Ikebana

Lord EnshuComo buena parte de la generación del Cuéntame (yo soy de la “quinta” de la hija pequeña, ¡eh!) he pasado del antaño popular “con flores a María” al “camino de la flor” (Kado) o Ikebana, que queda más japo y moderno.

Moderno aquí, porque lo que es en Japón ya tiene unos siglitos. La escuela a la que pertenezco la fundó Lord Enshu hará unos 400 años (quinquenio arriba, siglo abajo) y concentra en sus cinco estilos mucho de la visión estética de los japoneses: la asimetría, el movimiento, la búsqueda de los espacios (que no de los huecos) y la imitación de la naturaleza. La melancolía, la perfección y la conciencia del paso del tiempo representado en la sucesión de estaciones se refleja en cada centro de ikebana.

Hay mucha literatura sobre el origen del Ikebana. La escuela Ikenobo, que tiene en el centro de Kyoto un edificio como el del BBVA, se autoproclama la fundadora de un arte que nació como ofrenda a Buda. Posteriormente se desarrolló como un arte masculino practicado por los samurais y las mujeres de sus familias.

Os iré contando como pasa una de las Hermanas de la Caridad al Japón milenario sin morir en el intento.

Comentaristas japónicos

JapónNos ha nacido un niño para el trono del crisantemo y nos han florecido los expertos en Japón que nos presentan este país como un territorio de marcianos machistas que creían en 1945 que su emperador era divino. ¡Menos mal que vino el General MacArthur a sacarles de su ignorancia!

Por muy tormentosa que me pueda poner, no voy a entrar a discutir ni nuestra Constitución, que al establecer una norma de herencia monárquica contraria a uno de los derechos fundamentales y troncales (el de igualdad) no tiene nada que envidiar a la japonesa, ni la propia pervivencia de la monarquía y de sus satélites, la nobleza. Hay que reconocer la utilidad de éstos últimos para rellenar Consejos de Administración.

Quiero, pues, romper una lanza tamaño Alatriste a favor de los japoneses y facilitar un referente bibliográfico a los comentaristas de todo pelo para que dejen los lugares comunes y nos formen cuando nos informen.

El culto al emperador – el chu- se coloca como cúspide de la cadena de deberes o de “on” sobre los que se sustenta la cultura japonesa en la época Meiji, con la finalidad de acabar con la dualidad del poder en Japón. Hasta la llegada del Comodoro Perry, Japón era gobernado por el Shogun establecido en Edo (la actual Tokio) mientras el emperador, un mero referente sin poder ni capacidad de decisión, tenía la corte en Kyoto. Para acabar con el shogunato y establecer el sistema de decisión bicameral (la Dieta) que exigían las potencias extranjeras, se reforzó la figura del Emperador como aquél frente al que ceden los demás deberes: hacía la familia, hacia la comunidad cercana, etc. A ello ayudo la existencia de una sola dinastía imperial que reforzaba el sentimiento de continuidad de la nación y, con ella, el exacerbado orgullo nacional de la época.

Los japoneses ni son religiosos ni son idiotas. No tienen una religión oficial y echaron a patadas a los jesuitas que intentaron, sin éxito, convertirlos a la verdadera fe. Han creído en el origen divino de sus gobernantes o del poder tanto como los españoles, los franceses, los chinos o incluso menos. La existencia de la leyenda de Amaterasu no les impidió dejarse gobernar por los Tokugawa.

En 1944, los estadounidenses necesitaban saber cual iba a ser la reacción del pueblo japonés en caso de invasión y les encargaron a las antropólogas Ruth Benedict y Margaret Mead un estudio para que les ayudara a comprenderlos. Este estudio, finalmente publicado por la primera, se encuentra en la colección de Antropología de Alianza Editorial, bajo el título El crisantemo y la espada. Me voy a poner seria y, con el permiso del respetable, voy a por una cita de esa obra en apoyo de mis tesis:

“… Gran parte del adoctrinamiento japonés ha consistido en hacer del chu la virtud máxima. Al igual que los estadistas simplificaron la jerarquía poniendo al emperador en la cima, eliminando al Shogun y a los señores feudales, así en el ámbito de la moral se esforzaron en simplificar el sistema de obligaciones reuniendo todas las virtudes menores bajo la categoría del chu. Con estas medidas intentaron unificar el país bajo el culto al emperador y reducir el atomismo de la ética japonesa… La declaración mejor y más autorizada sobre este programa es el Rescripto Imperial a los Soldados y Marinos promulgado por el emperador Meiji en 1882.” (página 205)

Así, los japoneses se rindieron en la II Guerra Mundial de modo pacífico, sin sabotajes y sin revolución, no porque el emperador hubiera dejado de ser dios, sino porque había dado la orden de capitular. Citando de nuevo a Ruth: “Incluso en la derrota, la ley más alta seguía siendo el chu.” (página 134)

Está en rústica y es baratito. Ya no me tienen excusa.

Andares de ‘tokiota’

TokiotaTodos los extranjeros un poco observadores que viajen a Tokio se percatan de que las mujeres de allí andan raro.

Subidas a tacones estratosféricos, van echadas hacia delante, andan haciendo calceta, llevan el bolso colgado del codo, no mueven las caderas y van tiesas como un palo. ¿Os suena? Veo que habéis leído mi anterior post sobre la elegancia nipona. En efecto, andan como si llevaran un kimono pero vestidas por modistos occidentales. El problema es que queda fatal.

No todo iban a ser alabanzas para mis adorados japoneses.

Casarse por eBay

KimonoCuando una se enfrenta ya talludita al sarao de “contraerse” lo primero que se pregunta es por qué ha de firmar un disclaimer a la peluquera de pueblo para que la haga un moño italiano sin pasar por tres pruebas anteriores y por qué ha de someterse al humillante y carísimo momento de encajarse en un traje de novia mientras unas dependientas anoréxicas se tronchan por lo bajinis mientras te dicen que el modelo lorcero que te estás probando te queda ideal.

Reto a cualquiera a que me diga si alguna vez han visto con sus propios ojos una novia guapa. Pero de verdad. Pintadas como puertas, peinadas por Luis XIV y embutidas en trajes blanco roto (por lo de la virginidad perdida), pasamos de la discreta pero sosa a la exuberante rebosante. Y lo peor, fotografiadas todas para la posteridad.

Así que como yo no iba a tener la suerte de escaparme del horror, por lo menos decidí que no me costara mucho. Pensé que si una sólo se viste de novia una vez (porque la segunda ya no te pillan) habría alguien que vendería su traje en eBay.

Y así me hice con un Uchikake de boda japonés en seda blanca (81 euros, gastos de envío incluidos desde Kanazawa-Japón) que hizo las veces de abrigo; un traje de novia del mismo color con escote palabra de honor en Lola’s Boutique, en Dallas, Texas (62 euros gastos de envío incluidos), y un set Hakoseko (47 euros gastos de envío incluidos desde Japón) que incluía el Obi y Obi-jime (faja y cordón que lo sujeta), una carterita, un abanico, y un puñal de esposa samurai con funda de seda que no llevé dentro del Obi para que a mi entonces futuro no le diera un pasmo. El ramo de flores lo hizo espontáneamente una amiga el día anterior paseando por las montañas asturianas.

Lo que de verdad vale, los amigos que estuvieron, no tiene precio.

Viento del este, viento del oeste…

Memorias de una geishaEl soberano cabreo que se cogieron los japoneses con la película “Memorias de una Geisha” se entiende porque revela un desconocimiento sobre su cultura tan grande como el que late tras la escena de nuestra Semana Santa sevillana ambientada en Jalisco que aparece en Misión Imposible II. Para los que vieron la película es necesario aclarar que las japonesas no menean las caderas al andar, por muy geishas que sean, son físicamente distinguibles de las chinas o coreanas, y se espera de ellas que tengan un cutis blanco como el yeso y que sepan llevar el kimono con humildad y elegancia.

Lo que ocurre es que la elegancia en Japón es diferente de la occidental y viene impuesta por la propia rigidez de la prenda. Llevar un kimono apropiadamente no es sencillo: hay que andar con las puntas de los pies hacia dentro para que no se abra en absoluto, dar pasos pequeños, ir levemente inclinada hacia delante y soportar varias capas de tela encima.

Se lleva, al menos, un sayón, un kimono interior, un cuello especial, un kimono exterior, una banda de tela de una anchura de unos 25 centímetros a la cintura -obi- de montaje complicado que a su vez lleva encima un cordón, un pañuelo y una almohadilla que se usa para levantar el lazo posterior. Todo ello atado con cintas de tela y obis interiores, y montado cuidadosamente pues los kimonos no tienen ni botones ni cremalleras. Lo que parece una chaquetilla del kimono no es más que el propio kimono doblado y atado a la cintura.

Una maiko (la geisha joven antes del mizuage –comentario de Kento- en la bitácora Nipoblog) llevará varios kimonos uno encima del otro con una manga que cae casi hasta el suelo como el lazo de su obi. Entre los adornos del pelo, los kimonos y demás aditamentos una maiko puede llevar encima unos 20 kilos, algo menos de la mitad de su peso. Que me diga a mi Rob Marshall como se puede menear la cadera en esas circunstancias sin pegarse un morrón.

Yo lo he probado y aún me estoy recuperando.

Minasama otosukare no tokoro…

Azafata de JAL…makoto ni moshiwake gozaimasen.

Ya advertí que una de mis múltiples facetas atormentantes era una insistencia enfermiza con la cosa japonesa, insistencia convertida en persistencia desde que caí fascinada por Mishima al leer la biografía que el psiquiatra Vallejo-Nágera hizo sobre este autor exhibicionista, genial y suicida con un título sin duda ajustado: Mishima o el placer de morir.

Más allá de los tópicos sobre suicidios rituales y geishas incomprendidas, Japón no deja de tener una cercanía castellana que me cuesta mucho explicar. Este post es el primero de otros en los que espero poder aclarar esta teoría.

La frase en japonés que titula este texto está sacada de una anécdota de un opúsculo la mar de entretenido, “Introducción a la cultura japonesa” de Hisayasu Nakagawa, en la que el autor, japonés afrancesado, nos cuenta el siguiente sucedido. Estando montado en un avión de la JAL, por la megafonía del aparato informaron al pasaje primero en francés y luego en inglés de que, debido a una huelga de controladores aéreos, el avión saldría con retraso. Llegados al momento de soltar la misma retahíla en japonés, ésta se inició con la frase del título que no estaba incluida ni en la versión francesa ni en la inglesa. La traducción a lo indio literal sería “Señoras, Señoritas, Señores, dado que están cansados realmente excusas no hay” o, dicho correctamente, “Es verdaderamente inexcusable anunciarles lo siguiente”. Teniendo en cuenta que cojo el metro de Madrid a diario y que, llegada a casa, me cruzo con un vecino modelo “conozco mis derechos” que es capaz de dejar que le abras la puerta y que le cedas el sitio en el ascensor sin dar ni las buenas tardes, comprenderéis por qué quiero ser japonesa. Si ya lo dicen los japoneses: “excusas no hay”.

No sin mi hambre

Biografía del hambreOtra que es de Tokio y rara (en realidad ésta es de Kobe) es Amèlie Nothomb. Desde un día de San Jordi que un Jordi me regalo “Estupor y temblores” no me he podido desenganchar de esta autora belga-japonesa multipremiada por los franceses (¡que ya es mérito siendo belga!). Cada vez que saca libro nuevo o descubro uno anterior a “Estupor..” establezco un día Nothomb y me lo meriendo de una sentada.

Procuro comprarlos en francés no porque servidora sea muy culta y atormentada, sino porque son más baratos y normalmente han salido ya en rústica (alrededor de 5 eurillos). Aunque “Biografía del hambre” se publicó en francés en el 2004, llevada por esta pertenencia a la sagrada cofradía del puño cerrado, andaba remoloneando para que saliera su versión de bolsillo en este idioma, cuando abrí la reciente traducción al español de Sergi Pàmies, leí al azar el capítulo del campamento de actividades de Kent Cliffes y el profesor de “Manufacturas americanas” y ya no pude parar.

Pàmies no sólo es fiel al original sino que lo mejora y su traducción de esta biografía, como de las anteriores obras de la de Kobe, no tienen desperdicio. Complemento de ésta obra son sin duda las otras de contenido biográfico: “Estupor y temblores” en donde Amèlie comienza de traductora en una gran empresa japonesa y acaba de señora de los lavabos; “Metafísica de los tubos” (mi preferida), que relata sus tres primeros años de vida como japonesa, tubo y dios al mismo tiempo; y el “Sabotaje Amoroso” en donde relata sus grises años en la China de la “Banda de los Cuatro”.

Con estupor y temblores, como había que postrarse ante el Emperador del Japón, paseo mi propia hambre, mi propio vacío insatisfecho con la tristeza de no poderlo contar con la brillantez de Amèlie.

BIOGRAFÍA DEL HAMBRE. Amèlie Nothomb.
Editorial Anagrama. Colección Panorama de Narrativas. ISBN: 8433970909

Ésta, es que es de Tokio…

Puente de TokaidoAsí me va presentando una amiga, que ha decidido que mi plomez con Japón sólo se justifica siendo del propio Tokio, a la misma altura del Nihonbashi (literalmente, Puente del Japón, punto 0 del Tokaido).

Podría haber decidido presentarme diciendo que soy medio-lela o que me ha entrado el clásico snobismo por lo oriental que tan de moda se lleva. Pero ella, que me aprecia y me conoce, sabe que es verdad, que soy de Tokio. Como enviada especial de ChiquiWorld para asuntos japónicos y ahora desde este humilde espacio os brasearé convenientemente desde aquí sobre el Japón más tradicional para entender el Japón más moderno.

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