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Aquí se aprovecha todo

LLego a la reunión de trabajo que me llevó de viaje a Japón. Los organizadores nos regalan a los asistentes con mucha ceremonia lo que parece ser una pañoleta. En un encuentro lleno de ingenieros sin sentido del humor todo el mundo pone cara de paisaje.

Servidora que es una muñeca repollo empollona salta de alegría: en realidad el regalo es un furoshiki king size de los buenos, con el que puedo desde envolver mis kimonos, hasta llevar al hombro mis pertenencias, en plan hatillo nihónico. En Japón son los reyes de los envoltorios, de los nudos y de los atadillos. Sólo hay que tener en consideración que para vestirse un kimono hay que atarse cientos de cosas alrededor del cuerpo. Ni un botón, ni una cremallera, ni una hebilla, todo a base de doblar y atar.

Para los torpes, como yo, a continuación un how to.

Estos pañuelos, de todos los tamaños y calidades, valen tanto para envolver dinero de un regalo, las cajas en las que se guardan las tazas para la ceremona del té, hasta la o-bento tarteril. Yo he incorporado a mi vida diaria un furoshiki de Sibyla que compré en Tokyo hace un par de años y una tartera o-bento pa’ los mediosdías.

Tendriais que ver la cara de mis compis de trabajo cuando saco la tartera y los palillos. Un número.

La maiko torera

Todos llevamos dentro a un turista por muy finos y trascendentes que nos pongamos. Pero hay gente que pertenece a la raza de “proud-of-being-gañán” (en asturiano “donde pago, cago”) a los que deberían prohibir salir de su país. Como a ese diputado japonés que se pidió unos días para visitar Australia con el fin de analizar su sistema político para, en realidad, acompañar en plan pantojil a su hija que jugaba al golf en un Master Series de esos. Eso es un gobierno como Dios manda, que no se limita a echar la bronca al tipo por inventarse una excusa barata para el viaje sino que le impide abandonar el país de manera indefinida. Si se hiciera en España, estábamos todos con el pasaporte retenido.

Pues bien, mediante la presente pido firmas para una modificación de la Carta de Derechos Humanos del mundo mundial, con el fin de que cualquiera que no se sepa comportar no salga de su país y, si me apuras, de su casa. De esta falta de sentido de la medida es una muestra el acoso que sufren las maikos y geikos por turistas extranjeros, y algún que otro acosador local, que también los hay.

En la puerta de Ichiriki Ochaya, en el barrio de Gion de Kyoto, se plantó una rubia con remoñeta que se dedicaba, metiendo medio cuello dentro, a dar el queo de las maikos que iban a salir para que una caterva de turistas las fotografiasen sin piedad como a Vicky Beckam. Pedí a mi fotógrafo de cámara, Miguel, que sacara unas fotos de la turba, pero no le salieron.

En su lugar, y de modo muy respetuoso aclaro, sacó a estas pobres mientras salían alucinadas de la ochaya.

Maiko

La falta de respeto es significativa si se tiene en cuenta cómo se producía el evento y en donde se producía. Ichiriki es un sitio vedado para los extranjeros y para muchos japoneses, con una larga historia que incluye episodios, como el de los 47 ronin, paradigma del sistema de deberes y lealtades japonés. En Ichiriki sólo se puede entrar de la mano de un cliente habitual y llegar a serlo no es sencillo. Tienen un pulcro cuidado en evitar que nadie ponga el pie dentro que no cumpla las normas de la casa, pero debe de ser que no tienen normas para turistas listillas que meten el gañote entre las cortinillas a ver quien sale. Y ahí estaban ellos, en plan prensa rosa conviertiendo Ichiriki en el fotocall de Leonardo Dantés y a las pobres maiko en Tamara la mala. Su educación no les permitía darles unos cuantos bolsazos y echarlos de allí. En otro país que no fuera Japón habrían colocado ya un “selector de ambientes” bielorruso dando cera en la puerta.

Maiko

Pero como de gañanes no está libre ni Japón, un par de impotables locales iban acosando a una maiko Gion arriba y, a decir de gesto de la maiko, soltándole más que majaderias. En estos casos muchas de ellas salen trotando como cervatillos para evitar problemas. Ésta no, con un porte torero y un ritmo lento se recorrió la calle altanera para dejarles claro que ni la iban a intimidar ni iba a cambiar el paso porque haya idiotas en todas partes. He decidido hacerme de su club de fans.

Maiko

Maquíllate

Sé que lo que voy a decir es anatema y, muy probablemente, producto de mi desviado sentido estético occidental, pero a mí las maiko me parecen todas un loro cacatúo y su manera de entretener a los tíos otra demostración de lo difícil que me resulta entender al sexo opuesto. Las encuentro feas, muchas de ellas con mal cutis (con lo que se ponen en la cara no me extraña) y con unas técnicas de entretenimiento ñoñas y un tanto anquilosadas por la tradición. Nótese que me aburro como una mona con esto y con el Kabuki: me falta cultura como con los toros.

¿Qué experiencia de maikos y geishas tengo? Poca, como toda mujer occidental, pero tanto las que he visto en los documentales, las que me pasaron trotando a mi lado como una exhalación por Gion, el barrio de geishas de Kyoto, como las que me encontré aguantando el chaparrón de fotos de turistas a petición de sus acompañantes con pinta de yakuzas a las puertas del Templo Heian me parecieron, reitero, unos loros poco elegantes. Hay más elegancia en las mujeres mayores que aún visten kimono y que abundan en Kyoto, que en estas pobres criaturas que se hacen los 100 metros libres por Gion para evitar nuestro acoso y el de algún que otro grupo de gamberros locales.

La que aparece en el vídeo, en concreto, mejora sustancialmente tras el maquillaje, aunque no deja de sorprender que se tomen tanta molestia estética y no se arreglen la piñata, por mucho que se tapen la boca al reír. De hecho una de las cosas que siempre me ha llamado estéticamente la atención es lo mucho que con el maquillaje blanco se resalta el amarillo de dientes y ojos que no suelen estar a la altura del elaborado atuendo.

Advierto, no vale nombrar a la prota de Memorias de una Geisha para rebatirme. Es china.

Cómo se ata el obi

A esta santa casa llegan “cienes y cienes” de consultas intentando que les respondamos a la pregunta del millón de dólares ¿cómo se ata el obi de un kimono?

Ésta, que se ha enfrentando recientemente a este reto no para hacer el gaijin en una fiesta de disfraces sino para representar a mi escuela delante de un montón de japoneses, incluido el señor embajador del país del sol naciente, os puede confirmar que es una labor la mar de dificultosa que requiere, al menos, de la ayuda de una persona mañosa. Yo tiré en primer lugar de mi amiga Lola (la de los asesinaticos) que es una experta en montar muebles de IKEA. La elección se demostró insuficiente.

Tiramos de la literatura que hay en la red y mantuvimos abiertas varias lineas de consulta. Mi recomendación para ponerte el nagajuban y el kimono exterior, atarlo, y dejarlo listo para poner el obi es Japan Culture Club. A partir de ahí está más claro en Rising Sun Import, si bien tiene un problema: si te estás colocando un maru obi te lías, porque no te aclaras y no sabes si has de hacer un nudo detrás. Y ahi empieza el ataque de nervios. Es muy útil este vídeo para ver lo complicado que es acertar con lo que te tiene que sobrar y cómo hacer el nudo posterior (que no queda claro en ninguna de las informaciones anteriores).

Como la experiencia es un grado, véase como se coloca en cinco minutejos y con todos los detalles complicados:

Dos cosas que no aparecen en ninguna de estas webs: el cuello del kimono exterior se dobla hacia adentro, y el obi cuando se dobla por la mitad para ponértelo se dejan mirando hacia arriba los bordes.

Por último, pero no menos importante, no escatiméis en cacharritos; hacen falta cada uno de los elementos que aparecen en el vídeo: el obi-ita (que es una especie de fajín duro que evita que el obi se arrugue), el Obi makura (la almohadilla que eleva el obi), el obi-age (pañuelo que cubre la almohadilla, se ata por delante y queda visible por encima del obi) obi-jime (el cordón que ata el obi), y los koshihimo (las cintas que se usan para ir ajustando el obi y que luego se retiran). Sin el datejime (obis de tela con los que se sujetan el juba y el kimono) no es posible atar el obi. Evita además que se resbale.

Como diría ZP, “buenas noches y buena suerte”.

Samurai William

Samurai WilliamsNo es por ofender, pero desde la Armada invencible hasta las humillaciones futboleras, la culpa de todos nuestros males parece tenerla los británicos. Al menos uno de ellos que, al parecer, contribuyó de manera más que decisiva a que Tokugawa Ieyasu, fundador del último y más poderoso shogunato que duró hasta la época Meiji, echara a los jesuitas, católicos en general, y españoles y portugueses en particular, del Japón. Mucho se ha hablado de los cristianos mártires de los romanos, pero poco de la limpia de conversos y católicos rebeldones de los primeros años del siglo XVII.

El culpable en cuestión fue William Adams, londinese pobre pero excelente navegante que en abril de 1600 fue el primer inglés en poner el pie en suelo japonés. Tras un intento de los jesuitas de darle matarile, Adams tuvo la suerte de llamar la atención del Shogun que le dió tierras, vasallos y estatus en su corte a la que accedía habitualmente y donde era escuchado. Este personaje inspiro el novelón Shogun, de James Clavell.

Giles Milton nos cuenta su historia, y la del pirata Drake, y la de las travesías infinitas en busca de las especias, la de la Compañía Británica de las Indias Orientales, la de las luchas por las rutas y los mares, y la de un pueblo limpio como una patena que no sale de su asombro al ver tanto extranjero guarro. El libro es Samurai William. Para mi que los relatos de armadas vencibles o no me parecen un pestiño, este libro excelentemente documentado me enganchó a pesar de que lo empecé en la peor experiencia aerea que recuerdo. Gracias a su lectura no me amotiné. En estas dos librerías lo tienen de oferta. No me hago responsable si no llega, que yo aún estoy en pruebas con ambos. En menos barato, lo tenéis en las librerías on-line de siempre.

Si llegase, buena lectura.

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