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Dubiduuuuu

Desde Pizzicato Five me enganché a la música japonesa de dubidú. Seguro que tiene un nombre “científico” pero soy un desastre para denominar y distinguir corrientes musicales: a mí me suena a una mezcla de música de ascensor, lounge y bajos brasileños setentones como de peli del destape.

Aquí os traigo a los Ketsumeishi en su conocido éxito Mata Kimi ni Aeru. No me digais que no tiene su punto el vídeo de japonesas a lo vigilantes de la playa como sacadas de un manga guarro pero sin tetas (o sea, sin paraíso) y unos cantantes más vagos que la chaqueta de un guardia, carentes de glamour, sentados como jubilautas japónicos pero llenos de ritmo. Parece que también trabajan el chunda-chunda romántico-rapero. Cursi a rabiar.

Así son ellos ¡¡criaturas!!

Pachinko

Vas por la calle tan pancho y, de pronto, un golpe ultrasónico te tumba en cualquier acera tokiota. Acabas de pasar por delante de una sala de Pachinko.

No me preguntéis a qué juegan ni qué placer encuentran en ello, pero entrar en uno de estos locales es algo que hay que hacer para compensar tanto jardín perfecto y tanta armonía de ceremonia de té. La estética recuerda a un bar de carretera y el ruido es tan ensordecedor que las sesiones de bakala en Ibiza te parecen música de ascensor.

A mi me parecieron profundamente tristes. Y parece que no soy la única que piensa así.

Geishos

Una de las cosas que más me maravilla de los japoneses es que en su cultura hay una ausencia de sentido de culpa que sustituyen con algo peor, que es el sentido de la vergüenza. Vergüenza, no de esa que carecemos los españoles, sino de autoexigencia. La del tipo “torera” se les quita tan pronto enganchan una botella de sake o pillan unas Asahi.

En el apartado “vergüenza-torera-off” aparece el mundo de los garitos de guaperas locales llamados Host Bar, de los que Osaka es el rey. En estos lugares poblados de una fauna de imberbes decolorados te pegan tremendos meneos a la cartera a base de descorche de champagne de garrafón a 500 euros la botella.

El mini-documental “The great happiness” que encabeza esta entrada nos muestra este mundo, en el que las mujeres previa consulta del catálogo fotográfico de macizosquos locales, eligen al que más les apaña. Hay de todo: el chulazo con pinta de tirillas - mi abuelo dixit- que tiene claro que las tías somos tan lelas que basta con vendernos enamoramientos falsos; otro, que ha sido empleado del mes, nos cuenta que tan pronto pilla confianza con las clientas les da la charla paternofilial; y el más listo de todos que, con clara vision de negocio, no se tira a las clientas para “fidelizarlas”. Parece que el modelo opá teñido también triunfa.

Aunque a nosotros nos puedan parecer patéticos los chilliditos y los juegos para hacer beber a la clienta, en una sociedad en la que la gente no se toca acabar revolcándose en los sillones en plan guerra de almohadas es una gran juerga. Lo que sí resulta patético es ver a Adam y Joe, los británicos presentadores de “Adam and Joe go Tokyo” ligando a lo Hugh Grant. Mirad que arte. Impagable la cara de la japonesa.

Hasta en esto somos diferentes. También de los británicos, que vaya swing …

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