Lonely planet

Lonely PlanetNo siempre una puede estar dando novedades y menos si se deja el ejemplar de la revista en la pelu y hay que contar el contenido de memoria.

Me refiero al número de febrero de la revista Lonely Planet dedicado a Japón que, me temo, ya no podréis encontrar nada más que por Internet. Servir para planificar un viaje tipo “tómese un té aquí y fotografíe una geisha allá” no sirve, pero no está nada mal como literatura de viaje incluso para los que somos unos empollones nipones. Interesante el reportaje sobre el pueblo Anui, los esquimales japoneses, al que le dedicaré el próximo asesinatico, e impreciso el de Kyoto: mis propias piernas son testigos de que lo que se presenta como un agradable y corto paseo entre templos es una paliza de dos días usando transporte público.

Ya le he pedido a mi “estilista” que no la ponga a vegetar junto con el ¡Hola! que lo quiero pa la colección.

35 años no son nada

IkebanaPara todos aquellos que llegáis a mi vida digital a golpe de búsqueda “cómo atar el obi” o “ikebana cómo hacer centro de mesa” y para aquellos que os habéis feedeado “Ikebana para dummies” tengo un gran anuncio que haceros: los días 12, 13 y 14 de marzo (de 11 a 20 horas) y el 15, sábado (de 10 a 13 horas) si estáis en Madrid podréis ver ikebanas en directo en la Sala de Exposiciones del BBVA (Paseo de la Castellana, 81).

Mi escuela, centenaria en Japón, hace su 35 aniversario en España y olé el próximo martes y nos vamos a hacer unos centros, con unos amiguetes que retuercen árboles pequeñitos, como celebración por el cumpleaños y como sentido homenaje, por la fecha que es.

Como no os puedo invitar a la inauguración y con este post os he escamoteado un fasciculillo, me ofrezco a haceros de guía si hay suficiente gente para montar un “sake & blogs”. El jueves 13 sería un buen día.

Interesados dirigirse a tormento_arroba_nihonica.com.

Fantastic Plastic Machine

Una estupenda recomendación de Krach (¡gracias!). Japos a granel a todo ritmo. Ojo con la flamenca de Osaka no os vaya a sacar un ojo.

¡Take me to the disco!

Fugu a la fuga

Hay muchas cosas que no querría ser y otras muchas por las que me pirraría en el improbable caso de que la reencarnación existiera. Tras ver como se prepara el pez globo en Japón (fugu) me queda claro que hay que tener un karma cochambroso para que te toque ser fugu en la rueda de la reencarnación en lugar de un canto rodado.

Ya sabemos que tiene una neurotoxina que tumba a 30 tíos, pero hombre-por-dios, ¿es necesario tratarlo así?

Atención a la respiración del pobre bicho incluso después de que le quiten el hígado.

Vía :: Somos viajeros

Escher japónico

Kazuhiko Kawahara

Kazuhiko Kawahara no sé si con la finaldad de dejarnos a todos p’allá fundó pallalink.net. Sí, lo se, es un lamentable juego de palabras, pero es que soy una blogger pluriempleada y estoy empezando a parecerme a José Luis López Vázquez.

Hay ciudades, jardines, repetición y melancolía. Muy japo.

Ikebana para dummies. VI

Ikebana para dummies IVComo ya os indiqué, sin kenzan no hay mambo. Su base suele ser de plomo para equilibrar el centro y aguantar el peso de las ramas inclinadas -como en el sinshoka de la foto-. Porque un elemento fundamental del Ikebana es el grado de inclinación de los distintos elementos.

Gracias a ello consigues darle movimiento al centro y crear sensación de profundidad. Y por ese motivo cuando has tumbado hacia delante las flores ver el centro por detras es una auténtica penita.

Como diría mi Sensei “cada rama tiene su posición, la que más luce”. Esto que puede parecer una chuminez, es algo completamente cierto.

Rotar una rama 10 grados hace que todo el centro cambie, y que de tener tu inicial bodrio pases a tener un ikebana de verdad. Este sencillo principio te lleva a interrogar con la mirada a la pobre rama, a la que giras como una peonza sin observala de verdad, intentando decidir cual es esa posición estupenda que hará de tu centro el orgullo de tu madre. Los dos primeros años se le pasan a una mirando alelada una rama intentando saber si lo que tu ves es lo que tendrías que estar viendo.

Como se aprende por observación, no tienes el recurso occidental de levantar la mano y preguntar qué hacer. Asi que tú colocas, que ya vendrá la Sensei con la rebaja a quitarla y a cambiarla de posición. Unas veces te explicará el cambio y otras tendrás que adivinar a qué se debe. Lo que tienes claro tras la corrección es lo mucho que el centro ha mejorado y si tienes interés, intentarás extraer de esa corrección una regla que te sirva para el futuro. Y no es sencillo porque cada material, cada flor es distinta de las demás. Así que la regla se refiere enteramente a cómo observar no a como colocar.

Cuando llevas mucho tiempo, es como conducir, la flor te dice ella solita como tienes que colocarla.

Adivina las diferencias

Si para los japoneses el rito lo es todo, hacer guasa del rito es un rito en sí mismo. Así que no es sencillo saber tras ver este vídeo qué parte es cierta y cual es de coña.

Se puede aprender mucho del rito y se puede hacer mucho el ridículo si se siguen sus consejos ¿Qué es verdad y qué no? Una pista: no os tiréis a por la sal a la salida.

Dubiduuuuu

Desde Pizzicato Five me enganché a la música japonesa de dubidú. Seguro que tiene un nombre “científico” pero soy un desastre para denominar y distinguir corrientes musicales: a mí me suena a una mezcla de música de ascensor, lounge y bajos brasileños setentones como de peli del destape.

Aquí os traigo a los Ketsumeishi en su conocido éxito Mata Kimi ni Aeru. No me digais que no tiene su punto el vídeo de japonesas a lo vigilantes de la playa como sacadas de un manga guarro pero sin tetas (o sea, sin paraíso) y unos cantantes más vagos que la chaqueta de un guardia, carentes de glamour, sentados como jubilautas japónicos pero llenos de ritmo. Parece que también trabajan el chunda-chunda romántico-rapero. Cursi a rabiar.

Así son ellos ¡¡criaturas!!

Sin red. Kawara y Muji

MujiEl jueves pasado salí de casa mal calzada lo que, en un Madrid, es una mala decisión. Día primaveral, tacón de 10 centímetros, portátil al hombro y mucho que te voy que te vengo. Resultado: pie como bota malaya.

Me dije, pues ya que te toca tremenda reunión en viernes tarde, cógete la tarde del jueves libre y date un paseíllo (esto fue antes de que las medias se adhirieran a las plantas de mis pies como si fueran alquitrán caliente). Llamé a mi japo como hago siempre para que me fueran preparando mi chirashisushi.

Hace años me metí por la calle de la Aduana para acortar y me encontré un restaurante japonés que no conocía, caserillo y con una camarera borde, Baby, que me echó con cajas destempladas. Lo regentaba un matrimonio japonés. Era el Kawara. Volví y seguí volviendo y mi constancia callada me convirtió en una habitual que podía llegar cuando estaba cerrado y a la que la servían sin preguntar. El último año llegué al colmo de la perfección: llamaba y al llegar mi mesa estaba puesta, con los palillos que eran sólo para mí y mi tetera. Me sentaba y, ante el estupor de los que llevaban media hora esperando, salía mi comida.

En navidades me informaron de manera reservada que iban a cerrar. No les iba bien. Me apené mucho, no porque fuera el mejor sushi que he comido (su arroz era el mejor del mundo) sino porque, en una ciudad llena de restaurantes japoneses regentados por chinos a los que les va de fábula, la honradez y buenos precios del Kawara no han sido suficientes. La mala noticia esperada llegó por fin: “Tormento-san, cerramos el martes. Lo sentimos mucho.

Me tiré a la calle a un sitio de estos fashion a quitarme las penas y, como esperaba, comí normalito y me pegaron un tortazo con la cuenta. Estoy apurando el café. Suena el teléfono. Es el señor Ikenaga, dueño de un restaurante japonés de pata negra decorado con esmero, donde este mes me toca el turno de hacer los Ikebanas. “Tormento-san, las flores del moribana de la ventana ¡caídas! ¡¿venir cuando pueda a arregarlas?!” Pienso: mañana, mal día. Hoy, pies como berenjenas. Vale, hoy. Segundo tortazo de la tarde: compro las flores donde pillo, floristería pija de la Calle Serrano. No tengo tijeras pero lo apaño con unas de papel que me prestan. Un corte aquí, otro en el tallo. Quedan las flores como prediseñadas para el centro, ¡con lo que han costao ya pueden!

Me siento delante del centro derrengada mientras pasa la señora mayor de todas las tardes mirando al escaparate como siempre. Y también, como siempre, se para y me dice a través del cristal que ha quedado muy bonito. Como siempre. Doy las gracias con un gesto. Me queda un buen rato para llegar al teatro donde voy a ver Las Bizarrías de Belisa. Uff, y con los pies al pil-pil.

Venga, Tormi, me animo, que seguro que andando se te pasa. Y encamino mis pasos vacilantes a Muji, tienda de una cadena japonesa que ha abierto en la ya saturada y saturante calle Fuencarral. Entro por una puerta lateral y veo que está medio vacía y llena de gente poniendo focos y colgando grullas de origami gigantes hechas con el papel de las bolsas de la tienda.

Diseñador mariquita super-cool por aquí moviéndose mucho y no haciendo nada. Montador de luces como el guitarrista de Leño currando a todo trapo. Bolsas llenas de cosas ignotas preparadas. Parece una presentación. Nadie me molesta. Subo, bajo y me esfuerzo por llevarme algo. Lo que es significativo en una persona tan caprichosa como yo. Porque en Muji todo es útil y te solventa problemas cotidianos con buenos materiales, sencillez y calidad. Es como las desaparecidas a mi pesar cacharrerías: no eran nada fashion pero encontrabas de todo. Sin embargo Muji, por mor de los cursis y de las notas de prensa hiperbólicas, parece ser el culmen de lo cool. Pues no lo es. Si necesitas un pastillero práctico o un neceser de viaje con botellitas neutras es el sitio.

Subo las escaleras traqueteante. Voy a pagar y pregunto que pasa. Es la inauguración oficial, viene el Presidente de la compañía de Japón y están preparando regalitos para los medios (”y yo ¿qué? ¡que soy la presidenta ejecutiva de Nihonica!” pensé), y la tienda está cerrada pero no han querido molestarme ya que estaba dentro. Pensé: esto si que es japonés de verdad. Si hubiese sido en la cacharrería de mi barrio me habrían echado con cajas destempladas. Aunque, claro, no habrían invitado al presidente a venir a la inauguración desde Japón.

Nota: Sin red va de que nos plantamos en los sitios (nada de navegar ni tirar de notas de prensa de autobombo) y contamos lo que vemos. Uy, me ha salido el nos mayestático. Perdón.

Flor de invierno. Angela Davis-Gardner

Flor de inviernoOtros rastrean vinilos de Adamo y yo busco en las librerías cualquier cosa que huela a Japón. Unas veces me columpio y otras encuentro un asesinatico, como este primero de la serie, que me saca del aburrimiento de fin de semana de botijo y calcetines de Hello Kitty.

Flor de invierno, de la para mi desconocida Angela Davis-Gardner, ubica su novela en el Tokyo de 1966 y en una universidad de señoritas de esta ciudad. La prota, Bárbara, americana, alta y rubia se pasa media obra tirándose a un japonés modelo castaña pilonga (de los encerrados en sí mismos) y la otra media desentrañando los escritos que Michiko -también conocida por Nakamoto sensei- le ha dejado tras su muerte enrollados alrededor de botellas de licor de ciruelas (ume).

Aparte de dejarse leer de corrido, este libro introduce en algunas costumbres japonesas interesantes, te explica que son los haniwa y te pone al día sobre la simbología del zorro en los cuentos, costumbres e iconografia niponas. En cuanto a esto, y para no destriparos el libro, os adelanto que ser una zorra en Japón es tan mal asunto como aquí pero por motivos diferentes.

También dibuja con nitidez la figura de los hibakusha, o supervivientes de las bombas de Hiroshima y Nagasaki y, lo que es peor, la vergüenza y el secreto con la que estas personas vivían su condición de afectados. Al parecer eran tratados como apestados, leprosos que llevaban su infecta enfermedad a los que no era conveniente acercarse. Esto no es nuevo en Japón: los eta, la casta inferior que trataba con la muerte de humanos y animales, vivían en barrios separados para no contaminar a los demás y han sido discriminados, ya sin relación con su actividad, hasta nuestros días.

Con el tiempo, los hibakusha han salido del armario para reivindicar su realidad de víctimas.

Sale más barato que un cine con palomitas y cunde más. Recomendable.

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