Una mente maravillosa

Tokio | Wiltshite

Tokio ocupa una extensión de 2.187 kilómetros cuadrados. Ni con un mes entero por delante pateándolo podríamos conocer cada uno de sus rincones, cada una de sus secretas calles traseras.

Sin embargo, Stephen Wiltshire, un británico de 33 años, autista y artista, necesitó tan sólo una vueltica de media hora en helicóptero y una visita al edificio más alto de la capital para retener en su cabeza los millones y millones de detalles que forman esta megaurbe y dibujarlos en un inmenso mural de 10 metros de largo por uno de alto. Media hora de información y siete días de trabajo tirando de su portentosa memoria. Arriba, el resultado. Abajo, el proceso.

Ikebana para dummies. II

Ikebana

Llego despeinada y sin aliento a nuestra cita semanal con el Ikebana. Ya os digo que esta no es la actitud, pero como no soy más que una japonesa de pega, hago lo que puedo.

A partir de la semana que viene entraremos en más harina. Hoy toca la lección más complicada, sin la cual nunca practicaréis Ikebana sino que haréis “centros de mesa” más o menos monos: os tenéis que olvidar de que sois occidentales. No es poca cosa y no se consigue de inmediato. Traer de casa una cierta culturilla de cómo piensan los japoneses ayuda más en esta disciplina que saber mucho de botánica o gustarle a uno mucho el campo. Lo primero se aprende leyendo y lo segundo a base de hacer muchos centros. Yo odiaba la naturaleza y ahora voy de ciudad en ciudad buscando jardines y recogiendo palos, una penita.

Los que entréis en este mundo como paso siguiente de la dieta vegetariana, el yoga y las flores de Bach, ya os advierto que partís con una seria desventaja, la de creer que tenéis una opinión. Así que, anotad.

Primer error occidental: no se tiene derecho a una opinión hasta que uno no gana el derecho a tenerla. Esto puede no llegar nunca. Segundo error occidental: ponerse muy espiritual y creer que es suficiente. Sin técnica no hay nada. Si no tienes técnica no llegarás ni a tener gusto, ni, por supuesto, a tener opinión. Tercer error occidental: creerse un artista o creer que uno lleva un artista dentro que le permite “crear”. Uno aprende año tras año la técnica con espíritu de perfección y consigue ser un artesano, si lo consigue. Los japoneses no creen que haya tantos artistas por metro cuadrado como nosotros. El estilo libre es la máxima expresión de maestría, es el quinto círculo o anillo de Musashi, el vacío. Viene a ser como conducir sin pensar que marcha toca meter. Conducir bien no nos convierte en Fernando Alonso, sólo en un buen conductor.

En definitiva cualquier disciplina, incluídas las occidentales, requieren lo mismo: olvidarse del ego, aguantar al maestro con la boca cerrada, disciplina y constancia. Porque nosotras coloquemos floripondios en un jarrón no significa que el Ikebana se pueda practicar sin pasar por estas etapas. O al menos eso piensan los japoneses.

El ikebana de la semana es un sinshoka de año nuevo, con ramas de sauce tortuoso, una brassica o repollo para los amigos, margaritas y una rama de hojas de camelia.

Papaya Suzuki and the Oyaji dancers

Un grupo de Oyaji (un término japonés que viene a ser una mezcla de carroza con Bart Simpson) liderados por el lorzas Papaya Suzuki, montaron un grupo musical superventas en Japón.

En contra de lo que pudiera parecer, la tele japonesa está llena de tipos a lo Dyango o Manolo Escobar (con peluquín incluído) sacados de Torremolinos 73 o de Noche de Fiesta, dispuestos a cantar a lo YMCA con rosa roja de latín lover en ristre.

El de la derecha lo vive.

Otohime o la princesa del sonido

OtohimeEste bonito título que parecería el preludio de un sesudo análisis sobre alguna obra de poesía japonesa del siglo XIII en realidad esconde una entrada sobre váteres. No podía ser que esta bitácora dejara de incluir una entrada que ya es un clásico en cualquier sitio de japonesadas que se precie: la del vater con orquesta.

Sin embargo, en un intento de subir el nivel, vamos a intentar una del tipo “Al Gore”, mezcla de cambio climático con vergüencitas de colegio de monjas. Cualquier mujer que lea esto se pondrá enseguida en situación.

Tokio 2005. La que ésto escribe entra a aliviar sus aguas menores a uno de los servicios del edificio Sony de Ginza. Ve una aparatito adosado al lado derecho de la cabina, en perfecto japonés, con un botón. La que suscribe, que antes muerta que dejar de toquetearlo todo, pulsa el botón. Del aparato sale un sonido igual al del agua tras tirar de la cadena. Alguien podría pensar que es una chorrada de invento. Desde aquí os digo que sólo los japoneses habrían caído en algo tan útil, simple, ecológico y tan basado en la observación del comportamiento humano.

Aquí va una confesión: yo, como todas, tiramos de la cadena al entrar en un vater para disimular con el ruido de ese agua el de la nuestra propia. Ni que decir tiene el desperdicio que eso supone: 20 litros de agua por ataque de próstata. Así se lo hicieron saber a las meantes japonesas para que aparcaran el pudor a cambio de la conservación del medio ambiente. El pudor venció e inventaron el otohime en sus numerosas variantes (con célula fotoeléctrica, con botoncico, con temporizador o sin él) permitiendo cubrir con su sonido de agua metálica cualquier afluencia líquida personal. Aunque el uso está extendido, hay japonesas que no lo usan porque el sonido les parece demasiado artificial.

Para el momento cena con amigos gafapastas, el nombre del aparatito viene del de la diosa japonesa Otohime, la bella hija del rey del mar Ryujin. Muy apropiado.

Para los que venias buscando a Otohime Mutsumi, estrella del manga Love Hina, otra vez será.

Ikebana para dummies. I

Ikebana para dummies. IHace mucho tiempo, en la lejana galaxia de Chiquiworld prometí explicar algunos secretillos del arte floral japonés, del camino de la flor, del Ikebana.

Pues bien, no se lo que me durará la determinación pero mediante el presente comienzo con el cursillo rosarillo de “Ikebana para dummies” o torpes, que es lo mismo. Habrá (de vez en cuando) el ikebana de la de la semana, indicaciones sobre cacharritos que comprase para hacer ikebana (de lo mínimo imprescindible hasta el aparataje completo), técnicas, estilos, escuelas y lo que buenamente se me ocurra.

En esta ocasión lo que veis a la izquierda es un shoka realizado por una maestra de mi escuela en la exposicion de primavera del pasado 2007 en Kyoto. Es un centro extraordinariamente complicado que requiere una gran pericia no sólo paraa logar ese equilibrio, fuerza y movimiento, sino simplemente para que no se vaya al suelo.

El pañuelo debajo del jarrón nos indica que quien lo ha hecho tiene, al menos, el título de “ayudante maestra”, a partir del cual se tiene el derecho a usarlo. El derecho no va acompañado del pañuelo que cuesta 180 euros y sólo se puede conseguir si la sensei quiere encargárlo a Japón. Lleva el símbolo y el color de la escuela que no es otro que el murasaki (entre el lila y el violeta, color glicinia) como el pseudónimo de la autora de Genji Monogatari. Si a este lío le añadimos que glicinia en inglés es wisteria, se comprenderá mejor que se crea que las que nos dedicamos a esto somos unas mujeres desesperadas. Tampoco es casual que esta bitacora use ese color (por otro lado también el del movimiento feminista….)

Bueno, no me lío más. Empezamos.

Ancianos y delincuentes

MiradasOjos

Cuando uno visita Japón se te caen algunos mitos y otros, de adquisición propia, se te incorporan a la maleta junto con el alijo de té verde.

Ni todos los japoneses aplican el minimalismo a sus vidas -de hecho tienen un punto bastante tombolero- ni están forrados como los asaltos a las tiendas de Loewe podrían sugerir.

Esta noticia de AFP publicada por La Voz de Galicia lo deja claro. En un país de delincuencia casi inexistente, que alguien se tenga que ver obligado a robar para vivir es una humillación insoportable. La humillación se mezcla con la tristeza cuando la estadística de nuevos delincuentes la engrosan 44.928 japoneses mayores de 65 años. Parece que muchos delinquen para tener el techo y la comida asegurada.

Esto me recuerda los asentamientos en la ribera del río Sumida y en el parque Ueno que vi en Tokio. Que queréis que os diga, a mí estas cosas, en Japón o aquí, me parten el alma.

Samurai William

Samurai WilliamsNo es por ofender, pero desde la Armada invencible hasta las humillaciones futboleras, la culpa de todos nuestros males parece tenerla los británicos. Al menos uno de ellos que, al parecer, contribuyó de manera más que decisiva a que Tokugawa Ieyasu, fundador del último y más poderoso shogunato que duró hasta la época Meiji, echara a los jesuitas, católicos en general, y españoles y portugueses en particular, del Japón. Mucho se ha hablado de los cristianos mártires de los romanos, pero poco de la limpia de conversos y católicos rebeldones de los primeros años del siglo XVII.

El culpable en cuestión fue William Adams, londinese pobre pero excelente navegante que en abril de 1600 fue el primer inglés en poner el pie en suelo japonés. Tras un intento de los jesuitas de darle matarile, Adams tuvo la suerte de llamar la atención del Shogun que le dió tierras, vasallos y estatus en su corte a la que accedía habitualmente y donde era escuchado. Este personaje inspiro el novelón Shogun, de James Clavell.

Giles Milton nos cuenta su historia, y la del pirata Drake, y la de las travesías infinitas en busca de las especias, la de la Compañía Británica de las Indias Orientales, la de las luchas por las rutas y los mares, y la de un pueblo limpio como una patena que no sale de su asombro al ver tanto extranjero guarro. El libro es Samurai William. Para mi que los relatos de armadas vencibles o no me parecen un pestiño, este libro excelentemente documentado me enganchó a pesar de que lo empecé en la peor experiencia aerea que recuerdo. Gracias a su lectura no me amotiné. En estas dos librerías lo tienen de oferta. No me hago responsable si no llega, que yo aún estoy en pruebas con ambos. En menos barato, lo tenéis en las librerías on-line de siempre.

Si llegase, buena lectura.

Geishos

Una de las cosas que más me maravilla de los japoneses es que en su cultura hay una ausencia de sentido de culpa que sustituyen con algo peor, que es el sentido de la vergüenza. Vergüenza, no de esa que carecemos los españoles, sino de autoexigencia. La del tipo “torera” se les quita tan pronto enganchan una botella de sake o pillan unas Asahi.

En el apartado “vergüenza-torera-off” aparece el mundo de los garitos de guaperas locales llamados Host Bar, de los que Osaka es el rey. En estos lugares poblados de una fauna de imberbes decolorados te pegan tremendos meneos a la cartera a base de descorche de champagne de garrafón a 500 euros la botella.

El mini-documental “The great happiness” que encabeza esta entrada nos muestra este mundo, en el que las mujeres previa consulta del catálogo fotográfico de macizosquos locales, eligen al que más les apaña. Hay de todo: el chulazo con pinta de tirillas - mi abuelo dixit- que tiene claro que las tías somos tan lelas que basta con vendernos enamoramientos falsos; otro, que ha sido empleado del mes, nos cuenta que tan pronto pilla confianza con las clientas les da la charla paternofilial; y el más listo de todos que, con clara vision de negocio, no se tira a las clientas para “fidelizarlas”. Parece que el modelo opá teñido también triunfa.

Aunque a nosotros nos puedan parecer patéticos los chilliditos y los juegos para hacer beber a la clienta, en una sociedad en la que la gente no se toca acabar revolcándose en los sillones en plan guerra de almohadas es una gran juerga. Lo que sí resulta patético es ver a Adam y Joe, los británicos presentadores de “Adam and Joe go Tokyo” ligando a lo Hugh Grant. Mirad que arte. Impagable la cara de la japonesa.

Hasta en esto somos diferentes. También de los británicos, que vaya swing …

Spin-off

Como un futbolista patizambo, Chiquiworld me ha cedido parcialmente a Nihonica. De ahí provienen las entradas publicadas hasta ahora.

Pido disculpas si no están muy actualizadas pero queda feo invitar a alguien a casa y no sacarle, al menos, unas peladillas rancias. Me voy al super para llenar la nevera.

Gracias por venir.

Tokio ‘la nui’

Tokio

Moeh, que me acusa de hacer centros de mesa en vez de Ikebanas, me mandó estas fotos de Tokio que me conmovieron. Es que el mejor Tokio es el de la parte de atrás.

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