgo seguro para las largas noches de tele en caso de tifón. Si “Humor amarillo” os parece una frikada, ya os adelanto que encender la tele allí es una experiencia que os hará añorar “Noche de Fiesta” y “Mira quien baila“.

Cuando ves a los presentadores del telediario empezarlo con una reverencia al respetable, notas que estás en el único país del mundo en donde puedes experimentar nuevas emociones sin correr el riesgo de que te vuelen por los aires. Toda la contención que los japoneses mantienen hasta en los menores detalles de su vida, se les olvida tan pronto ponen el pie en un plató de televisión.

Dos ejemplos perfectos: Sakanakun con su voz aflautada, sus brinquitos y gorros de pez, y Dandi Sakano con su precioso “Get’s”. Como siempre de la mano de mis queridos Adam y Joe.

Papaya Suzuki and the Oyaji dancers

Un grupo de Oyaji (un término japonés que viene a ser una mezcla de carroza con Bart Simpson) liderados por el lorzas Papaya Suzuki, montaron un grupo musical superventas en Japón.

En contra de lo que pudiera parecer, la tele japonesa está llena de tipos a lo Dyango o Manolo Escobar (con peluquín incluído) sacados de Torremolinos 73 o de Noche de Fiesta, dispuestos a cantar a lo YMCA con rosa roja de latín lover en ristre.

El de la derecha lo vive.

Otohime o la princesa del sonido

OtohimeEste bonito título que parecería el preludio de un sesudo análisis sobre alguna obra de poesía japonesa del siglo XIII en realidad esconde una entrada sobre váteres. No podía ser que esta bitácora dejara de incluir una entrada que ya es un clásico en cualquier sitio de japonesadas que se precie: la del vater con orquesta.

Sin embargo, en un intento de subir el nivel, vamos a intentar una del tipo “Al Gore”, mezcla de cambio climático con vergüencitas de colegio de monjas. Cualquier mujer que lea esto se pondrá enseguida en situación.

Tokio 2005. La que ésto escribe entra a aliviar sus aguas menores a uno de los servicios del edificio Sony de Ginza. Ve una aparatito adosado al lado derecho de la cabina, en perfecto japonés, con un botón. La que suscribe, que antes muerta que dejar de toquetearlo todo, pulsa el botón. Del aparato sale un sonido igual al del agua tras tirar de la cadena. Alguien podría pensar que es una chorrada de invento. Desde aquí os digo que sólo los japoneses habrían caído en algo tan útil, simple, ecológico y tan basado en la observación del comportamiento humano.

Aquí va una confesión: yo, como todas, tiramos de la cadena al entrar en un vater para disimular con el ruido de ese agua el de la nuestra propia. Ni que decir tiene el desperdicio que eso supone: 20 litros de agua por ataque de próstata. Así se lo hicieron saber a las meantes japonesas para que aparcaran el pudor a cambio de la conservación del medio ambiente. El pudor venció e inventaron el otohime en sus numerosas variantes (con célula fotoeléctrica, con botoncico, con temporizador o sin él) permitiendo cubrir con su sonido de agua metálica cualquier afluencia líquida personal. Aunque el uso está extendido, hay japonesas que no lo usan porque el sonido les parece demasiado artificial.

Para el momento cena con amigos gafapastas, el nombre del aparatito viene del de la diosa japonesa Otohime, la bella hija del rey del mar Ryujin. Muy apropiado.

Para los que venias buscando a Otohime Mutsumi, estrella del manga Love Hina, otra vez será.

Ancianos y delincuentes

MiradasOjos

Cuando uno visita Japón se te caen algunos mitos y otros, de adquisición propia, se te incorporan a la maleta junto con el alijo de té verde.

Ni todos los japoneses aplican el minimalismo a sus vidas -de hecho tienen un punto bastante tombolero- ni están forrados como los asaltos a las tiendas de Loewe podrían sugerir.

Esta noticia de AFP publicada por La Voz de Galicia lo deja claro. En un país de delincuencia casi inexistente, que alguien se tenga que ver obligado a robar para vivir es una humillación insoportable. La humillación se mezcla con la tristeza cuando la estadística de nuevos delincuentes la engrosan 44.928 japoneses mayores de 65 años. Parece que muchos delinquen para tener el techo y la comida asegurada.

Esto me recuerda los asentamientos en la ribera del río Sumida y en el parque Ueno que vi en Tokio. Que queréis que os diga, a mí estas cosas, en Japón o aquí, me parten el alma.

Geishos

Una de las cosas que más me maravilla de los japoneses es que en su cultura hay una ausencia de sentido de culpa que sustituyen con algo peor, que es el sentido de la vergüenza. Vergüenza, no de esa que carecemos los españoles, sino de autoexigencia. La del tipo “torera” se les quita tan pronto enganchan una botella de sake o pillan unas Asahi.

En el apartado “vergüenza-torera-off” aparece el mundo de los garitos de guaperas locales llamados Host Bar, de los que Osaka es el rey. En estos lugares poblados de una fauna de imberbes decolorados te pegan tremendos meneos a la cartera a base de descorche de champagne de garrafón a 500 euros la botella.

El mini-documental “The great happiness” que encabeza esta entrada nos muestra este mundo, en el que las mujeres previa consulta del catálogo fotográfico de macizosquos locales, eligen al que más les apaña. Hay de todo: el chulazo con pinta de tirillas - mi abuelo dixit- que tiene claro que las tías somos tan lelas que basta con vendernos enamoramientos falsos; otro, que ha sido empleado del mes, nos cuenta que tan pronto pilla confianza con las clientas les da la charla paternofilial; y el más listo de todos que, con clara vision de negocio, no se tira a las clientas para “fidelizarlas”. Parece que el modelo opá teñido también triunfa.

Aunque a nosotros nos puedan parecer patéticos los chilliditos y los juegos para hacer beber a la clienta, en una sociedad en la que la gente no se toca acabar revolcándose en los sillones en plan guerra de almohadas es una gran juerga. Lo que sí resulta patético es ver a Adam y Joe, los británicos presentadores de “Adam and Joe go Tokyo” ligando a lo Hugh Grant. Mirad que arte. Impagable la cara de la japonesa.

Hasta en esto somos diferentes. También de los británicos, que vaya swing …

Tormento en Tokio [y IX]. Desperated ducks

Viene de Homeless tokiotas

Nos vamos acercando al embarcadero de Hinodi, nuestro destino, pero por error desembarcamos en uno de los jardines menos destacados en las guías pero más espectaculares de Japón: el Hama-rikyu.

Este antiguo coto de caza de los Tokugawa queda al lado del mercado de pescado de Tsujiki y de la zona de negocios de Shimbashi, por eso su parte frontal siempre está llena de oficinistas disfrutando de un momento de paz en esa vida suya que es una continua e inacabada jornada laboral.

Nos perdemos y encontramos el monumento al “pato desconocido” levantado en desagravio a los caídos en este parque a manos de los Shogunes a lo largo de varios siglos.

Hay un lago y, al fondo, un puente y una casa de té etérea que flota casi transparente. Entro, me arrodillo en una de las esterillas que cubren el tatami y pido un té. No es la casa de té más formal ni más lujosa en la que entraré en Japón. Tampoco estoy en la mejor época: demasiado tarde para ver el sakura en flor y demasiado pronto para disfrutar del rojo de los arces en otoño. Pero es la primera.

La camarera se arrodilla para preguntarme que quiero y se arrodilla para servirme la taza con matcha amargo batido y el dulce que siempre lo acompaña. Hace una reverencia. Formando con mis manos un triángulo, pego las palmas en el suelo y, acercando mi frente hasta que las toco, devuelvo la reverencia.

Giro la taza de té batido y miro desde la veranda en dirección al lago donde se reflejan los torturados y resignados pinos centenarios. Y aunque debería pensar en la belleza del momento, no paro de preguntarme como puñetas son capaces de permanecer sentados así. Comprendo entonces cuánto me queda para ser japonesa.

Hama-rikyu

Tormento en Tokio [VIII]. Homeless tokiotas

Viene de Samurais y plexiglás

Río Sumida

En la esquina con Asakusa Dori se encuentra el embarcadero. Allí, al otro lado del río Sumida, nos observa el nabo flamígero diseñado por Philippe Starck para el Asahi Beer Hall.

Cogemos un barco en donde es imposible salir a cubierta. Parece que no tienen prevista la posibilidad de navegar con buen tiempo. Nos recibe la guía del barco, con sus guantes y su casquete a lo Jackie Kennedy, y tras la reverencia de rigor, en un perfecto japonés, nos desgrana una apasionante historia llena de frases que terminan en “aimás”.

Como no entiendo nada de la historia oficial me dedico a observar y veo con sorpresa que Tokio es una ciudad que vive de espaldas a su río y que en sus riberas, donde nadie mira, viven sus sintecho, aquéllos que no son dignos; los que no han hecho lo que han debido sino lo que han podido.

Aún así, hasta los que duermen en la calle mantienen el orden y la pulcritud: con una distancia constante separan sus chabolas cúbicas hechas de loneta azul, idénticas, entre las que cuelgan sus perchas con la colada diaria. Los que tienen más posibles viven en tiendas de campaña en forma de iglú. No hay basura ni mendigos sucios. Viven aquí porque saben que nadie mira a la puerta trasera de Tokio que es este río industrial y poco glamouroso.

Según nos acercamos a la bahía de Tokio, desaparecen las chabolas impolutas y comienzan el Tokio que mira hacia su río, el que tiende escalinatas y fachadas para ser vistas.

Tormento en Tokio [VII]. Samuráis y plexiglás

Viene de Vergüenza

KapabashiTanto leer libros sobre Samuráis de cuando Tokio era Edo y Nihonbashi el kilómetro cero del Tokaido, me traen reverente al templo de Asakusa-Kanon y a la calle Nakamise. Como era de esperar, el Templo Sensoji es feo y la calle Nakamise ya no está bordeada por esos tenderetes llenos de pasteles de arroz, sino de tiendas para nosotros los turistas con falsos kimonos de falsa seda hechos en China. Cogiendo una calle paralela lateral a Nakamise es posible encontrar tiendas con kimonos japoneses de segunda mano, buenos, limpios y baratos.

El mapa indica que estamos cerca de Kapabashi Dori, la calle que suministra a los restaurantes de la ciudad de esos platos que reproducen cualquier menú en resina, desde sushi hasta espaguetti bolognesa.

Tormento en Tokio [VI]. Vergüenza

Viene de Candy Candy

HikikomoriAunque muchos traducen otaku por nerd, o esos raros aislados conectados permanentemente a Internet, esta figura en Japón tiene unas connotaciones impregnadas por la peculiar escala de deberes nipona. Y por un elemento esencial de su moral: la vergüenza.

En cualquier disciplina japonesa no se espera que se alcance el arte, que es un estado liberador reservado para unos pocos en donde saltarse las reglas está permitido. Sí se exige, en cambio, un conocimiento total y una dedicación devota orientada a alcanzar la maestría.

No es aceptable hacer lo que se pueda; hay que hacer lo que se deba. Y en esa exigencia sin tregua, un millón de jóvenes, mayoritariamente tokiotas, tiran la toalla y se encierran en su habitación negándose a salir. Son los llamados Hikikomori. No se comunican con la familia que, avergonzados, en lugar de tirar la puerta abajo, le alimentan y le dejan en la puerta los paquetes de los encargos que hace por Internet. A los amigos les dirán que han mandado al hijo a estudiar fuera.

Sólo una formación como esta hace posible que existan señoritas en los Depato (centros comerciales) que, tras diez horas, sigan haciendo una reverencia fresca y sonriente mientras te despiden, con su gorrito, sus tacones y sus impecables guantes blancos, a la puerta de los ascensores. Sonríen, dan las gracias y hacen una reverencia, y lo hacen con orgullo y perfección sin traslucir el cansancio ni el aburrimiento.

No son felices, pero hacen lo que deben.

+ info | Crazy Japan!

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