Paco Martínez Soria a la japonesa

Ya no me extraño de nada. El País le dedica dos paginas de su Vida & Arte al sexo geriátrico y en Japón Shigeo Tokuda, un abuelete de 73 años, se convierte en la estrella del porno para-más-que-adultos.

El hombre, con 200 películas al coleto, está que se sale: tanto se trajina a señoras revenidas de Kyoto, de kimono de acceso directo, como jovencitas lloronas que se corren a nada que les toquetea babosamente la mano. Mientras, su mujer y su hija, según él, encantadas.

El señor, como no podía ser de otro modo, disfruta de su status de estrella y así se lo cuenta a los muy profesionales chicos de la CNN.

No puedo negaros que de este vídeo lo que más gracia me hace son las declaraciones del gerente de Ruby Productions, Kadowaki-san, dedicada íntegramente al porno jurásico. Este hombre está que no da crédito con este éxito que tan bien le viene: vieron que década que subían la edad de los protagonistas, arreón que le daban a la caja registradora. Empezaron con actores de 30 y ya andan con Tokuda y su cara de viejo verde.

Como business plan a corto, tienen pensado hacerse con el mercado de las residencias de la tercera edad. Es lo que pide, al parecer, la sociedad más anciana y a la vez mas follaora del primer mundo.

Menos mal que ésto no pasa en España, porque entre las recetas de viagra y estos vídeos terapeúticos, acabaríamos definitivamente con el ya olvidado superávit.

Como diría nuestro Paco Martínez Soria ¡Estoy hecho un chaval!

Via :: Sex and Blogs

The Lego Brick

Reconozco que como blogger soy un desastre: leo más en papel que en la pantalla porque me paso t’ol día enganchada a cosas electrotrónicas aburridísimas y mi naturaleza inconstante necesita cambiar a otros formatos.

Me fijo en RosaJC a ver si aprendo algo, pero comprendo que necesitaría un cambio de lóbulo temporal para poder seguir su ritmo.

Así que esto me lleva a que no me entero de nada hasta que alguien más majo que yo me deja un comentario.

Gracias a Araque he descubierto la página The Lego Brick en la que se me cae le babilla viendo el CineExin, los legos y los Cilcs que mi despiadada madre lanzó a la basura en cuanto me di la vuelta para tontear con el chico del 2ºB. Gracias a esta iniciativa me quito el mono, pero no el del shushi.

Operación salida

Tormento les recomienda precaución y buena música de cassette en el atasco de la nacional.

Por gentileza de Pizzicato Five.

Chindogu

Reza la wikipedia que los Chindogu son “invenciones útiles e inaplicables en la realidad” a las que esta enciclopedia de todos como hacienda, le atribuye un origen milenario enraizado en la tradición japonesa.  Mi conocimiento no llega a tanto ni mi deseo de conocer esta tradición al punto de darme de alta en la International Chindogu Society dirigida por el muy casping Dan Papia-now-on-TV.

Yo prefiero ¡cómo no! a nuestro Chindogu Master cañí, Chiqui, que tiene la santa paciencia de rastrear la red en busca de inventos bizarros al unamuniano grito de ¡qué inventen ellos!, la sección semanal de Chiquiworld (empresa editora de este humirde blog, siguiendo el Libro de Estilo).

Para dar fe de que su vida privada es más aburrida que Médico de Familia, ha recopilado los 100 primeros números en una publicación en pedeefe, que se puede encargar en libro, con sus lomicos y tó, para ese amigo al que nunca sabes que regalarle porque “tiene de to y no le conoces los gustos porque somos todos unos superficiales”.

A ver si os animáis a comprarlo, que entre la crisis y los plazos del iPhone, no llegamos a cieneuristas.

Repeating please, please

Para enfrentarme al vacio abismal que se me abre en las entrañas cuando llegan las vacaciones, he decidido aprender japonés. Estoy considerando también el buceo y tirarme por la rampa de garage, pero imagino que son cuestiones más para mi director espiritual que para este blog.

Aunque soy de la generación X, y no de la Y, yo todo lo busco en Google, para acabar comprobando que no todo está en él. Por ejemplo, no encuentro muchas opciones para las clases presenciales, pero sí que he encontrado un curso de la radio nacional japonesa NHK que me hace sentir como pixie y dixie: Japón mi amor.

Suena un poco a esas películas en las que Carmen Sevilla salía cantando, enseñando las piernas, vestida de tuno con bandurria en ristre. Lo sé. Pero una vez superado este pequeño horror estético, el curso no puede estar mejor. El libro en pdf y las clases en mp3 son perfectas para el iTouch, aunque me miren mal en el metro mientras repito ojaiyogasaimas en voz alta. En las lecciones no sólo explican la expresión del día y su pronunciación, sino que te ayudan a comprender en qué contexto se usan o que giros son impropios de mi sexo y condición. Son muy formales, precisos, fiables y un tanto antiguos. O sea, muy japoneses.

Para los avanzados, tienen una sección de expresiones idiomáticas que se refieren a cuerpo humano, del estilo de nuestro “tener mala pata”. También hay una de haikus con la que aún no me he atrevido.

En el curso de japonés, vamos por la lección 36, y en las idiomáticas aún no hemos pasado del hombro ¡Nos esperan grandes cosas!

En mi otro repositorio, éste de consumo compulsivo, que es eBay ya me he agenciado las “medicinas” que aparecen en la foto: unas tarjetas para ir pasando Kanjies como quien pasa las cuentas de un rosario de dedo. Las había de patitos en japonés, pero no me hacen juego con la funda del o-bento.

¡Quiero volver al cole, ya!

Naruhito manchego

Naruhito manchegoHacia un un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no puedo acordarme, no ha mucho tiempo -hoy mismo- que la Tormi y su sensei, la de tijera en astillero, jarrón antiguo, culo flaco y coche corredor, se plantaron para hacer dos centros de Ikebana para el Príncipe Naruhito de visita por esas tierras.

Una hora escasa de algo más vaca que carnero, un café desabrido en cafetería cutre, duelos y quebrantos los sábados nos han acompañado en la ejecución de los centros, corre que te correrás, mientras alguna palomina de poca añadidura pretendía que, como unas floristeras de barrio, hiciéramos los centros en la planta baja según se sale del ascensor al lado de las fregonas, y que los subiéramos por las escaleras (los ascensores se acabaron bloqueando por motivos de seguridad).

Un ikebana en una sala que al final no pisará el príncipe para firmar, otro en una salita para el sólo en donde descansará y se cambiará para fotografiarse, en Consuegra, al lado de un Don Quijote de parque temático. A mí me toca este último y me emociono. No hay foto del ikebana porque estaba a contraluz. Le dejan al pobre un catering de curso de empresa, con té en platitos para que pierda bien el aroma. Lo peor, la silla de oficina con ruedas que meten en este improvisado vestidor para que descanse ¿No tenían nada más cómodo y apropiado para el herdero del trono del Crisantemo? Rogué por su bien y por el del sinshoka que no perdiese pie y saliese rodando.

No nos quedamos, ni nos invitan. Cuando volvemos para recoger, alguien les ha debido de informar de la jerarquía japonesa del lugar en que un sensei de Ikebana ocupa en la misma. Ahora sí nos invitan a todo y nos mandan un equipo de mocetones para ayudarnos. Uno de ellos sabe más de Ikebana que yo. Ingenieros con cartelito colgando de la pechera fotografían el centro. Y la palomina de poca añadidura quiere que se lo dejemos colocado en un plato de recuerdo de Toledo y en un cenicero corporativo. Va a ser que no. Mientras, un compañero le dice “ponte delante de la “planta” que te saco una foto”.

¡Que paciencia, Señor!

Hasta los mismísimos

Una de las ventajas de tener un blog que no lee nadie es poder decir lo que a una le venga en gana. Pues bien, rodeada de calor, habiendo tomado el jardín de mi casa unos señores de barriga cervecera pertrechados de cornetas y una tele a todo trapo, estoy a punto de sufrir el síndrome de Stendhal pero a la inversa: estoy al borde de que me de un pasmo por horror estético.

Odio el fútbol, pero no es un odio improvisado, es un odio con solera, repensado y revenido que se remonta a mi infancia de “Carrusel deportivo” en coche paterno y tarde de domingo. En aquel entonces era un odio intuitivo, de dolor de oído y aburrimiento inmenso, cuando en las casas sólo había una tele y tocaba ver el partido por cojones, por mandato divino. Es oir el sonsonete de comentarista deportivo y ponerme mala.

Con los años la cosa ha ido a peor: me ha ido poniendo mala por la estética que lo rodea y porque sigue siendo un hecho sacrosando e indiscutido que justifica parar una ciudad, cambiar las agendas de las reuniones e incluso suspender eventos culturales. Porque la parroquia prefiere el fútbol y porque no se avergüenza de ello, al contrario, lo pone por encima de cualquier otra consideración. Pongamos un ejemplo: hay que fijar una reunión importantísima para tratar un tema urgentísimo. A mi ni se me pasa por la cabeza decir “no puedo, tengo Ikebana” o “no puedo, que me voy a dar un siatsu” ¡qué poco profesional!, pero a nadie se le menea un pelo si alguien dice ¡es que hay partido! Y siempre es el partido del milenio del mes de abril, así que a nadie se le ocurre colocar la reunión en esa maldita tarde de fútbol, que hay que ir al puto palco o a hacer la cabra montesa delante de la tele.

Y pongo el fútbol a la altura de mi ikebana porque no es más que una afición personal que no ha de interferir en la vida de los demás. Lo más grave es que el fútbol está, además, por encima de razones de peso, que se mira con mayor indulgencia que cuestiones importantes. Y pienso en esas madres trabajadoras a las que las miran con mala cara por salir chutando de las reuniones para cuidar de sus hijos, mientras su marido sale como un machote por la puerta a trote cochinero para ver el fútbol. ¡Cuanto más hace por el bien de la patria el segundo que la primera, que, ya se sabe, se tenía que haber quedado en casa fregando!

En fin, que no se equivoque De la Vega: el día que en el pocker cotidiano pese tanto mi siatsu o los hijos de mis compañeras como el partido de fútbol, ese día histórico, será el día de la igualdad real y habrá que ponerlo en los calendarios.

Y ya para que me echen del país confieso: haciendo mío el estilo de vida egocentricofutbolero, estoy rogando para que pierda España y así dormir a a pata suelta. Si no, me pasaré la noche en vela debatiéndome entre morir de calor por cierre de ventana o morir por ataque de bocinazo de orgullo patrio.

Adelanto: no siento tener este sentimiento aunque, como buen odio que es, sí que siento que me ocupe tanto.

Más Natsuo Kirino

María, lectora de este blog (¡gracias María!) y que parece haberse apuntado también a la tribu Kirino, me pregunta si hay más libros de esta autora aparte de Out. La verdad es que sí, pero no en castellano.

Llevo rastreando a Kirino desde el 2005 con muy poco éxito, a pesar de publicar un libro por año en perfecto japonés desde 1993. Encontré Disparitions en francés en la “casa de Japón” de París y Grotesque en inglés trasteando en Amazon. Ninguna llega a impactar tanto como Out aunque mantiene el nivel de perversa japonesería.

Estoy esperado a que llegue el 15 de julio en que se publica la traducción al inglés de Riaru warudo -Real World. Ya os contaré. Mientras espero que, a la vista del éxito de Out algún alma caritativa de esas que les gusta ganar dinero, se anima a traducir las obras de Kirino.

Su segura compradora.

Días de furia

Tomohiro Kato salió de su casa con la sola intención de matar gente, cansado del mundo. Se dirigió al atiborrado barrio de Akihabara en Tokio y, tras llevarse a varios viandantes por delante con su camioneta, los remató a cuchilladas. Van 7 muertos.

En enero de este año, en otra calle comercial de Tokio, un joven de 16 años atacó a cinco personas con un cuchillo de cocina. Hirió a dos personas.

En marzo, en la estación de trenes de Tsuchiura otro hombre hirió con un cuchillo a ocho personas, una de las cuales resultó posteriormente muerta.

Y no me extraña. Japón es un país sin criminalidad pero lleno de furia, se exige mucho para alcanzar la normalidad. Hay poca tolerancia a la diferencia. Perfecto para el visitante pero una putada para los japoneses que han pasado de los suicidios y el ostracismo volutario, a los ataques a la americana.

No veo a Japón capaz de enfrentarse a este tipo de “salidas de tono”. Aumentar la presión aumentará los ataques, pero no les imagino a golpe de “abrazo fuerte” por las calles.

NOTA: Comentario aparte, a pesar de la tragedia, merece el vestuario de los equipos de emergencia: cumplimiento escrupuloso de las normas de seguridad a tope japonés.

Aquí se aprovecha todo

LLego a la reunión de trabajo que me llevó de viaje a Japón. Los organizadores nos regalan a los asistentes con mucha ceremonia lo que parece ser una pañoleta. En un encuentro lleno de ingenieros sin sentido del humor todo el mundo pone cara de paisaje.

Servidora que es una muñeca repollo empollona salta de alegría: en realidad el regalo es un furoshiki king size de los buenos, con el que puedo desde envolver mis kimonos, hasta llevar al hombro mis pertenencias, en plan hatillo nihónico. En Japón son los reyes de los envoltorios, de los nudos y de los atadillos. Sólo hay que tener en consideración que para vestirse un kimono hay que atarse cientos de cosas alrededor del cuerpo. Ni un botón, ni una cremallera, ni una hebilla, todo a base de doblar y atar.

Para los torpes, como yo, a continuación un how to.

Estos pañuelos, de todos los tamaños y calidades, valen tanto para envolver dinero de un regalo, las cajas en las que se guardan las tazas para la ceremona del té, hasta la o-bento tarteril. Yo he incorporado a mi vida diaria un furoshiki de Sibyla que compré en Tokyo hace un par de años y una tartera o-bento pa’ los mediosdías.

Tendriais que ver la cara de mis compis de trabajo cuando saco la tartera y los palillos. Un número.

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