Ikebana para dummies. I

Ikebana para dummies. IHace mucho tiempo, en la lejana galaxia de Chiquiworld prometí explicar algunos secretillos del arte floral japonés, del camino de la flor, del Ikebana.

Pues bien, no se lo que me durará la determinación pero mediante el presente comienzo con el cursillo rosarillo de “Ikebana para dummies” o torpes, que es lo mismo. Habrá (de vez en cuando) el ikebana de la de la semana, indicaciones sobre cacharritos que comprase para hacer ikebana (de lo mínimo imprescindible hasta el aparataje completo), técnicas, estilos, escuelas y lo que buenamente se me ocurra.

En esta ocasión lo que veis a la izquierda es un shoka realizado por una maestra de mi escuela en la exposicion de primavera del pasado 2007 en Kyoto. Es un centro extraordinariamente complicado que requiere una gran pericia no sólo paraa logar ese equilibrio, fuerza y movimiento, sino simplemente para que no se vaya al suelo.

El pañuelo debajo del jarrón nos indica que quien lo ha hecho tiene, al menos, el título de “ayudante maestra”, a partir del cual se tiene el derecho a usarlo. El derecho no va acompañado del pañuelo que cuesta 180 euros y sólo se puede conseguir si la sensei quiere encargárlo a Japón. Lleva el símbolo y el color de la escuela que no es otro que el murasaki (entre el lila y el violeta, color glicinia) como el pseudónimo de la autora de Genji Monogatari. Si a este lío le añadimos que glicinia en inglés es wisteria, se comprenderá mejor que se crea que las que nos dedicamos a esto somos unas mujeres desesperadas. Tampoco es casual que esta bitacora use ese color (por otro lado también el del movimiento feminista….)

Bueno, no me lío más. Empezamos.

Ancianos y delincuentes

MiradasOjos

Cuando uno visita Japón se te caen algunos mitos y otros, de adquisición propia, se te incorporan a la maleta junto con el alijo de té verde.

Ni todos los japoneses aplican el minimalismo a sus vidas -de hecho tienen un punto bastante tombolero- ni están forrados como los asaltos a las tiendas de Loewe podrían sugerir.

Esta noticia de AFP publicada por La Voz de Galicia lo deja claro. En un país de delincuencia casi inexistente, que alguien se tenga que ver obligado a robar para vivir es una humillación insoportable. La humillación se mezcla con la tristeza cuando la estadística de nuevos delincuentes la engrosan 44.928 japoneses mayores de 65 años. Parece que muchos delinquen para tener el techo y la comida asegurada.

Esto me recuerda los asentamientos en la ribera del río Sumida y en el parque Ueno que vi en Tokio. Que queréis que os diga, a mí estas cosas, en Japón o aquí, me parten el alma.

Samurai William

Samurai WilliamsNo es por ofender, pero desde la Armada invencible hasta las humillaciones futboleras, la culpa de todos nuestros males parece tenerla los británicos. Al menos uno de ellos que, al parecer, contribuyó de manera más que decisiva a que Tokugawa Ieyasu, fundador del último y más poderoso shogunato que duró hasta la época Meiji, echara a los jesuitas, católicos en general, y españoles y portugueses en particular, del Japón. Mucho se ha hablado de los cristianos mártires de los romanos, pero poco de la limpia de conversos y católicos rebeldones de los primeros años del siglo XVII.

El culpable en cuestión fue William Adams, londinese pobre pero excelente navegante que en abril de 1600 fue el primer inglés en poner el pie en suelo japonés. Tras un intento de los jesuitas de darle matarile, Adams tuvo la suerte de llamar la atención del Shogun que le dió tierras, vasallos y estatus en su corte a la que accedía habitualmente y donde era escuchado. Este personaje inspiro el novelón Shogun, de James Clavell.

Giles Milton nos cuenta su historia, y la del pirata Drake, y la de las travesías infinitas en busca de las especias, la de la Compañía Británica de las Indias Orientales, la de las luchas por las rutas y los mares, y la de un pueblo limpio como una patena que no sale de su asombro al ver tanto extranjero guarro. El libro es Samurai William. Para mi que los relatos de armadas vencibles o no me parecen un pestiño, este libro excelentemente documentado me enganchó a pesar de que lo empecé en la peor experiencia aerea que recuerdo. Gracias a su lectura no me amotiné. En estas dos librerías lo tienen de oferta. No me hago responsable si no llega, que yo aún estoy en pruebas con ambos. En menos barato, lo tenéis en las librerías on-line de siempre.

Si llegase, buena lectura.

Geishos

Una de las cosas que más me maravilla de los japoneses es que en su cultura hay una ausencia de sentido de culpa que sustituyen con algo peor, que es el sentido de la vergüenza. Vergüenza, no de esa que carecemos los españoles, sino de autoexigencia. La del tipo “torera” se les quita tan pronto enganchan una botella de sake o pillan unas Asahi.

En el apartado “vergüenza-torera-off” aparece el mundo de los garitos de guaperas locales llamados Host Bar, de los que Osaka es el rey. En estos lugares poblados de una fauna de imberbes decolorados te pegan tremendos meneos a la cartera a base de descorche de champagne de garrafón a 500 euros la botella.

El mini-documental “The great happiness” que encabeza esta entrada nos muestra este mundo, en el que las mujeres previa consulta del catálogo fotográfico de macizosquos locales, eligen al que más les apaña. Hay de todo: el chulazo con pinta de tirillas - mi abuelo dixit- que tiene claro que las tías somos tan lelas que basta con vendernos enamoramientos falsos; otro, que ha sido empleado del mes, nos cuenta que tan pronto pilla confianza con las clientas les da la charla paternofilial; y el más listo de todos que, con clara vision de negocio, no se tira a las clientas para “fidelizarlas”. Parece que el modelo opá teñido también triunfa.

Aunque a nosotros nos puedan parecer patéticos los chilliditos y los juegos para hacer beber a la clienta, en una sociedad en la que la gente no se toca acabar revolcándose en los sillones en plan guerra de almohadas es una gran juerga. Lo que sí resulta patético es ver a Adam y Joe, los británicos presentadores de “Adam and Joe go Tokyo” ligando a lo Hugh Grant. Mirad que arte. Impagable la cara de la japonesa.

Hasta en esto somos diferentes. También de los británicos, que vaya swing …

Spin-off

Como un futbolista patizambo, Chiquiworld me ha cedido parcialmente a Nihonica. De ahí provienen las entradas publicadas hasta ahora.

Pido disculpas si no están muy actualizadas pero queda feo invitar a alguien a casa y no sacarle, al menos, unas peladillas rancias. Me voy al super para llenar la nevera.

Gracias por venir.

Tokio ‘la nui’

Tokio

Moeh, que me acusa de hacer centros de mesa en vez de Ikebanas, me mandó estas fotos de Tokio que me conmovieron. Es que el mejor Tokio es el de la parte de atrás.

Iwo Jima, mon amour

Cartas desde Iwo JimaLo prometido es deuda. Tan pronto estrenaron Cartas desde Iwo Jima me planté con mi cabas de Hello Kitty en el cine en versión original más próximo a mi casa y me la tragué en perfecto japonés.

Adelanto que ese día una Omaita me había dado el té con pastas así que mi percepción de la película se vió sin duda influida por mi estado de cabreo. Adelanto también que llevo con más resignación que la media de los mortales los ritmos lentos, las rarezas de los japoneses, los cambios de tonalidades a lo “Muerte en Venecia” y las películas de Kurosawa. De todo esto tiene la película, así que si os ponen un poco nerviosos cada uno de estos elementos por separado u os sacan de quicio si aparecen combinados, ni piséis el cine.

Como yo he sufrido mucho cine de autor lo llevé bastante bien. Lo que llevé fatal fue el intento de Clint Eastwood de humanizar a los japoneses a base de mimetizarlos en americanos. Empeñado en contar una obviedad -que la guerra es mala- y emperrado en explicar, igual que en “Banderas..“, que se lucha por los compañeros y no por un vago ideal de patria, Clint dibuja a unos japoneses individualistas, bonachones y un tanto Lazarillo de Tormes.

Mientras el superviviente protagonista juega al escaqueiting y Watanabe a general afiliado a Amnistia Internacional, los soldados se hacen estallar con granadas de mano a falta de katanas o se convierten en minas anticarro humanas para reventar los tanques enemigos. Eso, los malos.

Eastwood, llevado por la clásica buena voluntad americana, cree que sólo se puede ser humano siendo occidental. Lo que parece no contemplar como posible es que la dureza de la educación japonesa les haga humanos de una manera diferente. Si no se sabe respetarla es mejor dejar que el ideal del japonés malvado siga siendo Toshiro Mifune.

Y yo sin mi respuesta.

Tormento en Tokio [y IX]. Desperated ducks

Viene de Homeless tokiotas

Nos vamos acercando al embarcadero de Hinodi, nuestro destino, pero por error desembarcamos en uno de los jardines menos destacados en las guías pero más espectaculares de Japón: el Hama-rikyu.

Este antiguo coto de caza de los Tokugawa queda al lado del mercado de pescado de Tsujiki y de la zona de negocios de Shimbashi, por eso su parte frontal siempre está llena de oficinistas disfrutando de un momento de paz en esa vida suya que es una continua e inacabada jornada laboral.

Nos perdemos y encontramos el monumento al “pato desconocido” levantado en desagravio a los caídos en este parque a manos de los Shogunes a lo largo de varios siglos.

Hay un lago y, al fondo, un puente y una casa de té etérea que flota casi transparente. Entro, me arrodillo en una de las esterillas que cubren el tatami y pido un té. No es la casa de té más formal ni más lujosa en la que entraré en Japón. Tampoco estoy en la mejor época: demasiado tarde para ver el sakura en flor y demasiado pronto para disfrutar del rojo de los arces en otoño. Pero es la primera.

La camarera se arrodilla para preguntarme que quiero y se arrodilla para servirme la taza con matcha amargo batido y el dulce que siempre lo acompaña. Hace una reverencia. Formando con mis manos un triángulo, pego las palmas en el suelo y, acercando mi frente hasta que las toco, devuelvo la reverencia.

Giro la taza de té batido y miro desde la veranda en dirección al lago donde se reflejan los torturados y resignados pinos centenarios. Y aunque debería pensar en la belleza del momento, no paro de preguntarme como puñetas son capaces de permanecer sentados así. Comprendo entonces cuánto me queda para ser japonesa.

Hama-rikyu

Tormento en Tokio [VIII]. Homeless tokiotas

Viene de Samurais y plexiglás

Río Sumida

En la esquina con Asakusa Dori se encuentra el embarcadero. Allí, al otro lado del río Sumida, nos observa el nabo flamígero diseñado por Philippe Starck para el Asahi Beer Hall.

Cogemos un barco en donde es imposible salir a cubierta. Parece que no tienen prevista la posibilidad de navegar con buen tiempo. Nos recibe la guía del barco, con sus guantes y su casquete a lo Jackie Kennedy, y tras la reverencia de rigor, en un perfecto japonés, nos desgrana una apasionante historia llena de frases que terminan en “aimás”.

Como no entiendo nada de la historia oficial me dedico a observar y veo con sorpresa que Tokio es una ciudad que vive de espaldas a su río y que en sus riberas, donde nadie mira, viven sus sintecho, aquéllos que no son dignos; los que no han hecho lo que han debido sino lo que han podido.

Aún así, hasta los que duermen en la calle mantienen el orden y la pulcritud: con una distancia constante separan sus chabolas cúbicas hechas de loneta azul, idénticas, entre las que cuelgan sus perchas con la colada diaria. Los que tienen más posibles viven en tiendas de campaña en forma de iglú. No hay basura ni mendigos sucios. Viven aquí porque saben que nadie mira a la puerta trasera de Tokio que es este río industrial y poco glamouroso.

Según nos acercamos a la bahía de Tokio, desaparecen las chabolas impolutas y comienzan el Tokio que mira hacia su río, el que tiende escalinatas y fachadas para ser vistas.

Tormento en Tokio [VII]. Samuráis y plexiglás

Viene de Vergüenza

KapabashiTanto leer libros sobre Samuráis de cuando Tokio era Edo y Nihonbashi el kilómetro cero del Tokaido, me traen reverente al templo de Asakusa-Kanon y a la calle Nakamise. Como era de esperar, el Templo Sensoji es feo y la calle Nakamise ya no está bordeada por esos tenderetes llenos de pasteles de arroz, sino de tiendas para nosotros los turistas con falsos kimonos de falsa seda hechos en China. Cogiendo una calle paralela lateral a Nakamise es posible encontrar tiendas con kimonos japoneses de segunda mano, buenos, limpios y baratos.

El mapa indica que estamos cerca de Kapabashi Dori, la calle que suministra a los restaurantes de la ciudad de esos platos que reproducen cualquier menú en resina, desde sushi hasta espaguetti bolognesa.

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