Tormento en Tokio [VI]. Vergüenza
Viene de Candy Candy
Aunque muchos traducen otaku por nerd, o esos raros aislados conectados permanentemente a Internet, esta figura en Japón tiene unas connotaciones impregnadas por la peculiar escala de deberes nipona. Y por un elemento esencial de su moral: la vergüenza.
En cualquier disciplina japonesa no se espera que se alcance el arte, que es un estado liberador reservado para unos pocos en donde saltarse las reglas está permitido. Sí se exige, en cambio, un conocimiento total y una dedicación devota orientada a alcanzar la maestría.
No es aceptable hacer lo que se pueda; hay que hacer lo que se deba. Y en esa exigencia sin tregua, un millón de jóvenes, mayoritariamente tokiotas, tiran la toalla y se encierran en su habitación negándose a salir. Son los llamados Hikikomori. No se comunican con la familia que, avergonzados, en lugar de tirar la puerta abajo, le alimentan y le dejan en la puerta los paquetes de los encargos que hace por Internet. A los amigos les dirán que han mandado al hijo a estudiar fuera.
Sólo una formación como esta hace posible que existan señoritas en los Depato (centros comerciales) que, tras diez horas, sigan haciendo una reverencia fresca y sonriente mientras te despiden, con su gorrito, sus tacones y sus impecables guantes blancos, a la puerta de los ascensores. Sonríen, dan las gracias y hacen una reverencia, y lo hacen con orgullo y perfección sin traslucir el cansancio ni el aburrimiento.
No son felices, pero hacen lo que deben.
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