Lo que me pasó en Bruselas

El jueves pasado estuve en Bruselas, una ciudad cuyo mapa tengo tatuado en la memoria. Fui a la clásica reunión de la clásica institución comunitaria, con el clásico riesgo de darme la paliza y sólo ver el aeropuerto, la sala de reuniones y otra vez el aeropuerto. Pero, esta vez, tan pronto acabé la parte del rollo que me correspondía, me escapé hacia una ciudad que, raro en ella, estaba llena de luz.
Es curioso como las ciudades se viven de manera diferente dependiendo de la edad y como hábitos que uno tiene incorporados no han estado siempre ahí. Como “euroniña” que fuí, la Bruselas en la que viví no incluía ni museos ni librerias, sino viajes y juergas. Así que me sorprendí en mi escapada reconociendo que en los casi tres años que había vivido allí, sólo pisé el Museo Horta (en aquella época era una fan total del art nouveau/art decó) y el Musée de la Bande Desinée, al que fui porque estaba y está en un edificio de Horta.
Para reparar mi error me escapé al Museo Magritte, no porque Magritte me guste especialmente, sino porque me permitía hacerme la cultureta y luego darme al despilfarro chocolatil sentada en Wittamer, en el centro del Sablon. Yendo para allá descubrí una parte de Bruselas por la que estaba harta de pasar pero a la que nunca había prestado atención. Así que sucumbí a lo desconocido y acabé, como corresponde a este momento de mi vida, en un salón de té chino montado con ocasión de Europalia, que hasta febrero del año que viene está dedicado a China. Cuando ví el programa me dieron ganas de volver a vivir allí: opera, exposiciones, arte moderno… todo al alcance de quien sea capaz de sobrevivir al cielo bajo de Bélgica.
Superada la nostalgia, me puse en marcha para hacerme con el cargamento de bombones con el que cualquiera que pisa este país está obligado a volver. Y por el camino sucumbí a una costumbre reciente, las librerías, y entrando en Tropismes incorporé a la pesada bolsa de los chocolates una obra de la para mí desconocida Minaé Mizumura “Taro, un vrai roman” (publicado en español en Argentina por Adriana Hidalgo), que me ayudó a disimular el pánico durante las dos horas de turbulencias de regreso. No se en que acabarán estas 600 páginas, pero la por ahora “novela antes de la novela” sobre japoneses expatriados en los EEUU de los 60-70 no puede ser más adictiva ni estar mejor escrita, ni ser menos pretenciosa.
Y esto, junto con el universo gianduja, es todo lo que me pasó en Bruselas
